miércoles, 14 de diciembre de 2016

CONDUCTA EN LOS VELORIOS, de Julio Cortázar

En Conducta en los velorios, Julio Cortázar hace una crítica a los hipócritas sociales, a aquellas personas que fingen, que actúan de un modo pero sienten de otro, que sólo piensan en las apariencias. Y lo deja claro desde el inicio del relato.


El texto trata de una familia que se dedica a adueñarse de los velorios de gente hipócrita (“vamos porque no podemos soportar las formas más solapadas de la hipocresía”) para dejar a esta en evidencia. Se trata de una familia perfectamente organizada, que funciona como una empresa, en la que cada uno de sus miembros tiene su cometido y lo realiza meticulosamente.

Acuden sólo a velatorios “falsos”. Si en el velatorio existe un duelo real no les interesa. De cerciorarse de la índole del duelo, de si es un velatorio verdadero o hipócrita, se encarga la prima segunda del narrador.

Entran en la casa individualmente, por separado. Sondean a los presentes con entrevistas individuales para cerciorarse de que el camelo existe.

A medida que Cortázar narra las diferentes fases del velorio, vamos conociendo el papel de cada uno de los familiares. Así, sabemos que la hermana menor es la encargada de realizar la primera “escaramuza”, es la primera que llora desconsoladamente a los pies del ataúd.

Las tres primas segundas la relevan y lloran sin escándalo pero de manera conmovedora. Luego son el narrador y sus cuatro hermanos varones los que lloran junto al féretro. Más tarde, lloran sus padres y su tío mayor, tres ancianos que causan impresión a los presentes.

Los familiares del cadáver no pueden quedarse atrás y lloran con ganas. Su pena no puede ser inferior a la que demuestran unos desconocidos. De esta forma, van cayendo uno a uno víctimas del cansancio.

De madrugada, esta familia se ha apropiado del velatorio y de la casa. Las tías organizan refrigerios en la cocina, las hermanas llevan a los parientes a despedirse del finado antes del cierre del catafalco, los primos y hermanos desalojan a los presentes.


Los vecinos reconocen su posición y acallan las poco convencidas propuestas de los familiares del difunto. Son estos extraños visitantes los que dominan la situación toman disposiciones. El padre da órdenes al director de la funeraria, el tío mayor da indicaciones para la remoción del ataúd… Son ellos los que ocupan los primeros coches del cortejo fúnebre. Algunos familiares del muerto se ven obligados a coger taxis para ir al cementerio. Así debe ser.

Ya en el camposanto, los hermanos rodean al orador designado por la familia y lo alejan de la tribuna, el tío menor abre los discursos con maestría y sencillez. El hermano mayor se encarga del panegírico en nombre del vecindario.


Con la sensación del trabajo bien hecho, estos personajes abandonan el cementerio. Han despojado a los impostores de la máscara de la hipocresía. No necesitan esperar a que la tierra empiece a cubrir la caja mortuoria.

jueves, 1 de diciembre de 2016

LICANTROPÍA, de Enrique Anderson Imbert

En Licantropía, de Enrique Anderson Imbert, los dos protagonistas se encuentran en un tren. El primero, que es el narrador de la historia, es un escritor de literatura fantástica que espera tener un viaje tranquilo pero se encuentra con que el tren está repleto y ha de acomodarse en un departamento en el que se encuentra un vecino suyo. Ese vecino es Rómulo Genovesi, un doctor en Ciencias Económicas que resulta de lo más cargante con su aburrida conversación sobre temas empresariales, contables y/o económicos.


Tenemos, por tanto un personaje que se mueve en el mundo de la imaginación, de la creatividad, de los sueños, el escritor, y otro anclado en el mundo real, el economista, dos caracteres que no armonizan. Y han de compartir asiento.

Sorprendentemente, el economista empieza a hablar some temas fantásticos. Toca todos los “palos”: desde los extraterrestres hasta la telekinesia, pasando por la magia negra, la quiromancia o la metempsícosis y los trata todos con una especie de fe que no concuerda con su carácter de hombre práctico y de ciencia. Pretende sugerir historias para las narraciones del literato, que siente herido su orgullo.

A medida que se adentra en el mundo del oscurantismo y avanza la noche, los rasgos de Genovesi se vuelven más y más borrosos. Noche cerrada, es ya difícil reconocer su rostro. Aborda entonces el tema de la licantropía. Para el doctor los hombres lobo existen realmente.

De repente, al salir de un túnel, un foco ilumina de lleno la cara de Rómulo Genovesi. El doctor en Ciencias Económicas se había transformado. Pero no en lobisme, Genovesi se había transformado, definitivamente, en un tonto a los ojos de su acompañante.



Este cuento, salpicado permanentemente de motivos mágicos, fantasmales, irreales, en suma, no es un relato fantástico en sí, sino una crítica cáustica a los crédulos, a esas personas que otorgan veracidad a las historias para asustar a los niños: “¿Cómo explicarle a ese crédulo que la única magia que cuenta es la imaginación, que impone sus formas a una amorfa realidad sin más propósito ni beneficios que el de divertirnos con el arte de mentir?

jueves, 24 de noviembre de 2016

CARTA A UN ZAPATERO QUE COMPUSO MAL UNOS ZAPATOS, de Juan José Arreola

Esta semana, en nuestro Taller de Lectura, nos hemos acercado al género epistolar leyendo al mexicano Juan José Arreola y su Carta a un zapatero que compuso mal unos zapatos. A algunos sorprenderá el contenido de la misiva (no se trata de correspondencia de amor, ni cartas entre literatos), pues se trata de la carta que un cliente envía a su zapatero para quejarse de un trabajo mal hecho.


El autor de la carta, , por economizar y por cariño a un par de zapatos, contrató a un zapatero para que le reacondicionase o reparase los mismos, siendo el resultado un calamitoso fracaso. Superando su enfado inicial al ver que los zapatos no sólo le lastimaban, sino que ni siquiera podía calzárselos, pues no le entraban los pies (“ Y aquí estoy, con los pies doloridos, dirigiendo a usted una carta, en lugar de transferirle las palabras violentas que suscitan mis esfuerzos infructuosos”), le dirige a su zapatero, en esta epístola, una crítica constructiva.

No critica tanto el resultado de la operación a la que se vio sometido su calzado favorito, una segunda piel para sus pies, como la falta de motivación y escaso respeto por su oficio que demuestra el remendón.

Lejos de dejarse llevar por el resentimiento y caer en los insultos, el afectado ofrece una segunda oportunidad al zapatero (si usted, en vez de irritarse, siente que algo nace en su corazón y llega como un reproche hasta sus manos, venga a mi casa y recoja mis zapatos, intente en ellos una segunda operación, y todas las cosas quedarán en su sitio”). Apela para ello a sus sentimientos, al amor por el trabajo que seguramente sintió en algún momento de su pasado. De esta forma, en lugar de reclamarle la devolución del importe que le cobró por el “arreglo”, vuelve a poner a disposición del artesano  sus zapatos para que de una vez por todas los componga como exige el ejercicio de la honrosa profesión que desempeña.



Ante una crítica constructiva, el destinatario de la carta tiene tres salidas: ignorar las palabras que el cliente le dirige, sentirse ofendido, enfadarse y guardar rencor, o volver a intentarlo. No sabemos qué efecto habrán surtido estas frases en el zapatero pero lo que si sabemos es que su cliente no satisfecho le ha dejado abierta la puerta de la redención.

jueves, 17 de noviembre de 2016

UN CUENTO DE REYES, de Ignacio Aldecoa

Por segunda semana consecutiva, hemos recurrido al amplio “catálogo” de cuentos protagonizados por personajes marginados del escritor vasco Ignacio Aldecoa. En esta ocasión, hemos leído y comentado un agridulce Cuento de Reyes.

Es esta la historia de Omicrón Rodríguez, un negro andaluz que malvive en Vallecas, uno de los barrios más humildes de la capital de España, dedicándose a la venta al pormenor (periódicos,  tabaco, lotería, juguetes de goma…) y otras menudencias, entre las que destaca la fotografía a turistas.

Omicrón no pasa desapercibido. Llama la atención por su aspecto (negro, muy feo) y por su modo de hablar (a la andaluza y repleto de onomatopeyas). Omicrón es un personaje insignificante. Aunque es pobre y pasa hambre, sonríe a la vida y pasa las horas silbando.

Sus amigos son, como él mismo, personajes desfavorecidos. Su relación es cordial y él es, frecuentemente, objeto de bromas.


Aldecoa comienza el relato con dos frases que son dos metáforas que destacan dos características fundamentales de la vida de Omicrón: “El ojo del negro es el objetivo de la cámara fotográfica”, “El hambre del negro es un escorpioncito negro con los pedipalpos mutilados”. Hemos leídos un par de líneas y ya sabemos que Omicrón retrata o fotografía a la gente y que pasa hambre o necesidad.

Tras pasar “Veintisiete horas y media sin comer y doce y tres cuartos, no contando la noche, sin retratar”, la suerte de Omicrón cambia. Una pareja cambia su mala racha al pedirle que les tome un retrato. Omicrón no parece demasiado contento. Su lacerado estómago vacío no le da tregua.

Omicrón le pide prestado un duro a su amiga Casilda, la vendedora de lotería y se van juntos a tomar un café. Van a una cafetería insignificante, donde las cucarachas corren por la barra. Allí, un hombre los observa. No es extraño que la gente se quede mirando a Omicrón, que destaca por su negrura y fealdad, pero la mirada de ese hombre es demasiado insistente.

Aldecoahace hablar a sus personajes como lo haría la gente de la calle, abundando los vulgarismos en sus intervenciones: enchular, jeta, chulís, orrevuar.

El hombre en cuestión se llama Rogelio Fernández Estremera y es uno de los encargados de organizar la cabalgata de Reyes. Así se lo hace saber a Omicrón, al que le propone representar el papel de Rey Baltasar. En otras ocasiones, el rey negro lo hacía un hombre blanco, pintado de negro, algo que no pasaba desapercibido para los niños que en ocasiones salían manchados después de darle un beso. Un negro de verdad como Omicrón aportaría realismo a la representación. Omicrón no está muy convencido de la propuesta pero cien pesetas y los ánimos de Casilda se encargan de convencerle.



Llega el día de la cabalgata. Omicrón es todo nervios e inseguridad sobre el caballo. Sus dudas aumentan cuando escucha a un niño poner en duda la autenticidad del color de su piel. Además, pronto pasará por delante de la boca del metro donde suelen apostarse sus compañeras. Teme que vayan a reírse de él. Sin embargo, cuando pasa por ese punto, girando su cabeza para no cruzar su mirada con la de ellas, escucha a Casilda decir: “Pues, chicas, va muy guapo, parece un rey de verdad”, y todo titubeo desaparece en su conducta. Se yergue sobre el caballo y adopta un porte digno, majestuoso. Se convierte en la estrella que más brilla en el desfile.


El cuento llega a su término con una paradoja: el pobre Omicrón, que se gana la vida retratando a forasteros con su cámara barata, acaba siendo retratado por las cámaras de la prensa cuyos flashes lo deslumbran.

jueves, 10 de noviembre de 2016

MUY DE MAÑANA, de Ignacio Aldecoa

Esta semana hemos leído un relato de marginados escrito por la siempre magistral pluma del vitoriano Ignacio Aldecoa, cronista de una época y magnífico trazador de personajes.

Muy de mañana es la historia de Roque, un vendedor de melones, y de su fiel amigo Cartucho, un perro tullido. Roque y Cartucho son dos vagabundos, pobres y solitarios que comparten cama, comida y aguardiente para combatir el frío y la soledad. No son amo y dueño, son como hermanos. Se parecen. Se cuidan el uno del otro.


Un día, al amanecer, muy de mañana, Roque entabla una conversación con el guardia de una obra. Hablan de vaguedades de cosas sin importancia. Roque está feliz porque porque está a punto de acabar su mercancía y ahora tendrá que buscar trabajo. Vendedor de melones y guardia beben juntos. Con el corazón alegre por el licor, Roque le confiesa al vigilante su amor por Cartucho, admite que no podría vivir sin él.


La realidad, cruel con los más necesitados, hace de las suyas. Cartucho sale a la carretera. Un automóvil se acerca. Roque llama a su compañero. El can duda entre seguir adelante u obedecer la llamada de su amo. El coche le pasa por encima y el perro muere. Ahora sí que está solo Roque, que comprobará que la vida sigue su curso. 

jueves, 27 de octubre de 2016

EL PARTO, de Franco Sacchetti

Franco Sacchetti es un escritor florentino del siglo XIV. Seguidor de Boccaccio, en sus escritos recogía historias con enseñanzas o moralejas, como la que nos ocupó esta semana en nuestro Taller de Lectura, El parto.


Contra los dictados de la iglesia, un cura tuvo una hija en su juventud. Tiempo después, la muchacha creció sana y hermosa, admirada por los jóvenes de la zona. Vivían padre e hija en el mismo hogar, como tío y sobrina.

Un joven arrebatado por la belleza de la chica tiene un plan para poseerla. Se disfraza de mujer en estado avanzado de gestación y se dirige a la iglesia a primera hora de la noche para confesarse, si bien sabe que el párroco no regresará de sus visitas hasta tarde.

Llega el sacerdote a la una de la madrugada y, como es su obligación, le ofrece el sacramento a la embarazada. La confesión es premeditadamente larga. Como estaba bien entrada la noche y las condiciones climatológicas eran adversas, por humanidad, el sacerdote invitó a la mujer a cenar y a pasar la noche en su morada. Como es lógico, la mujer embarazada comparte cuarto con la sobrina del eclesiástico, situado inmediatamente al lado del suyo.

El cura no tarda en dormir y el hombre disfrazado de mujer encinta se arrima a la chica y le toca los pechos. La joven, al descubrir las intenciones del invitado grita: “¡Padre Tiraccio, que es un muchacho!”. Despertado del sueño, el cura interpreta que su invitada está dando a luz y que la criatura arrojada al mundo es un varón, por lo que conmina a su sobrina a ayudar a la parturienta.


Agotada de resistirse y ante las instrucciones del párroco, deja de oponer resistencia e intenta pasar el trance lo mejor posible. Una vez consumado el acto, el joven visitante confiesa a la la chica que está locamente enamorado de ella desde hace tiempo y le ofrece dinero y todo lo que posee. Se entienden y acuerdan el modo de seguir viéndose en secreto.

Al despertar, el cura se encuentra con que la embarazada ha dado a luz y ha abandonado la casa sin dar una muestra de agradecimiento y se enoja. Su sobrina alimenta el malentendido diciéndole que ha parido a un varón y que no ha podido pegar ojo, y que la mujer se fue temprano por vergüenza, evitando así encontrarse con él.


Sacchetti finaliza el relato afirmando que lo acontecido le está bien empleado al sacerdote, y que la hipocresía de muchos miembros de la iglesia debería serles pagada de manera similar al narrado en el cuento, ya que no tienen esposas, en sus hijas o sobrinas.

jueves, 20 de octubre de 2016

¡U-Á... U-Á!, de Ivan Turgeniev

Ivan Turgeniev, considerado el autor ruso del siglo XIX más europeizado, realiza un ejercicio de literatura romántica en ¡U-á... U-á!, el relato de esta semana en nuestro Taller de Lectura.


Un aristócrata ruso narra una aventura de su juventud en Suíza. Por aquel entonces, se sentía solo, no tenía motivaciones ni intereses claros en la vida. Se aburría y estaba enfadado con el mundo sin saber por qué. Sentía desprecio por la vida, por su vida, y manejaba la idea de acabar con su insignificante existencia. Estaba decidido a suicidarse.

De este modo, un atardecer, decide subir a una montaña con la determinación de perpetrar el acto del suicidio. Llega cerca de la cima y el paraje frío y casi desértico afectan en lo más profundo de su ser al melancólico e impresionable joven.

En la soledad de la cumbre, se sentía henchido de orgullo y valor para rematar con su vida. El acto que estaba decidido a cometer le infería valor y grandeza, lo acercaba a su ídolo, Manfredo, personaje del famoso poema de Lord Byron.
Pero, de improviso, en medio de la inmensidad, llegó a sus oídos el grito de un niño pequeño . Ese llanto infantil borró sus ansias de eternidad y sacrificio. Corrió hacia la vieja choza pastoril de la que parecía emanar el sonido. Allí, una mujer amamantaba a su hijo, un pastor, su marido, estaba sentado a su lado. El joven aristócrata se enterneció. Los pobres campesinos no eran conscientes de que le habían salvado la vida.

jueves, 13 de octubre de 2016

LOS MERENGUES, de Julio Ramón Riveyro

El día que conocíamos la noticia del Premio Nobel de Literatura otorgado al cantautor estadounidense Bob Dylan, el mismo día que moría Darío Fo, leíamos en nuestro Taller de Lectura el cuento del escritor peruano Julio Ramón Riveyro Los merengues.


Perico es un niño chico que vigila a su madre para descubrir dónde esconde ésta el dinero. Perico tiene un plan. Está obsesionado con los merengues y quiere comer el blanco y vaporoso dulce hasta hartarse. Lleva semanas mirando con gran anhelo los merengues en la pastelería de la esquina, lo que le ha costado más de un coscorrón.

Ahora sabe que su madre guarda los ahorros en un hornillo de la cocina. Afana veinte soles, la mitad del dinero que guarda su mamá, de la bolsa de cuero y sale a la calle.

Perico es un nene en un mundo de adultos que abusan de él. Su pequeñez es palpable. Sin embargo, ahora tiene dinero, dinero que le da poder y confianza, el dinero le hace sentirse grande, tan grande que logra abrirse paso entre la clientela de la pastelería a base de empujones y codazos para alcanzar el mostrador.

Pide veinte soles de merengues. Todos, dependiente y público, permanecen extrañados. Perico no es consciente del valor del dinero, no sabe que veinte soles es casi una fortuna, demasiado dinero para gastar en pasteles. No lo toman en serio. Incluso cuando muestra el dinero el mozo se niega a servirle.

El aplomo y la seguridad que mostraba el rapaz se esfuman, dando paso al bochorno, a la súplica. Él sólo quiere comer unos pocos merengues pero lo único que consigue es un nuevo capirotazo.



Lo que al principio creía un fácil proyecto se demuestra imposible para Perico. Ahora hasta le parece difícil devolver el dinero que robó a su madre sin ser descubierto. De este modo, arroja las monedas, una por una, al acantilado. Veinte soles, casi un dineral que nada valía en sus manos.

jueves, 6 de octubre de 2016

SENNIN, de Ryunosuke Akutagawa

Esta semana llegaron aires del lejano oriente a nuestro Taller de Lectura, pues leímos el cuento Sennin, del japonés Ryunosuke Akutagawa.

El relato narra la historia de Gonsuké, un sirviente que ansiaba poseer la condición de “sennin” (según la tradición china, el Sennin es un ermitaño sagrado que vive en el corazón de una montaña, y que tiene poderes mágicos como el de volar cuando quiere y disfrutar de una extrema  longevidad). Para conseguirlo, se dirigió a una agencia de colocación que prometía conseguir cualquier tipo de trabajo a sus clientes.


Al contarle al empleado de la agencia su predisposición a entrar como sirviente en casa de una familia que le pudiera enseñar los secretos para ser un “sennin”, éste se sorprendió y le dijo que estaba pidiendo algo imposible. Ante la insistencia de Gonsuké, lo emplazó para el día siguiente, para ganar tiempo y pedir consejo a alguien más sabio que él.

Así lo hizo, habló con un médico, vecino suyo, y le contó la disparatada escena que había vivido. El doctor no encontraba respuesta pero su esposa, conocida por su astucia, intervino para ofrecer su hogar como lugar de empleo para el criado, que ya ella se entendería con él. El empleado quedó feliz y contento pero el doctor no salía de su asombro: ellos nunca podrían hacer de este hombre –ni de ningún otro- un “sennin”. Era absurdo.

Al día siguiente Gonsuké se presentó en la casa del médico. La mujer se encargó de explicarle las condiciones que debía de cumplir para recibir el secreto que lo convertiría en un ser dotado de poderes mágicos y prácticamente inmortal: tendría que servirles con obediencia ciega durante veinte años sin recibir por ello ninguna remuneración.

De este modo, Gonsuké fue un leal servidor, se encargó de las tareas más duras sin rechistar, pero, pasados veinte años, reclamó lo que se le había prometido. La señora, rápida de reflejos, le dijo que le rebelaría el secreto pero que él tenía que hacer lo que se le mandase, por muy peligroso que fuese, sin discutir. 

Claro está que ella no tenía la menor idea de cómo hacer de Gonsuké un “sennin”, por lo que su plan consistía en poner su vida en peligro para que él renunciara a su objetivo. Así, le mandó trepar a la cima de un pino muy alto. 

Una vez arriba, ya que el sirviente no vacilaba, le pidió que soltase sus manos del tronco del árbol, primero una y luego la otra. Si no flaqueaba, Gonsuké moriría aplastado contra el suelo. El doctor, a la vista de las intenciones de su mujer, quiso interceder por el criado pero ella impuso su voluntad. Gonsuké se desprendió del pino y, sorprendentemente, flotó en el aire. Ahora es un “sennin".

jueves, 22 de septiembre de 2016

MARGARITA O EL PODER DE LA FARMACOPEA, de Adolfo Bioy Casares

Esta semana hemos leído el relato del escritor argentino Adolfo Bioy Casares, Margarita o elpoder de la farmacopea, un relato fantástico, en la onda de Edgar Allan Poe, y cargado de humor negro.

La estructura del texto es sencilla. Comienza con un reproche de un hijo a su progenitor (“A vos todo te sale bien”), finaliza con un nuevo reproche (“Margarita no tiene la culpa”), con los mismos protagonistas, que cierra la narración. Entre esos dos reproches, encontramos tres partes diferenciadas. 

En la primera, asistimos a un diálogo acerca del tema del triunfo. Conversan el protagonista del relato –luego nos enteraremos de que es un químico de renombre- y su nuera. Se enfrentan dos posturas, el positivismo, defendido por el hombre, y el romanticismo, representado por la mujer. El positivismo significa una posición de fuerza, y se vincula con la violencia del desenlace; el romanticismo, por el contrario, simboliza la debilidad (de las víctimas).


En la segunda parte de la narración, el protagonista y narrador repasa su trayectoria profesional con falsa modestia. Nos enteramos así de que es un químico que ha trabajado en la industria farmacológica y que ha tenido un notable éxito en su carrera, no en vano algunas de sus fórmulas y compuestos se venden en las farmacias y están expuestos en los escaparates. Él se siente especialmente orgulloso de su tónico Hierro Plus, un complejo reconstituyente.

Finalmente, asistimos a la tercera parte de la historia, su desenlace. La nieta menor de este hombre (tiene cuatro nietos), Margarita, de dos años de edad, parece enferma. No tiene apetito, está pálida, lánguida, y eso preocupa a su madre. El farmacéutico prueba a darle su Hierro Plus, cuatro cucharadas diarias. El tratamiento tiene un éxito sorprendente, Margarita recupera la apetencia, el color, las carnes y el vigor.


El protagonista acude por la mañana a casa de su hijo y se encuentra con un espectáculo atroz: Margarita está sentada en la mesa, con un croissant en cada mano, manchada de dulce y… de sangre. Ha devorado a sus padres y a sus hermanos para saciar su voracidad,

jueves, 15 de septiembre de 2016

LA AVENTURA DEL ALBAÑIL, de Washington Irving

El escritor Washington Irving fue embajador de los Estados Unidos de América en España a mediados del siglo XIX. Su paso por España dejó como principal herencia un libro titulado Cuentos de la Alhambra, producto del amor de este diplomático por las tierras andaluzas. De esa obra está extraído el relato que hemos leído esta semana en Nuestro Taller de Lectura.

La aventura del albañil narra lo que le aconteció a un albañil pobre y devoto. Un buen día recibió la visita de un clérigo que le encargó una pequeña chapuza. Con los ojos vendados y sin hacer ninguna pregunta (hasta ese punto llegaba su fe), nuestro protagonista se dejó guiar hasta una enorme casa. Allí inició su trabajo. Bajo una fuente morisca tuvo que construir una bóveda pero no fue capaz de concluir su tarea en la primera noche. El religioso lo condujo de nuevo con los ojos vendados a su casa y le preguntó si estaba dispuesto a finalizar su encargo a la medianoche siguiente.

Cuando, a la noche siguiente, regresó a la casa, el clérigo le ordenó enterrar varias orzas que, según pudo intuir el trabajador, estaban llenas de monedas de oro. Hizo su trabajo y, a continuación, fue llevado de nuevo por calles tortuosas. Fue bien pagado pero no se pudo quitar la venda de los ojos hasta que los primeros toques de las campanas sonaron, ante la amenaza de grandes desgracias.


La vida de nuestro protagonista siguió su curso. Y pasaron los años. El albañil seguía viviendo en la probreza. Hasta que un día recibió una nueva visita. Se trataba esta vez un anciano propietario, famoso por su avaricia. Este tacaño buscaba a un hombre que le hiciese una pequeña reforma en una casa que amenazaba ruina pero quería pagar poco dinero.

Nuestro albañil aceptó el encargo y llegó a una casa en la que reconoció la vieja fuente morisca. De boca del avaro supo que el arrendatario no conseguí alquilar la morada al estar esta habitada por el fantasma de un clérigo. Llegaron de este modo a un trato. El albañil haría la obra si el propietario le dejaba mudarse a él y a toda su familia a la casa, pues él no tenía miedo de fantasmas, ni nada que perder.


De este modo, el protagonista desenterró el tesoro escondido y lo fue administrando y gastando poco a poco, para no llamar la atención, y así mejorar su calidad de vida y elevar su estatus social, hasta convertirse en uno de los personajes más respetados de Granada.

martes, 5 de julio de 2016

UN NIÑO MALIGNO, de Antón Chejov


... Kolia estaba al acecho y descubrió cómo Liapkin se declaraba y besaba a su hermana, Anna Semionovna, en la orilla del río, mientras disfrutaban de un día de pesca. El pequeño bribón no dudó en aprovechar la situación y realizó chantaje a los enamorados. Si no le daban lo que él les pedía, contaría todo a sus padres.

De este modo, consiguió un rublo, pinturas, un balón, cajitas de píldoras, unos gemelos, incluso un reloj de bolsillo. Cada vez pedía regalos más caros. Todo el verano tuvieron que sufrir los amantes la vigilancia y las extorsiones del niño maligno.



A finales del mes de agosto, Liapkin pidió por fin la mano de Anna Semionovna. Lo primero que hicieron una vez estuvieron comprometidos, fue salir en busca de Kolia, cogerle cada uno de las orejas y hacerle pagar todo el sufrimiento que ellos habían vivido en sus pieles con sus travesuras. Dicen que jamás habían sido tan felices como en ese instante.

martes, 28 de junio de 2016

EL NIÑO SUICIDA, de Rafael Dieste

“Ojalá pudiera volver a los veinte años con todo lo que sé ahora”. Seguro que más de uno de vosotros habrá oído o incluso dicho esto alguna vez en su vida. Volver a ser joven pero disponer de la experiencia que dan los años vividos y las vivencias experimentadas es un sueño imposible que muchos quisiéramos probar.


Pero después de leer El niño suicida, de Rafael Dieste, quizá se os haya pasado ese capricho. Tal vez hayáis cambiado de idea porque el niño que nace viejo y que, con el paso de los años, rejuvenece hasta ser un crío, está triste y tiene miedo, la vida se le complica hasta el punto de que decide acabar con ella dándose un tiro en la sien.

Pero volvamos al comienzo. Este cuento de Rafael Dieste, perteneciente a su colección de relatos De los archivos del trasgo (Dos arquivos do trasno), data de 1.926. Sólo cuatro años antes, veía la luz el famoso cuento de Francis Scott Fitzgerald titulado El curioso caso de Benjamin Button, llevado al cine por David Fincher (2.008), y que narra también las viscisitudes del trayecto de la vida que un hombre realiza a la inversa. ¿Conocería el escritor de Rianxo la obra de Fitzgerald o los argumentos coinciden por casualidad?


La historia del niño que se suicida disparándose en la sien derecha la narra un vagabundo en una tasca de un pueblo marinero de Galicia en torno al año 1.900 ante un auditorio formado por un tabernero, cinco bebedores de albariño y cuatro bebedores de aguardiente.

El cuerpo del anciano desnudo es parido por la madre-tierra y cuenta con el beneplácito de Dios, que ha aceptado probar el experimento. Durante sus primeros años, el niño-anciano ha de aprender, entre muchas otras cosas, a caminar y a hablar, mientras las arrugas se borran poco a poco de su cara. Sus mejores años son de los cincuenta a los quince años. “Trabajó de viejo y se hizo rico para descansar de joven”, viajó y cada día tenía más éxito con las mujeres.

Pero, a medida que se hacía más y más pequeño, aparecían los temores. Causaba sospecha la libertad con la que se desenvolvía un niño que aparentaba muy corta edad, era perseguido por rateros y, sobre todas las cosas, tenía miedo de su final, de verse convertido en bebé y quizá adoptado por una señora rica, de volver a ser un embrión y regresar al útero materno.


El suicidio estaba justificado, o al menos eso le parece al vagabundo que cuenta la anécdota en el bar. Los que lo escuchan están divididos. El tabernero, sobrio, niega. Los cinco bebedores de albariño, algo afectados quizá por los efluvios del alcohol, dudan y sonríen. Los cuatro bebedores de aguardiente, seguramente borrachos, se creen la disparatada historia. El vagabundo aprovecha el desconcierto para desaparecer sin abonar la cuenta.

martes, 21 de junio de 2016

EN LA ADMINISTRACIÓN DE CORREOS, de Antón Chejov

Esta semana Antón Chejov ha regresado a nuestro Taller de Lectura. Hemos leído En la administración de correos, un cuento muy breve que narra una simpática anécdota.

Alona, joven esposa del viejo administrador de Correos Hattopiertzof, ha muerto y, después de sus exequias, se celebra el tradicional banquete funerario. Se sirven los buñuelos y el viudo no puede evitar las lágrimas, ya que la forma redondeada y la tierna textura del alimento le hacen recordar a su amada esposa (“Estos buñuelos son tan hermosos y rollizos como ella”).


El anciano comenta a los presentes que si amaba a su mujer era, sobre todo, por su fidelidad. La hermosura y la bondad son cualidades muy frecuentes en el género femenino, según Hattopiertzof, pero que una chica de veinte años guarde lealtad a un esposo de sesenta sí que tiene verdadero mérito.

¿Está loco el administrador de Correos? Todo el mundo sabe que Alona se entendía con el jefe de Policía.



Hattopiertzof demostró su astucia y sabiduría a los allí presentes. Haciendo valer el refrán “más sabe el zorro por viejo que por zorro”, el anciano administrador de Correos les desveló su secreto: él mismo había hecho circular el rumor de que su mujer era amante del jefe de Policía para que, de este modo, los demás hombres, por miedo a las represalias del brazo ejecutor de la ley,  la respetasen y no osasen acercarse a ella.

miércoles, 15 de junio de 2016

LA VISITA DEL SEÑOR TESTATOR, de Charles Dickens

El señor Testator vive en la miserable Lyons Inn., calle en la que conviven mendigos, borrachos y personajes de dudosa calaña. El señor Testator se dedica a escribir pero se ve que su oficio no le reporta pingües beneficios. De hecho, su modesta vivienda carece de los muebles necesarios para hacer una vida decente y de carbón para encender un fuego que le ayude a combatir el frío londinense.

Una noche, baja al sótano, en el que espera encontrar carbón, pero en su lugar encuentra una habitación repleta de viejos y variados muebles. El cuarto no debe de ser el suyo pero, sin embargo, ha abierto el oxidado candado con su propia llave.


El señor Testator permanece confundido durante unos momentos. No es capaz de conciliar el sueño. Aquellos muebles en su trastero, abandonados, desperdiciados... y él sin una buena mesa en la que rellenar sus cuartillas. Lo mejor sería volver al sótano y tomar prestado el escritorio.

De este modo, el señor Testator decide trasladar la mesa a sus habitaciones. Y más tarde el resto del mobiliario (librería, diván, alfombras, etc.) abandonado sigue el mismo camino. Lo hace de madrugada, a escondidas, cual vulgar ratero.

Ya en su casa, los limpia, los pule, los adecenta. Les da nueva vida.

Y pasan los años sin que nadie los reclame. El señor Testator hace vida normal hasta que un día recibe una inesperada visita. Un hombre de lo más extraño llama a su puerta. Y ese extraño reconoce el mobiliario del apartamento del escritor. Uno detrás de otro, dice que los muebles son suyos.

Nuestro protagonista recapacita y piensa en las consecuencias de sus actos. Podría acabar detenido. Así que decide llegar a un acuerdo con el visitante, si bien éste parece haber bebido un poco más de lo recomendable, aunque su carácter es afable. Toman un par de tragos juntos y se despiden citándose para la mañana siguiente.



Sin embargo, el señor Testator no vuelve a saber nada de ese hombre misterioso. ¿Era real o era un fantasma? ¿Le habrá pasado algo? ¿Estaría loco?... Lo más probable es que fuese su conciencia.


Charles Dickens nos deja con la duda en el final de La visita del señor Testator, el relato que hemos leído esta semana en nuestro Taller de Lectura.

viernes, 3 de junio de 2016

EL TRAJE DEL PRISIONERO, de Naguib Mahfuz

El Buche siente envidia del Fino. Trabaja de cerillero, oficio que no le permite vestir de manera elegante ni tener vicios caros. El Fino, por el contrario, es chófer de algún personaje con poder y dinero, por lo que viste uniforme y gusta a las muejres. A una, en concreto, Nabawiyya, que atiende a sus requiebros y que desprecia al cerillero. Por este motivo, el Buche quiere cambiar de empleo.

Y la tarde no avecina nada bueno para su negocio. El tren que entra en la estación donde desarrolla sus actividades comerciales  viene cargado de prisioneros italianos, militares ávidos de tabaco pero sin blanca. Sabemos así que la acción se sitúa en algún momento entre los años 1.940 y 1.941, durante la campaña del África Oriental (recordemos que Italia disponía de colonias al este del continente africano –Eritrea, Somalia, Etiopía- y que las perdió a manos de los británicos, y que Al-Zagazig, al sur de Egipto, era lugar de paso obligado para los convoys que se dirigían a Europa).


Pero los cautivos están desesperados por fumar. Le llaman, le gritan, le suplican. Uno le ofrece su guerrera a cambio de los preciados cilindros. El Buche se da cuenta de su posición de poder e intenta sacar tajada. ¿Una guerrera por diez cajetillas? Puedo sacarla por menos. Tras regatear con el preso, consigue la chaqueta por dos cajetillas. No es mal negocio. Ahora podrá lucir un uniforme gris con botones dorados pero…


El uniforme no acaba de estar bien. Le queda un poco ancho, no importa. Se da cuenta de que el traje del Fino es un uniforme completo, con su chaqueta, su pantalón, sus zapatos. Así que continúa a lo suyo. Pretende cambiar una cajetilla por unos pantalones y no tarda en conseguir su objetivo. Lo que parecía una tarde perdida se está convirtiendo en su salvación. Nabawiyya lo mirará con otros ojos cuando lo vea tan elegante.


Faltan las botas. Pero suena el silbido de la locomotora. Va a arrancar. El tren se va a marchar antes de que consiga unas botas. El Buche desespera. Un centinela lo observa en el andén, con su uniforme de militar italiano y en seguida le ordena que suba al tren. Lo confunde con un prisionero. El Buche no entiende una palabra de inglés ni de italiano. Así que decide marcharse. Recibe un disparo por la espalda y cae convertido en un cadáver. Un cadáver elegante.

Y así concluye El traje del prisionero, relato escrito por el premio Nobel egipcio Naguib Mahfuz.

lunes, 30 de mayo de 2016

LA AMADA NO ENUMERADA, de Heinrich Böll

Heinrich Böll, premio Nobel de Literatura en 1.972, combatió en la Segunda Guerra Mundial en las filas del ejército nazi. Los ecos de la barbarie de la guerra y del régimen al que se vio obligado a defender en el campo de batalla reverberan en toda su obra. Un buen ejemplo de ello es el relato que hemos leído esta semana en el Taller de Lectura y que lleva por título La amada no enumerada.

El protagonista de la historia es un herido de guerra, un mutilado al que le han dado un puesto como contador de la gente que cada día pasa por un puente de nueva construcción, orgullo de los ingenieron del Reich.

Es un trabajo aburrido, metódico, y este hombre lo realiza de una manera irresponsable. Como él dice en el texto, en sus manos está la felicidad de sus superiores, y él puede, a su antojo y dependiendo de su estado anímico, engordar o adelgazar las cifras para manipular sus sentimientos. Es una forma de venganza. Es “un hombre en quien no se puede confiar”.


Desde su puesto de vigilancia, solitario, aislado, nuestro protagonista se ha buscado una amada. Se ha enamorado de una mujer que cruza el puente a diario de camino a su puesto de trabajo, una heladería. El momento en que la chica pasa, cosa que ocurre dos veces al día, para ir y volver de trabajar, es un momento sagrado en el que el contador abandona su tarea contable, pues se niega a mezclar a su enamorada en un asunto sucio como es la guerra y sus consecuencias (Alemania y gran parte de Europa fueron destruídas durante el conflicto bélico y las grandes obras públicas fueron motivo de jactancia de Hitler), ni tampoco con algo tan frío e impersonal como es la estadística: “esa mi pequeña amada no debe ser multiplicada ni dividida y ser transformada en una nada porcentual”. Son sólo dos minutos, tiempo suficiente para falsear los resultados.

Llega el día en el que su trabajo ha de ser supervisado. Un superestadístico empieza a contar lo mismo que él para comprobar su eficiencia. Nuestro hombre realiza su trabajo con rigor y no deja de contar a ninguna persona. Hasta que pasa su enamorada. Después de una hora de sistemática labor, sus registros casi coinciden con los del supervisor en número. Solamente se había saltado a una persona, una de entre quizá un millar. No alcanza la perfección, por lo que es degradado a contar carros de caballos.


Para él, lejos de ser un castigo, contar carros de caballo es una fortuna, pues pasan pocos carros de caballos por el nuevo puente. Puede que así tenga tiempo libre, tiempo suficiente para acercarse a la heladería y conocer un poco mejor a su amada no enumerada.

jueves, 19 de mayo de 2016

ACERCA DE LA MUERTE DE BIEITO, de Rafael Dieste

¿Estaba realmente muerto Bieito o luchaba por salir de su ataúd? Esta es la duda que asalta al protagonista del relato de Rafael Dieste que hemos leído esta semana en nuestro Taller de Lectura, Acerca de la muerte de Bieito.

Son de sobra conocidas las historias sobre catalépticos enterrados en vida y Bieito bien podría ser uno de ellos, aunque lo más probable es que el protagonista, consternado por la muerte de un ser cercano, haya sido sugestionado para pensar que Bieito todavía sigue vivo. De no ser así, ¿por qué no habla, por qué no pide, por qué no clama, grita, exige que abran el ataúd?


No lo hace por miedo a quedar en ridículo. Si abriesen la caja y Bieito estuviese realmente vivo, él sería un héroe, el salvador pero ¿y si estuviese muerto? Pues habría hecho el ridículo. Y es el miedo al ridículo y a sus consecuencias (burla, habladurías, despecho...) lo que le impide abrir la boca.

En un momento determinado, de camino al cementerio, formula la pregunta: “¿Y si Bieito fuese vivo?”. Pero lo hace sin convicción. Una mirada de otro portador del féretro basta para intimidarle, para dejarlo todo en una broma.

Ningún momento parece el adecuado para exponer sus sospechas y, a medida que avanza el tiempo y, con él, el cortejo fúnebre, aunque sus dudas persisten, su palabra parece cada vez más fuera de lugar. ¿Por qué no has hablado antes?

Y Bieito es enterrado. La tierra cubre ya el sarcófago que contiene su cuerpo. Y el narrador no ha sido capaz de dar la cara. Se fue del camposanto con su sospechas, con su recelo, con su miedo.


Ya de madrugada, regresa al cementerio. Lo hace a escondidas, a altas horas de la noche, para tener la seguridad de no ser visto. Cuando llega al pie de la tumba arrima su oreja al suelo y escucha, presta atención. Una vez más le parece escuchar sonidos, quizá arañazos de Bieito sobre el armazón de madera del ataúd. Coge una azada y se dispone a cavar, a salvarle la vida. Pero siente pasos y voces cerca de allí. No hay manera de explicar su presencia en aquel lugar, de aquella guisa, con la azada en la mano. Así que arroja el instrumento y se va por donde ha venido, con la solapa del abrigo tapando su rostro, buscando el cobijo de los muros, de la oscuridad.

viernes, 6 de mayo de 2016

COCO, de Guy de Maupassant

Coco, de Guy de Maupassant, es una historia sobre la vejez, sobre lo que sucede con las personas una vez son ancianas y ya no pueden trabajar, cuando ya no son útiles, cuando son casi un estorbo. Es una historia sobre los jóvenes, egoístas y materialistas, que no saben apreciar el valor de la experiencia. Es un relato amargo y a la vez sensible que te hace pensar y que despierta la solidaridad.

Coco es un viejo caballo que ya no puede realizar las labores de campo. Su adinerada dueña, sin embargo, unida al jaco por motivos sentimentales, no quiere sacrificarlo y decide mantenerlo, en las mejores condiciones, hasta que le llegue su muerte natural.

Zidore es el encargado de cuidar al jamelgo, un chico de unos quince años que no entiende que sus amos inviertan una cantidad importante de recursos y de dinero en un animal inútil.

La gente que vive y trabaja en la hacienda se divierte a costa de Zidore y el caballo. Sabedores del fastidio que supone para el mozo tener que cuidar al rocín, le hablan constantemente del animal e incluso le apodan Coco-Zidere, lo que le molesta intensamente y acrecenta el odio que el muchacho siente hacia el caballo.


El chico no alberga sentimiento alguno de compasión. En su mente, se instala un fuerte deseo de venganza y empieza a maltratar al caballo. Primero, economiza el alimento y las comodidades del equino, más tarde, llegado el verano, llega a azotarlo, le lanza piedras, le restringe cada vez más la franja de hierba fresca a su alcance... lo tiene aterrorizado, hambriento y debilitado

Zidore es la única persona que ve al animal (¿por qué, si tanto lo quiere, su dueña no pasa a visitarlo de vez en cuando?), y aprovecha la situación para hacer mil diabluras. Nadie lo controla. Va a verlo y  ya no le pega, pues sabe que su sola presencia incomoda al rocín. A pesar de todo, el jamelgo lo necesita, depende de él para alimentarse. Pero Zidore no le facilita pasto. El animal sufre y el chico saborea su venganza.

De este modo,  un día decide que lo pasaría mejor vagabundeando por ahí que atendiendo al caballo. Y así lo abandona a su suerte, sin nada que echarse al diente a su alcance pero con un enorme prado de verde hierba delante de sus ojos. Coco hace mil esfuerzos pero no consigue liberarse de sus ataduras. Agoniza con resignación.

Un par de días después, Coco se muere. El rapaz está satisfecho. Pero no avisa en la hacienda. No tiene prisa. Aún puede disfrutar de un día de asueto. Cuando comunica la noticia a sus patrones, a nadie le sorprende. Coco era viejo y podía morir en cualquier momento. Lo entierran y el animal regresa a la tierra, empezando de nuevo el ciclo de la vida.

jueves, 28 de abril de 2016

UNA LUZ EN LA VENTANA, de Truman Capote

Hacía ya mucho tiempo que no leíamos nada de Truman Capote en nuestro Taller de Lectura. Esta semana hemos leído Una luz en la ventana, un relato que apareció en su volumen de cuentos titulado Música para camaleones que presenta muchos de los rasgos característicos de la obra del genial escritor de Nueva Orleáns.

En el cuento, Truman Capote nos refiere una experiencia personal de su rica vida social. No es difícil imaginarse al autor de A sanger fría o Desayuno en Tiffany’s inmiscuido en tan atolondrada aventura.

El narrador, invitado a la boda de una amiga, emprende un viaje con un matrimonio que también acudirá al evento y al que no conoce, los Roberts. Estos parecen ser una pareja de lo más normal, incluso agradable, pero el día de la recepción nupcial se emborrachan irremediablemente. Unos 160 kilómetros separan a New York de Conneticut, trayecto demasiado largo para compartir con un matrimonio que, bajo los efectos del alcohol, se dedica a discutir e insultarse, lo que les hace perder el control del auto y estrellarse contra un árbol.


Asustado, el protagonista se baja del coche y escapa, adentrándose en el bosque. Es una noche fría de viento y no parece haber rastro de casas o presencia humana. Después de media hora andando y ya helado de frío, avista una casa en la que una ventana está iluminada. Nuestro amigo mira a través del cristal y ve a una anciana que lee un libro al calor de la chimenea. Llama a la puerta.

La señora de pelo blanco lo recibe con una sonrisa y le invita a pasar. Vive sola, acompañada de seis o siete gatos callejeros. No tiene teléfono, por lo que el narrador no puede llamar a un taxi, pero la hospitalaria mujer le agasaja con un vaso de bourbon, le da conversación y le invita incluso a quedarse para pasar la noche. Es una anciana cultivada, ambos coinciden en gustos (está leyendo Emma, novela de Jane Austin, una de las autoras favoritas de nuestro protagonista), y charlan de temas diversos (literatura, lugares lejanos, religión, horticultura…) hasta que es hora de irse a la cama.

A la mañana siguiente, después de tomar el desayuno, el protagonista descubre que la acogedora y confiada (¿quién se atrevería a dar albergue, en una casa aislada, a un desconocido, una noche de frío?) anciana esconde un secreto inquietante. En un congelador que tiene encajado en un rincón de su sucia cocina, la mujer guarda, congelados, los cadáveres de docenas de gatos, antiguos amigos que han muerto y de los que no soporta la idea de verse separada.



Aparecen en el texto diversas referencias culturales, muy diferentes a las que pudimos ver la semana pasada en el texto de Rubén Darío (Elvelo de la reina Mab). Lo que en el cuento del escritor latinoamericano eran alusiones a seres de la mitología clásica, personajes de la historia y del arte, incluso del Viejo Testamento, son en Capote referencias al cine (¿Quién teme a Virginia Wolf?) y la literatura (Jane Austen, Thoreau, Willa Cather, Dickens, Lewis Carroll, Agatha Christie, Raymond Chandler, Hawthorne, Chejov o Maupassant).

lunes, 25 de abril de 2016

EL VELO DE LA REINA MAB, de Rubén Darío

La reina Mab es un personaje cuasimitológico del inventario del escritor modernista Rubén Darío. Se trata de un hada minúscula que trae la esperanza y la felicidad a los artistas que se encuentran deprimidos, si bien esa alegría no es de todo real, sino más bien “el diablillo de la vanidad”.


Otras hadas habían repartido sus dones a los profesionales, dones todos ellos pragmáticos, ventajosos para la vida diaria de quien disponía de ellos, pues les reportaban un beneficio económico.


En el cuento, Rubén Darío nos presenta a cuatro artistas –un escultor, un pintor, un músico y un escritor- que malviven a pesar del talento que poseen. La sociedad en la que viven no valora su arte y ellos pasan penurias para alimentarse.


El escritor nicaragüense nos ofrece un relato de crítica social en el que el objeto de censura es el capitalismo, ya que  considera que, en su época, las obras de arte son juzgadas por su valor económico y no por su valor estético o artístico, lo que degrada a las obras de arte en sí y a sus creadores. A raíz de este conflicto, los artistas como él se revelan y realizan obras complejas que sólo están al alcance de una élite cultural e intelectual.


Como podemos ver en el relato El velo de la reina Mab, la obra de Rubén Darío está plagada de vocablos cultos, metáforas o referencias históricas, culturales y mitológicas (Goliat, Venus, Fidias, Apolo, Minerva, Diana, ninfas, faunos, Madona, Cleopatra, querubines, Terpandro, Wagner, fuente de Jonia, Musa, etc.) que dificultan su seguimiento y comprensión por los pocos versados, características todas ellas propias de la escuela modernista.

viernes, 15 de abril de 2016

NADIE LO SABE, de Sherwood Anderson

Nadie lo sabe es uno de los veintidós relatos que componen el libro Winesburg, Ohio, quizá la obra más conocida de su autor, Sherwood Anderson, uno de los más importantes cultivadores del relato corto en lengua inglesa.


Su protagonista, George Willard, vive con excitación, temor y nerviosismo una experiencia que está a punto de probar y que, a medida que avanza el relato de los hechos, vamos descubriendo.

George Willard siente miedo. Siente miedo, en primer lugar, por lo que va a realizar. Sin ser un acto ilegal, y aunque son muchos los que lo han hecho con anterioridad y muchos los que lo repetirán más tarde, sabe que no está bien visto por la comunidad en la que vive. Siente miedo, más tarde, y una vez se ha decidido, porque teme que le falte el valor para llevar a cabo los hechos. Siente miedo, finalmente, a que se descubra un episodio que ha pesado sobre su conciencia como un pecado.

Resulta curioso el modo en el que Sherwood Anderson plantea la cuestión. Los acontecimientos ocurren en las primeras horas de la noche, en la oscuridad. George Willard abandona con precipitación el periódico en el que trabaja, por la puerta de atrás. Evita la luz y a la gente. Se esconde como un delincuente, incluso el narrador se refiere a él como “el fugitivo”.

Y es que resulta que George Willard había recibido, el día anterior, una nota. Una cartita escrita por Louise Trunnion, en la que ésta le decía, textualmente: “Soy tuya, si tú lo quieres”. Era la tal Louise una chica con fama de llevar una vida disipada, una chica fácil, la chica que iniciaba en los secretos del sexo a los muchachos del pueblo. Por eso le extrañó a George la frialdad con la que lo recibió ella cuando fue a buscarla.

Ella, al contrario de lo que sucede George, actúa con naturalidad, no teme las habladurías de la gente, sale por la puerta principal de su casa.


En esos momentos, no era George Willard lo que se dice una persona segura de sí misma, más bien todo lo contrario. George estaba temblando, no se decidía, no se atrevía a hablarle a la chica con firmeza y con tranquilidad, más bien todo lo contrario, ella llevaba la iniciativa.

No hay en todo esto ni una pizca de romanticismo, ni una pizca de amor. A George no le gusta Louise, ni siquiera le resulta simpática. Ella no se ha arreglado para la cita, lleva la ropa de trabajo. Tiene incluso la cara tiznada. Pero él se ve forzado a seguirla, se ve empujado a hacerlo. Es lo que corresponde en un chico de su edad.

Pasó lo que suele pasar en estas circunstancias y momentos después George tenía otro ánimo. Ya no era el muchacho inseguro de unas pocas horas antes. George había entrado en el mundo de los adultos. Su virilidad, su hombría, se había reafirmado. Estaba satisfecho, se compró un puro, tenía ganas de hablar, pero no con chiquillos, sino con hombres como él.


jueves, 7 de abril de 2016

LA AVENTURA DE UN MATRIMONIO, de Italo Calvino

El relato Laaventura de un matrimonio fue escrito por Italo Calvino en 1.958 y apareció publicado en el volumen Los amores difíciles en 1.970. Se trata de una historia cotidiana, un día cualquiera en la vida de un matrimonio de obreros italianos, carente de acción, así que nada tiene que ver con lo que tradicionalmente entendemos por “aventura”.

Calvino recurre al vocabulario de objetos ordinarios (objetos de aseo personal: jabón, dentífrico; utensilios para llevar la comida o la bebida: fiambrera, termo; prendas de vestir y complementos: portaligas, falda, horquillas, abrigo; y partes o elementos de una vivienda: calentador, fregadero, lavabo, postigos, cama) para adentrarnos en el hogar de esta familia modesta y consigue demostrarnos que en el seno de una casa como puede ser la nuestra o la de nuestros padres, en la rutina, también hay lugar para el romanticismo.


Arturo Massolari y su esposa Elida trabajan en fábricas pero tienen horarios diferentes, por lo que no pueden verse todo lo que desearían. Arturo acude al trabajo en turno de noche y, cuando regresa a casa, todavía su mujer está dormida. Ella, por el contrario, se va a trabajar por la mañana y vuelve a última hora de la tarde. No pueden compartir el lecho. En la cama, cuando uno de ellos se acuesta, solo, ante la imposibilidad de estar juntos, busca los “restos” de su compañero en el calor que a duras penas conservan las sábanas.

Sus particulares horarios les obligan a organizarse para realizar las tareas del hogar. Calvino enumera las labores que realizan uno y otro. Otra dosis de realidad para el lector. Los personajes hacen la cama, barren, ponen en remojo la ropa para lavar, hacen la compra, preparan la comida, lavan los platos… No es corriente encontrar estas actividades en las grandes páginas de la Literatura.


Las obligaciones cotidianas separan a la pareja pero el amor que sienten el uno por el otro los (re)une. Cualquier momento es bueno para abrazarse, para decirse una palabra dulce, aunque, como en toda relación, existen también momentos en los que los caracteres tropiezan, momentos de cansancio, y llegan  las discusiones. Pero, en el fondo, es una historia de ternura.

lunes, 4 de abril de 2016

LOS VERANEANTES, de Antón Chejov

Dice un refrán que es “mejor estar sólo que mal acompañado”. Eso mismo debieron pensar Sascha y Varia, protagonistas de Los veraneantes, el texto que hemos leído esta semana en nuestro Taller de Lectura, cuando vieron descencer de un tren a siete miembros de su familia y a una institutriz que los acompañaba.

Eran Sascha y Varia una pareja de recién casados que vivían sus primeras vacaciones juntos. Se las prometían muy felices. En su luna de miel, todo era perfecto. Se tenían el uno al otro y no necesitaban nada más.

Hasta que llegó el tren. La inesperada llegada de los familiares generó las primeras desavenencias en estos recién casados, que tendrían que compartir ahora sus residencia, su comida… y, lo que es más grave, su tiempo, antes reservado para ellos solos, con tan incómodos visitantes.


Importante la presencia de una luna que aparece personificada en el relato. Al comienzo del texto, el satélite muestra cierta envidia hacia la evidente felicidad de la pareja (“La luna, por entre los jirones de nubes, les miraba frunciendo el entrecejo. Con seguridad sentía envidia y enojo por su aburrida y forzosa virginidad.”, “La luna, escondiéndose detrás de una nube, hizo un guiño, como si hubiera tomado rapé. Sin duda, el espectáculo de la humana felicidad le recordaba su propia soledad...”). Al final del mismo, sus emociones han cambiado. Se siente feliz y aliviada de no tener una familia que la moleste (“Por detrás de una nube asomó lentamente la luna. Parecía sonreír... Parecía agradarle no tener parientes...”)

lunes, 14 de marzo de 2016

LA CRONOLOGÍA VIVIENTE, de Antón Chejov

Para muchos, la diferencia de edad es un factor a tener en cuenta a la hora de unirse en matrimonio. De los peligros de una unión entre personas de diferente edad nos han avisado muchos escritores a lo largo de la historia de la Literatura. Precisamente de esto nos advierte Antón Chejov en La cronología viviente.

El ya viejo consejero palaciego Charamúkin recibe en su hogar la visita del gobernador Lobnief. Ambos mantienen una conversación en la que el primero recuerda con añoranza los tiempos pasados, tiempos en los que la vida social y cultural era mucho más animada, tiempos en los que él mismo era facilitador y cooperante para que la sociedad tuviese agradables pasatiempos.

De este modo, recuerda la visita del tenor Prilipchin, la del actor trágico Ruggiero, se acuerda de la fiesta que, junto a su mujer, ofreció en favor de los heridos turcos o del espectáculo que ambos organizaron a beneficio de las víctimas de un incendio.


Charamúkin recuerda perfectamente las personas y los hechos pero su memoria no es ya tan buena y no sabe precisar las fechas. Por eso pide ayuda a su esposa, Ana Pavlovna, mucho más joven que él, para que detalle exactamente el año en que cada uno de estos acontecimientos tuvo lugar.

Curiosamente, las fechas coinciden con la concepción de cada uno de los cuatro hijos del consejero (Nadia, Nina, Kola y Vania). No es casualidad pues, como Chejov nos sabe insinuar con maestría, su esposa le ha sido infiel. No una vez sino, al menos, cuatro. Difícil que ella pudiese olvidar el momento en que tuvieron lugar.


Pero Charamúkin no lo sabe. No sabe que sus hijos son de otros hombres, que su mujer le ha sido desleal, que él favoreció, con su bondad y con su exceso de confianza, cada uno de los actos de adulterio que su esposa cometió.

martes, 8 de marzo de 2016

EL AMOR TOMADO DEL NATURAL, de Enrique Jardiel Poncela

En El amor tomadodel natural, tenemos una buena muestra del humor, rayano en el absurdo, de Jardiel Poncela.

La estructura del texto es sencilla y podría dividirse en cuatro partes bien diferenciadas:

-Presentación de la dama: El escritor se encuentra en un café, haciendo anotaciones en sus cuartillas, cuando una dama irrumpe en el local y se sienta en la mesa contigua a la suya. Jardiel Poncela nos la presenta como una mujer vulgar, fatua, vanidosa… no en vano no muestra el más mínimo interés por el intelectual.

-Presentación del caballero: Más breve es la introducción del caballero. Un hombre de edad indeterminada pero igual de petulante que su amada.

-Diálogo entre ambos: La conversación que tiene lugar entre ellos está llena de afectaciones y pedanterías. Es una charla vacía en la que cada uno de ellos pugna por ser más cursi que el otro. El escritor asiste con repugnancia a un espectáculo que lo tiene al borde de la vomitona.


-Desenlace: Saturado de tanta falsedad, el escritor llama al camarero para compartir con una persona normal su hartazgo frente a una visión falsamente romántica del amor. Y suelta esta perorata:

“Amor es decirse mentiras y bobadas apretándose las manos por debajo de una mesa... Amor es preguntar a qué hora se ha acostado uno... Amor es jurar que, fuera de la persona amada, lo demás no existe... Amor es llamarse celoso mutuamente... Amor es elogiar los vestidos y los sombreros de la elegida... Amor es discutir, en un diálogo irresistible, quién quiere más al otro... Amor es afirmar que se tiene la eternidad en la mano... Amor es decir que se va a ir al cementerio a diario a llevar flores... ¡¡Amor es creerse todo eso!!”

Esta es la idea del amor del siempre mordaz dramaturgo madrileño.

En la parte final, Jardiel Poncela nos sorprende dando rienda suelta a su humor más grotesco. Consciente de que en la vida real nunca lo haría, pues acabaría preso, el escritor golpea a los dos tórtolos con una silla, única manera de mantener la dignidad en tales circunstancias.

martes, 1 de marzo de 2016

LOS TRES ANILLOS, de Giovanni Boccaccio

¡Por fin ha regresado el Taller de Lectura a nuestra aula del CPAP!

Iniciamos el curso con Los tres anillos, un breve pero interesante cuento de Giovanni Boccaccio, autor del que el pasado año compartimos El cocinero Chichibio.

Boccaccio emplea el recurso de la narración enmarcadauna técnica literaria que consiste en la inclusión de uno o varios relatos dentro de una narración principal.

El relato principal es el del sultán Saladino, que necesita dinero para un compromiso y que, para conseguirlo, recurre al prestamista judío Melquidesec. El mahometano Saladino es poderoso y violento pero no quiere conseguir el dinero por la fuerza, sino que tiende una trampa al usurero. Antes de pedirle o exigirle nada, quiere conocer su voluntad para con él. De este modo, se le ocurre realizarle una pregunta que dará luz a todas sus reticencias: ¿cuál de las tres religiones es la verdadera: la judía, la mahometana o la cristiana?

Melquidesec salió del entuerto con sabiduría. Narró al sultán la historia de un padre que tenía tres hijos y un valiosísimo anillo de oro que había sido entregado de generación en generación por su padre, abuelo y demás antepasados, al hijo más querido. Pero él quería a sus tres vástagos por igual, por lo que mandó construir dos réplicas exactas de la sortija para legárselas el día de su muerte, de manera que no se pudiese saber cuál era la original.


Los tres anillos son metáforas de las tres religiones monoteístas. Según Melquidesec, las tres religiones son dignas de Dios, aunque sólo una es la verdadera, pero nosotros, los humanos, no tenemos capacidad para discernir cuál de ellas es.

La respuesta del judío satisfizo a Saladino, que consiguió el préstamo, y ambos se hicieron amigos.

En este cuento, Boccaccio, desde una perspectiva humanista, hace un alegato por la tolerancia y el respeto entre distintos credos; aboga por la convivencia pacífica entre los fieles de las tres religiones.

A pesar de todo, el texto no puede pasar por alto algunos estereotipos que todavía están vigentes en nuestra época. El judío aparece retratado como un ser avaricioso, dedicado a la usura. El musulmán, por su parte, es severo, violento, temible. Por su parte, el cristiano, reflejado en la persona del narrador, sabe mantenerse al margen, intenta ser objetivo y practicar con el ejemplo, pues se muestra respetuoso con los protagonistas.