jueves, 24 de noviembre de 2016

CARTA A UN ZAPATERO QUE COMPUSO MAL UNOS ZAPATOS, de Juan José Arreola

Esta semana, en nuestro Taller de Lectura, nos hemos acercado al género epistolar leyendo al mexicano Juan José Arreola y su Carta a un zapatero que compuso mal unos zapatos. A algunos sorprenderá el contenido de la misiva (no se trata de correspondencia de amor, ni cartas entre literatos), pues se trata de la carta que un cliente envía a su zapatero para quejarse de un trabajo mal hecho.


El autor de la carta, , por economizar y por cariño a un par de zapatos, contrató a un zapatero para que le reacondicionase o reparase los mismos, siendo el resultado un calamitoso fracaso. Superando su enfado inicial al ver que los zapatos no sólo le lastimaban, sino que ni siquiera podía calzárselos, pues no le entraban los pies (“ Y aquí estoy, con los pies doloridos, dirigiendo a usted una carta, en lugar de transferirle las palabras violentas que suscitan mis esfuerzos infructuosos”), le dirige a su zapatero, en esta epístola, una crítica constructiva.

No critica tanto el resultado de la operación a la que se vio sometido su calzado favorito, una segunda piel para sus pies, como la falta de motivación y escaso respeto por su oficio que demuestra el remendón.

Lejos de dejarse llevar por el resentimiento y caer en los insultos, el afectado ofrece una segunda oportunidad al zapatero (si usted, en vez de irritarse, siente que algo nace en su corazón y llega como un reproche hasta sus manos, venga a mi casa y recoja mis zapatos, intente en ellos una segunda operación, y todas las cosas quedarán en su sitio”). Apela para ello a sus sentimientos, al amor por el trabajo que seguramente sintió en algún momento de su pasado. De esta forma, en lugar de reclamarle la devolución del importe que le cobró por el “arreglo”, vuelve a poner a disposición del artesano  sus zapatos para que de una vez por todas los componga como exige el ejercicio de la honrosa profesión que desempeña.



Ante una crítica constructiva, el destinatario de la carta tiene tres salidas: ignorar las palabras que el cliente le dirige, sentirse ofendido, enfadarse y guardar rencor, o volver a intentarlo. No sabemos qué efecto habrán surtido estas frases en el zapatero pero lo que si sabemos es que su cliente no satisfecho le ha dejado abierta la puerta de la redención.

jueves, 17 de noviembre de 2016

UN CUENTO DE REYES, de Ignacio Aldecoa

Por segunda semana consecutiva, hemos recurrido al amplio “catálogo” de cuentos protagonizados por personajes marginados del escritor vasco Ignacio Aldecoa. En esta ocasión, hemos leído y comentado un agridulce Cuento de Reyes.

Es esta la historia de Omicrón Rodríguez, un negro andaluz que malvive en Vallecas, uno de los barrios más humildes de la capital de España, dedicándose a la venta al pormenor (periódicos,  tabaco, lotería, juguetes de goma…) y otras menudencias, entre las que destaca la fotografía a turistas.

Omicrón no pasa desapercibido. Llama la atención por su aspecto (negro, muy feo) y por su modo de hablar (a la andaluza y repleto de onomatopeyas). Omicrón es un personaje insignificante. Aunque es pobre y pasa hambre, sonríe a la vida y pasa las horas silbando.

Sus amigos son, como él mismo, personajes desfavorecidos. Su relación es cordial y él es, frecuentemente, objeto de bromas.


Aldecoa comienza el relato con dos frases que son dos metáforas que destacan dos características fundamentales de la vida de Omicrón: “El ojo del negro es el objetivo de la cámara fotográfica”, “El hambre del negro es un escorpioncito negro con los pedipalpos mutilados”. Hemos leídos un par de líneas y ya sabemos que Omicrón retrata o fotografía a la gente y que pasa hambre o necesidad.

Tras pasar “Veintisiete horas y media sin comer y doce y tres cuartos, no contando la noche, sin retratar”, la suerte de Omicrón cambia. Una pareja cambia su mala racha al pedirle que les tome un retrato. Omicrón no parece demasiado contento. Su lacerado estómago vacío no le da tregua.

Omicrón le pide prestado un duro a su amiga Casilda, la vendedora de lotería y se van juntos a tomar un café. Van a una cafetería insignificante, donde las cucarachas corren por la barra. Allí, un hombre los observa. No es extraño que la gente se quede mirando a Omicrón, que destaca por su negrura y fealdad, pero la mirada de ese hombre es demasiado insistente.

Aldecoahace hablar a sus personajes como lo haría la gente de la calle, abundando los vulgarismos en sus intervenciones: enchular, jeta, chulís, orrevuar.

El hombre en cuestión se llama Rogelio Fernández Estremera y es uno de los encargados de organizar la cabalgata de Reyes. Así se lo hace saber a Omicrón, al que le propone representar el papel de Rey Baltasar. En otras ocasiones, el rey negro lo hacía un hombre blanco, pintado de negro, algo que no pasaba desapercibido para los niños que en ocasiones salían manchados después de darle un beso. Un negro de verdad como Omicrón aportaría realismo a la representación. Omicrón no está muy convencido de la propuesta pero cien pesetas y los ánimos de Casilda se encargan de convencerle.



Llega el día de la cabalgata. Omicrón es todo nervios e inseguridad sobre el caballo. Sus dudas aumentan cuando escucha a un niño poner en duda la autenticidad del color de su piel. Además, pronto pasará por delante de la boca del metro donde suelen apostarse sus compañeras. Teme que vayan a reírse de él. Sin embargo, cuando pasa por ese punto, girando su cabeza para no cruzar su mirada con la de ellas, escucha a Casilda decir: “Pues, chicas, va muy guapo, parece un rey de verdad”, y todo titubeo desaparece en su conducta. Se yergue sobre el caballo y adopta un porte digno, majestuoso. Se convierte en la estrella que más brilla en el desfile.


El cuento llega a su término con una paradoja: el pobre Omicrón, que se gana la vida retratando a forasteros con su cámara barata, acaba siendo retratado por las cámaras de la prensa cuyos flashes lo deslumbran.

jueves, 10 de noviembre de 2016

MUY DE MAÑANA, de Ignacio Aldecoa

Esta semana hemos leído un relato de marginados escrito por la siempre magistral pluma del vitoriano Ignacio Aldecoa, cronista de una época y magnífico trazador de personajes.

Muy de mañana es la historia de Roque, un vendedor de melones, y de su fiel amigo Cartucho, un perro tullido. Roque y Cartucho son dos vagabundos, pobres y solitarios que comparten cama, comida y aguardiente para combatir el frío y la soledad. No son amo y dueño, son como hermanos. Se parecen. Se cuidan el uno del otro.


Un día, al amanecer, muy de mañana, Roque entabla una conversación con el guardia de una obra. Hablan de vaguedades de cosas sin importancia. Roque está feliz porque porque está a punto de acabar su mercancía y ahora tendrá que buscar trabajo. Vendedor de melones y guardia beben juntos. Con el corazón alegre por el licor, Roque le confiesa al vigilante su amor por Cartucho, admite que no podría vivir sin él.


La realidad, cruel con los más necesitados, hace de las suyas. Cartucho sale a la carretera. Un automóvil se acerca. Roque llama a su compañero. El can duda entre seguir adelante u obedecer la llamada de su amo. El coche le pasa por encima y el perro muere. Ahora sí que está solo Roque, que comprobará que la vida sigue su curso.