jueves, 22 de septiembre de 2016

MARGARITA O EL PODER DE LA FARMACOPEA, de Adolfo Bioy Casares

Esta semana hemos leído el relato del escritor argentino Adolfo Bioy Casares, Margarita o elpoder de la farmacopea, un relato fantástico, en la onda de Edgar Allan Poe, y cargado de humor negro.

La estructura del texto es sencilla. Comienza con un reproche de un hijo a su progenitor (“A vos todo te sale bien”), finaliza con un nuevo reproche (“Margarita no tiene la culpa”), con los mismos protagonistas, que cierra la narración. Entre esos dos reproches, encontramos tres partes diferenciadas. 

En la primera, asistimos a un diálogo acerca del tema del triunfo. Conversan el protagonista del relato –luego nos enteraremos de que es un químico de renombre- y su nuera. Se enfrentan dos posturas, el positivismo, defendido por el hombre, y el romanticismo, representado por la mujer. El positivismo significa una posición de fuerza, y se vincula con la violencia del desenlace; el romanticismo, por el contrario, simboliza la debilidad (de las víctimas).


En la segunda parte de la narración, el protagonista y narrador repasa su trayectoria profesional con falsa modestia. Nos enteramos así de que es un químico que ha trabajado en la industria farmacológica y que ha tenido un notable éxito en su carrera, no en vano algunas de sus fórmulas y compuestos se venden en las farmacias y están expuestos en los escaparates. Él se siente especialmente orgulloso de su tónico Hierro Plus, un complejo reconstituyente.

Finalmente, asistimos a la tercera parte de la historia, su desenlace. La nieta menor de este hombre (tiene cuatro nietos), Margarita, de dos años de edad, parece enferma. No tiene apetito, está pálida, lánguida, y eso preocupa a su madre. El farmacéutico prueba a darle su Hierro Plus, cuatro cucharadas diarias. El tratamiento tiene un éxito sorprendente, Margarita recupera la apetencia, el color, las carnes y el vigor.


El protagonista acude por la mañana a casa de su hijo y se encuentra con un espectáculo atroz: Margarita está sentada en la mesa, con un croissant en cada mano, manchada de dulce y… de sangre. Ha devorado a sus padres y a sus hermanos para saciar su voracidad,

jueves, 15 de septiembre de 2016

LA AVENTURA DEL ALBAÑIL, de Washington Irving

El escritor Washington Irving fue embajador de los Estados Unidos de América en España a mediados del siglo XIX. Su paso por España dejó como principal herencia un libro titulado Cuentos de la Alhambra, producto del amor de este diplomático por las tierras andaluzas. De esa obra está extraído el relato que hemos leído esta semana en Nuestro Taller de Lectura.

La aventura del albañil narra lo que le aconteció a un albañil pobre y devoto. Un buen día recibió la visita de un clérigo que le encargó una pequeña chapuza. Con los ojos vendados y sin hacer ninguna pregunta (hasta ese punto llegaba su fe), nuestro protagonista se dejó guiar hasta una enorme casa. Allí inició su trabajo. Bajo una fuente morisca tuvo que construir una bóveda pero no fue capaz de concluir su tarea en la primera noche. El religioso lo condujo de nuevo con los ojos vendados a su casa y le preguntó si estaba dispuesto a finalizar su encargo a la medianoche siguiente.

Cuando, a la noche siguiente, regresó a la casa, el clérigo le ordenó enterrar varias orzas que, según pudo intuir el trabajador, estaban llenas de monedas de oro. Hizo su trabajo y, a continuación, fue llevado de nuevo por calles tortuosas. Fue bien pagado pero no se pudo quitar la venda de los ojos hasta que los primeros toques de las campanas sonaron, ante la amenaza de grandes desgracias.


La vida de nuestro protagonista siguió su curso. Y pasaron los años. El albañil seguía viviendo en la probreza. Hasta que un día recibió una nueva visita. Se trataba esta vez un anciano propietario, famoso por su avaricia. Este tacaño buscaba a un hombre que le hiciese una pequeña reforma en una casa que amenazaba ruina pero quería pagar poco dinero.

Nuestro albañil aceptó el encargo y llegó a una casa en la que reconoció la vieja fuente morisca. De boca del avaro supo que el arrendatario no conseguí alquilar la morada al estar esta habitada por el fantasma de un clérigo. Llegaron de este modo a un trato. El albañil haría la obra si el propietario le dejaba mudarse a él y a toda su familia a la casa, pues él no tenía miedo de fantasmas, ni nada que perder.


De este modo, el protagonista desenterró el tesoro escondido y lo fue administrando y gastando poco a poco, para no llamar la atención, y así mejorar su calidad de vida y elevar su estatus social, hasta convertirse en uno de los personajes más respetados de Granada.