viernes, 27 de noviembre de 2015

jueves, 19 de noviembre de 2015

TAMBIÉN LOS NIÑOS SON POBLACIÓN CIVIL, de Heinrich Böll (II)

Hemos leído este relato antibelicista y en favor de los derechos civiles escrito por el premio Nobel alemán Heinrich Böll. Se trata de un relato narrado en primera persona, y mayormente en forma de diálogo, por un soldado alemán herido que está siendo atendido en un hospital de campaña en territorio ruso durante la Segunda Guerra Mundial.


La historia gira en torno a este militar que quiere comprarle unos pasteles a una niña rusa que pasea fuera del recinto, bajo la nieve. Las continuas referencias al tiempo atmosférico y a la nieve, hacen más vívido el clima de aislamiento y soledad en el que se ve recluido el convaleciente, una coyuntura en la que el dinero (dispone de él en abundancia) carece de valor y son las pequeñas cosas -unos pasteles, intercambiar unas palabras con una niña- las verdaderamente importantes, las que le hacen olvidar, aunque sea sólo por un momento, sus dolencias, el horrible lugar en el que está obligado a residir, la guerra.

Si bien finalmente el herido consigue su propósito, el centinela encargado de la vigilancia y seguridad no le permite salir al exterior y tampoco deja que la niña entre, pues su principal misión es cumplir las ordenanzas, unas ordenanzas severas que no distinguen entre niños y adultos, a pesar de que, como dice el protagonista en el texto, "un niño no es más que un niño".



jueves, 12 de noviembre de 2015

TAMBIÉN LOS NIÑOS SON POBLACIÓN CIVIL, de Heinrich Böll

El Premio Nobel de Literatura Heinrich Böll fue miembro del ejército alemán durante todos los años que duró la Segunda Guerra Mundial. Su horrible experiencia en la guerra dejó huella en sus escritos antibelicistas, como el que leeremos la próxima semana en nuestro Taller de Lectura: También los niños son población civil.


UN EXPRESO DEL FUTURO, de Juliuo Verne (II)

No es nada nuevo que un escritor narre una historia que finalmente resulta ser un sueño. Tampoco es extraño que un invento o descubrimiento anticipado en un relato de ciencia ficción llegue a hacerse realidad muchos años después. En este cuento de Julio Verne se da la primera condición, la segunda, a pesar de los enormes avances de la tecnología, parece estar todavía muy lejos.

Un expreso del futuro es la historia de un hombre que está leyendo un artículo en una revista que habla sobre los extraordinarios proyectos de un tal Coronel Pierce, unos proyectos que consisten en unir las localidades de Boston (EE.UU.) y Londres (Gran Bretaña) a través de unos tubos subterráneos que atravesarían el océano Atlántico.


El relato empieza con una advertencia: “Ande con cuidado –gritó mi guía-. ¡Hay un escalón!”, que bien podría ponernos en guardia ante la posibilidad de que todo lo que viene a continuación sea una farsa, ficción al fin y al cabo.

Verne no ahorra en detalles. Describe el aspecto del nuevo artefacto y explica detenidamente los materiales necesarios para su construcción, su peso, el número de barcos y de viajes implicados en el transporte de los materiales, cómo funciona, qué velocidad alcanza, su aspecto, el número de plazas de las que dispone e incluso el modo de solucionar posibles problemas o inconvenientes de su funcionamiento. Esta enorme cantidad de datos y de detalles ayudan a aportar verismo a la historia, el lector ve factible que utopía semejante puede llegar a producirse.


El protagonista de la acción llega incluso a participar en una demostración, a experimentar la experiencia de viajar por el interior de esos tubos a mil ochocientos kilómetros por hora. Hasta que la lluvia lo despierta de su siesta.

jueves, 5 de noviembre de 2015

UN EXPRESO DEL FUTURO, de Julio Verne

Abrid vuestras mentes, dejad paso a la desbordante imaginación de Julio Verne. La próxima semana leeremos un relato de este archiconocido escritor francés de literatura de aventuras y fantasía que se titula Un expreso del futuro.


MADRE GALLEGA, de Emilia Pardo Bazán (II)

En Madre gallega, Emilia Pardo Bazán nos cuenta la historia de abnegación de una madre, que acaba sacrificando su vida por salvar la de su hijo.

El relato está ambientado en plena Guerra Carlista, en una época en la que los españoles estaban divididos y enfrentados, en la que el odio y el enfrentamiento arraigaba en el seno de muchos.

Habla de una modesta familia gallega que consiguió para su hijo, de nombre Luís María, la protección de un poderoso señor aragonés. Este hombre se llamaba don Ramón de Bolea y tanto aprecio le cogió al chico que incluso lo hizo su ahijado.

Luís María era un chico muy devoto y soñaba con cantar misa. Su padrino le costeó la carrera y posteriormente le consiguió un puesto en su parroquia, en un pueblo de Teruel. Los sueños de la madre se habían cumplido y ver a su hijo en una posición tan ventajosa la llenaba de orgullo.


Un día, el cura reclamó la presencia de su madre en el pueblo. Sabía las penurias que pasaba la pobre mujer, así que quería tenerla junto a él para darse mutua compañía.

A medida que iba pasando el tiempo, las pugnas entre ambos bandos enfrentados en la guerra eran cada vez más frecuentes y cruentos y, aunque él se mantenía al margen, las habladurías lo situaban en la facción de los “serviles”, pues su protector era jefe de una partida facciosa.

De este modo, la gente del pueblo comenzó a instigarle. Tanto él como su madre recibían insultos y humillaciones. Mientras Luís María se refugiaba en la oración, las palabras dejaron paso a hechos más graves y las amenazas se convirtieron en agresiones.


Un día, después de que el señor de Bolea, presuntamente, mandase ajusticiar y fusilar a dos vecinos del pueblo, miembros del bando “nacional”, una horda se presentó en la rectoral y reclamó la presencia del párroco. Cuando este iba a asomarse por la ventana, su madre se lo impidió. Lo retuvo, apagó las luces y se asomó, a la espera de que un balazo le quitase la vida.