jueves, 26 de marzo de 2015

EL COCINERO CHICHIBIO, de Giovanni Boccaccio

Os dejo ya la lectura que nos ocupará después de las vacaciones de Semana Santa. Se trata del relato humorístico El cocinero Chichibio, obra de uno de los padres de la literatura en lengua italiana, el humanista Giovanni Boccaccio, conocido autor del Decamerón.


EL RELOJ, de Pío Baroja (II)

El reloj, de Pío Baroja es una obra que vio la luz por primera vez allá por el año 1.900. Se trata de un texto simbólico en que la forma tiene mucha más importancia que el contenido. Baroja experimenta con la literatura romántica empleando muchos elementos y símbolos de esta corriente literaria.


La narración comienza con la descripción de dos comarcas contrapuestas, dos mundos no físicos, sino de la fantasía, "del alma", opuestos entre sí. La primera comarca es descrita por Baroja en términos idílicos, se trataría de un mundo armónico, feliz. La segunda, por el contrario, es una comarca oscura, triste, terrible. El protagonista del cuento parece preferir esta segunda y nos introduce en un mundo lleno de desasosiego...

Para ello, para provocar en el lector dicha sensación de inquietud, el escritor vasco se vale de un vocabulario muy rico pero con claros matices pesimistas: "espectro", "foso", "derruida", "muertas", "viejo", "yerto", malsanas", "salvaje", "primitiva", "terrible", "amargura", "sombría", "ataúd", "triste", "amenaza", "horror", y un larguísimo etcétera.

Como decía al inicio de esta entrada, El reloj es un cuento donde el simbolismo tiene una importancia mayúscula. Los símbolos que emplea Baroja no son, ni mucho menos, originales, sino que son propios del gusto de la época. Veamos algunos de ellos:


- El castillo: estas edificaciones defensivas medievales fueron muy del gusto de los escritores románticos, normalmente en estado ruinoso y de abandono. El protagonista busca en ellas la soledad y la protección de unos muros que ya están derruidos.

- Los "tambaleos" del caminante (comparado con los de un barco sobre las olas): representan los vaivenes de la vida, los obstáculos y los golpes a los que esta sometido el ser humano en su breve existencia.

- Las llamas de una hoguera/Arturus y los astros: la hoguera representa la vida humana, que brilla durante unos momentos pero que termina por apagarse. Los astros, por el contrario, brillan durante una eternidad y representan la inmensidad del universo, que el hombre no puede llegar a comprender. Queda clara la comparación, el hombre es un ser minúsculo dentro de la grandeza del Sistema Solar.

- El alcotán: es un ave semejante al halcón. Está herida, como el protagonista. Entre ambos se produce una clara identificación.

- El reloj: representa el inexorable paso del tiempo. Que Baroja nos diga que tiene forma de ataúd predice la muerte inevitable del personaje. Su sonido, el "tic tac", nos causa angustia, desasosiego.

- El sapo: un ser insignificante (y repulsivo para muchos), como el hombre.

- La Naturaleza: aparece como ente salvador, como último refugio y compañía. En este caso, el protagonista, que se mostraba satisfecho y tranquilo en su soledad, no puede evitar pedir consuelo antes de que llegue su hora, y lo hace acudiendo a los árboles, a la lluvia, al viento, a la luna, elementos todos ellos de la naturaleza, elementos que también le vuelven la espalda. No existe consuelo.

Llegado a este punto, reitero la afirmación de que el argumento del relato carece de demasiada importancia y que puede resumirse en poco más de un par de líneas: un hombre enfermo, posiblemente ya anciano, hastiado de los golpes que da la vida y de su insignificante inexistencia, decide abandonar a sus semejantes en busca de una muerte en soledad, en paz.

lunes, 23 de marzo de 2015

jueves, 19 de marzo de 2015

LADRÓN DE SÁBADO, de Gabriel García Márquez (II)

Ladrón de sábado es una historia que bien podría ser real, el relato de un ladrón ocasional que encuentra el amor y la aceptación en la casa de una de sus víctimas.

El relato da inicio con la presentación de los hechos: “Hugo, un ladrón que sólo roba los fines de semana, entra en una casa un sábado por la noche”. A punta de pistola, consigue que Ana, la propietaria de la vivienda, le entregue las joyas y demás cosas de valor. Pero aparece en escena Pauli, una niña de tres años, y Hugo le dedica unos juegos de magia. En ese momento, Hugo cambia de parecer y decide quedarse adoptando el papel del marido ausente: se pone sus pantalones, se sienta en su sofá, bebe su vino…

Ana idea un plan para escapar. Decide poner somnífero en la bebida del ladrón para dormirlo y dar la voz de alarma. Es en ese momento cuando el narrador nos ofrece más información sobre los personajes. Hugo es un vigilante de banco que en los fines de semana se dedica a asaltar viviendas. Bien podemos pensar que este ser solitario roba por necesidad, que no es un profesional del robo, sin embargo, en el texto se ofrecen indicios que nos hacen descartar esta ingenua idea: tenía vigilada la vivienda y conocía los horarios del marido, cortó los cables telefónicos para que la mujer no diera señal de alarma, al final del relato, da consejos de experto a la mujer para evitar nuevos robos, etc.


Ana, por su parte, es locutora de un programa musical de radio. Casualmente, Hugo es un amante de la música salsa y es gran admirador de Ana. Entablan conversación y parece que tienen muchas cosas en común. Ella no tarda en arrepentirse en su decisión de “envenenarlo”. Sin embargo, es ella la que, por error, toma el somnífero y queda dormida.

Cuando despierta, a la mañana siguiente, Ana se da cuenta que ha sido respetada. Hugo está jugando con su hija. Se llevan muy bien. Ana se siente feliz. Extrañamente feliz, pues actúan como si fueran una familia. Se siente más unida a este extraño que a su propio marido que, por los que podemos deducir de la lectura, las tiene bastante desatendidas.

Se produce una especie de “síndrome de Estocolmo”. La mujer secuestrada simpatiza con su captor. De hecho, oculta la presencia del ladrón cuando una amiga llega para invitarla a comer e inventa una excusa para que no entre en casa. Y nosotros, los lectores, lo comprendemos. El enorme mérito de García Márquez radica en que, en unas pocas líneas, dibuje una situación como esta sin que el lector genere antipatías hacia Hugo, el ladrón, ni hacía Ana, la “adúltera”.


El domingo pasa casi sin darse cuenta. Un día idílico, completamente feliz. Pero ya es hora de que aparezca el marido. Hugo tiene que separarse de Ana y de Pauli. Apenas se lleva nada de lo que había robado, repara las ventanas y los cables del teléfono. Una pena tener que abandonar una vida familiar como aquella que prometía tantas alegrías. Cuando se marcha, ella lo reclama a gritos y le comenta que su marido volverá a estar ausente el próximo fin de semana. De esta forma, queda abierta la puerta abierta al reencuentro.

lunes, 16 de marzo de 2015

LADRÓN DE SÁBADO, de Gabriel García Márquez

Nunca es tarde si la dicha es buena... Con más retraso del habitual, iniciamos este jueves el Taller de Lectura del CPAP Bergondo. La primera lectura que os propongo es un cuento muy breve de un escritor clásico ya en nuestras sesiones, de uno de vuestros preferidos, del Premio Nobel Gabriel García Márquez. Su título es Ladrón de sábado y ya podéis leerlo en el siguiente enlace.