miércoles, 14 de diciembre de 2016

CONDUCTA EN LOS VELORIOS, de Julio Cortázar

En Conducta en los velorios, Julio Cortázar hace una crítica a los hipócritas sociales, a aquellas personas que fingen, que actúan de un modo pero sienten de otro, que sólo piensan en las apariencias. Y lo deja claro desde el inicio del relato.


El texto trata de una familia que se dedica a adueñarse de los velorios de gente hipócrita (“vamos porque no podemos soportar las formas más solapadas de la hipocresía”) para dejar a esta en evidencia. Se trata de una familia perfectamente organizada, que funciona como una empresa, en la que cada uno de sus miembros tiene su cometido y lo realiza meticulosamente.

Acuden sólo a velatorios “falsos”. Si en el velatorio existe un duelo real no les interesa. De cerciorarse de la índole del duelo, de si es un velatorio verdadero o hipócrita, se encarga la prima segunda del narrador.

Entran en la casa individualmente, por separado. Sondean a los presentes con entrevistas individuales para cerciorarse de que el camelo existe.

A medida que Cortázar narra las diferentes fases del velorio, vamos conociendo el papel de cada uno de los familiares. Así, sabemos que la hermana menor es la encargada de realizar la primera “escaramuza”, es la primera que llora desconsoladamente a los pies del ataúd.

Las tres primas segundas la relevan y lloran sin escándalo pero de manera conmovedora. Luego son el narrador y sus cuatro hermanos varones los que lloran junto al féretro. Más tarde, lloran sus padres y su tío mayor, tres ancianos que causan impresión a los presentes.

Los familiares del cadáver no pueden quedarse atrás y lloran con ganas. Su pena no puede ser inferior a la que demuestran unos desconocidos. De esta forma, van cayendo uno a uno víctimas del cansancio.

De madrugada, esta familia se ha apropiado del velatorio y de la casa. Las tías organizan refrigerios en la cocina, las hermanas llevan a los parientes a despedirse del finado antes del cierre del catafalco, los primos y hermanos desalojan a los presentes.


Los vecinos reconocen su posición y acallan las poco convencidas propuestas de los familiares del difunto. Son estos extraños visitantes los que dominan la situación toman disposiciones. El padre da órdenes al director de la funeraria, el tío mayor da indicaciones para la remoción del ataúd… Son ellos los que ocupan los primeros coches del cortejo fúnebre. Algunos familiares del muerto se ven obligados a coger taxis para ir al cementerio. Así debe ser.

Ya en el camposanto, los hermanos rodean al orador designado por la familia y lo alejan de la tribuna, el tío menor abre los discursos con maestría y sencillez. El hermano mayor se encarga del panegírico en nombre del vecindario.


Con la sensación del trabajo bien hecho, estos personajes abandonan el cementerio. Han despojado a los impostores de la máscara de la hipocresía. No necesitan esperar a que la tierra empiece a cubrir la caja mortuoria.

jueves, 1 de diciembre de 2016

LICANTROPÍA, de Enrique Anderson Imbert

En Licantropía, de Enrique Anderson Imbert, los dos protagonistas se encuentran en un tren. El primero, que es el narrador de la historia, es un escritor de literatura fantástica que espera tener un viaje tranquilo pero se encuentra con que el tren está repleto y ha de acomodarse en un departamento en el que se encuentra un vecino suyo. Ese vecino es Rómulo Genovesi, un doctor en Ciencias Económicas que resulta de lo más cargante con su aburrida conversación sobre temas empresariales, contables y/o económicos.


Tenemos, por tanto un personaje que se mueve en el mundo de la imaginación, de la creatividad, de los sueños, el escritor, y otro anclado en el mundo real, el economista, dos caracteres que no armonizan. Y han de compartir asiento.

Sorprendentemente, el economista empieza a hablar some temas fantásticos. Toca todos los “palos”: desde los extraterrestres hasta la telekinesia, pasando por la magia negra, la quiromancia o la metempsícosis y los trata todos con una especie de fe que no concuerda con su carácter de hombre práctico y de ciencia. Pretende sugerir historias para las narraciones del literato, que siente herido su orgullo.

A medida que se adentra en el mundo del oscurantismo y avanza la noche, los rasgos de Genovesi se vuelven más y más borrosos. Noche cerrada, es ya difícil reconocer su rostro. Aborda entonces el tema de la licantropía. Para el doctor los hombres lobo existen realmente.

De repente, al salir de un túnel, un foco ilumina de lleno la cara de Rómulo Genovesi. El doctor en Ciencias Económicas se había transformado. Pero no en lobisme, Genovesi se había transformado, definitivamente, en un tonto a los ojos de su acompañante.



Este cuento, salpicado permanentemente de motivos mágicos, fantasmales, irreales, en suma, no es un relato fantástico en sí, sino una crítica cáustica a los crédulos, a esas personas que otorgan veracidad a las historias para asustar a los niños: “¿Cómo explicarle a ese crédulo que la única magia que cuenta es la imaginación, que impone sus formas a una amorfa realidad sin más propósito ni beneficios que el de divertirnos con el arte de mentir?

jueves, 24 de noviembre de 2016

CARTA A UN ZAPATERO QUE COMPUSO MAL UNOS ZAPATOS, de Juan José Arreola

Esta semana, en nuestro Taller de Lectura, nos hemos acercado al género epistolar leyendo al mexicano Juan José Arreola y su Carta a un zapatero que compuso mal unos zapatos. A algunos sorprenderá el contenido de la misiva (no se trata de correspondencia de amor, ni cartas entre literatos), pues se trata de la carta que un cliente envía a su zapatero para quejarse de un trabajo mal hecho.


El autor de la carta, , por economizar y por cariño a un par de zapatos, contrató a un zapatero para que le reacondicionase o reparase los mismos, siendo el resultado un calamitoso fracaso. Superando su enfado inicial al ver que los zapatos no sólo le lastimaban, sino que ni siquiera podía calzárselos, pues no le entraban los pies (“ Y aquí estoy, con los pies doloridos, dirigiendo a usted una carta, en lugar de transferirle las palabras violentas que suscitan mis esfuerzos infructuosos”), le dirige a su zapatero, en esta epístola, una crítica constructiva.

No critica tanto el resultado de la operación a la que se vio sometido su calzado favorito, una segunda piel para sus pies, como la falta de motivación y escaso respeto por su oficio que demuestra el remendón.

Lejos de dejarse llevar por el resentimiento y caer en los insultos, el afectado ofrece una segunda oportunidad al zapatero (si usted, en vez de irritarse, siente que algo nace en su corazón y llega como un reproche hasta sus manos, venga a mi casa y recoja mis zapatos, intente en ellos una segunda operación, y todas las cosas quedarán en su sitio”). Apela para ello a sus sentimientos, al amor por el trabajo que seguramente sintió en algún momento de su pasado. De esta forma, en lugar de reclamarle la devolución del importe que le cobró por el “arreglo”, vuelve a poner a disposición del artesano  sus zapatos para que de una vez por todas los componga como exige el ejercicio de la honrosa profesión que desempeña.



Ante una crítica constructiva, el destinatario de la carta tiene tres salidas: ignorar las palabras que el cliente le dirige, sentirse ofendido, enfadarse y guardar rencor, o volver a intentarlo. No sabemos qué efecto habrán surtido estas frases en el zapatero pero lo que si sabemos es que su cliente no satisfecho le ha dejado abierta la puerta de la redención.

jueves, 17 de noviembre de 2016

UN CUENTO DE REYES, de Ignacio Aldecoa

Por segunda semana consecutiva, hemos recurrido al amplio “catálogo” de cuentos protagonizados por personajes marginados del escritor vasco Ignacio Aldecoa. En esta ocasión, hemos leído y comentado un agridulce Cuento de Reyes.

Es esta la historia de Omicrón Rodríguez, un negro andaluz que malvive en Vallecas, uno de los barrios más humildes de la capital de España, dedicándose a la venta al pormenor (periódicos,  tabaco, lotería, juguetes de goma…) y otras menudencias, entre las que destaca la fotografía a turistas.

Omicrón no pasa desapercibido. Llama la atención por su aspecto (negro, muy feo) y por su modo de hablar (a la andaluza y repleto de onomatopeyas). Omicrón es un personaje insignificante. Aunque es pobre y pasa hambre, sonríe a la vida y pasa las horas silbando.

Sus amigos son, como él mismo, personajes desfavorecidos. Su relación es cordial y él es, frecuentemente, objeto de bromas.


Aldecoa comienza el relato con dos frases que son dos metáforas que destacan dos características fundamentales de la vida de Omicrón: “El ojo del negro es el objetivo de la cámara fotográfica”, “El hambre del negro es un escorpioncito negro con los pedipalpos mutilados”. Hemos leídos un par de líneas y ya sabemos que Omicrón retrata o fotografía a la gente y que pasa hambre o necesidad.

Tras pasar “Veintisiete horas y media sin comer y doce y tres cuartos, no contando la noche, sin retratar”, la suerte de Omicrón cambia. Una pareja cambia su mala racha al pedirle que les tome un retrato. Omicrón no parece demasiado contento. Su lacerado estómago vacío no le da tregua.

Omicrón le pide prestado un duro a su amiga Casilda, la vendedora de lotería y se van juntos a tomar un café. Van a una cafetería insignificante, donde las cucarachas corren por la barra. Allí, un hombre los observa. No es extraño que la gente se quede mirando a Omicrón, que destaca por su negrura y fealdad, pero la mirada de ese hombre es demasiado insistente.

Aldecoahace hablar a sus personajes como lo haría la gente de la calle, abundando los vulgarismos en sus intervenciones: enchular, jeta, chulís, orrevuar.

El hombre en cuestión se llama Rogelio Fernández Estremera y es uno de los encargados de organizar la cabalgata de Reyes. Así se lo hace saber a Omicrón, al que le propone representar el papel de Rey Baltasar. En otras ocasiones, el rey negro lo hacía un hombre blanco, pintado de negro, algo que no pasaba desapercibido para los niños que en ocasiones salían manchados después de darle un beso. Un negro de verdad como Omicrón aportaría realismo a la representación. Omicrón no está muy convencido de la propuesta pero cien pesetas y los ánimos de Casilda se encargan de convencerle.



Llega el día de la cabalgata. Omicrón es todo nervios e inseguridad sobre el caballo. Sus dudas aumentan cuando escucha a un niño poner en duda la autenticidad del color de su piel. Además, pronto pasará por delante de la boca del metro donde suelen apostarse sus compañeras. Teme que vayan a reírse de él. Sin embargo, cuando pasa por ese punto, girando su cabeza para no cruzar su mirada con la de ellas, escucha a Casilda decir: “Pues, chicas, va muy guapo, parece un rey de verdad”, y todo titubeo desaparece en su conducta. Se yergue sobre el caballo y adopta un porte digno, majestuoso. Se convierte en la estrella que más brilla en el desfile.


El cuento llega a su término con una paradoja: el pobre Omicrón, que se gana la vida retratando a forasteros con su cámara barata, acaba siendo retratado por las cámaras de la prensa cuyos flashes lo deslumbran.

jueves, 10 de noviembre de 2016

MUY DE MAÑANA, de Ignacio Aldecoa

Esta semana hemos leído un relato de marginados escrito por la siempre magistral pluma del vitoriano Ignacio Aldecoa, cronista de una época y magnífico trazador de personajes.

Muy de mañana es la historia de Roque, un vendedor de melones, y de su fiel amigo Cartucho, un perro tullido. Roque y Cartucho son dos vagabundos, pobres y solitarios que comparten cama, comida y aguardiente para combatir el frío y la soledad. No son amo y dueño, son como hermanos. Se parecen. Se cuidan el uno del otro.


Un día, al amanecer, muy de mañana, Roque entabla una conversación con el guardia de una obra. Hablan de vaguedades de cosas sin importancia. Roque está feliz porque porque está a punto de acabar su mercancía y ahora tendrá que buscar trabajo. Vendedor de melones y guardia beben juntos. Con el corazón alegre por el licor, Roque le confiesa al vigilante su amor por Cartucho, admite que no podría vivir sin él.


La realidad, cruel con los más necesitados, hace de las suyas. Cartucho sale a la carretera. Un automóvil se acerca. Roque llama a su compañero. El can duda entre seguir adelante u obedecer la llamada de su amo. El coche le pasa por encima y el perro muere. Ahora sí que está solo Roque, que comprobará que la vida sigue su curso. 

jueves, 27 de octubre de 2016

EL PARTO, de Franco Sacchetti

Franco Sacchetti es un escritor florentino del siglo XIV. Seguidor de Boccaccio, en sus escritos recogía historias con enseñanzas o moralejas, como la que nos ocupó esta semana en nuestro Taller de Lectura, El parto.


Contra los dictados de la iglesia, un cura tuvo una hija en su juventud. Tiempo después, la muchacha creció sana y hermosa, admirada por los jóvenes de la zona. Vivían padre e hija en el mismo hogar, como tío y sobrina.

Un joven arrebatado por la belleza de la chica tiene un plan para poseerla. Se disfraza de mujer en estado avanzado de gestación y se dirige a la iglesia a primera hora de la noche para confesarse, si bien sabe que el párroco no regresará de sus visitas hasta tarde.

Llega el sacerdote a la una de la madrugada y, como es su obligación, le ofrece el sacramento a la embarazada. La confesión es premeditadamente larga. Como estaba bien entrada la noche y las condiciones climatológicas eran adversas, por humanidad, el sacerdote invitó a la mujer a cenar y a pasar la noche en su morada. Como es lógico, la mujer embarazada comparte cuarto con la sobrina del eclesiástico, situado inmediatamente al lado del suyo.

El cura no tarda en dormir y el hombre disfrazado de mujer encinta se arrima a la chica y le toca los pechos. La joven, al descubrir las intenciones del invitado grita: “¡Padre Tiraccio, que es un muchacho!”. Despertado del sueño, el cura interpreta que su invitada está dando a luz y que la criatura arrojada al mundo es un varón, por lo que conmina a su sobrina a ayudar a la parturienta.


Agotada de resistirse y ante las instrucciones del párroco, deja de oponer resistencia e intenta pasar el trance lo mejor posible. Una vez consumado el acto, el joven visitante confiesa a la la chica que está locamente enamorado de ella desde hace tiempo y le ofrece dinero y todo lo que posee. Se entienden y acuerdan el modo de seguir viéndose en secreto.

Al despertar, el cura se encuentra con que la embarazada ha dado a luz y ha abandonado la casa sin dar una muestra de agradecimiento y se enoja. Su sobrina alimenta el malentendido diciéndole que ha parido a un varón y que no ha podido pegar ojo, y que la mujer se fue temprano por vergüenza, evitando así encontrarse con él.


Sacchetti finaliza el relato afirmando que lo acontecido le está bien empleado al sacerdote, y que la hipocresía de muchos miembros de la iglesia debería serles pagada de manera similar al narrado en el cuento, ya que no tienen esposas, en sus hijas o sobrinas.

jueves, 20 de octubre de 2016

¡U-Á... U-Á!, de Ivan Turgeniev

Ivan Turgeniev, considerado el autor ruso del siglo XIX más europeizado, realiza un ejercicio de literatura romántica en ¡U-á... U-á!, el relato de esta semana en nuestro Taller de Lectura.


Un aristócrata ruso narra una aventura de su juventud en Suíza. Por aquel entonces, se sentía solo, no tenía motivaciones ni intereses claros en la vida. Se aburría y estaba enfadado con el mundo sin saber por qué. Sentía desprecio por la vida, por su vida, y manejaba la idea de acabar con su insignificante existencia. Estaba decidido a suicidarse.

De este modo, un atardecer, decide subir a una montaña con la determinación de perpetrar el acto del suicidio. Llega cerca de la cima y el paraje frío y casi desértico afectan en lo más profundo de su ser al melancólico e impresionable joven.

En la soledad de la cumbre, se sentía henchido de orgullo y valor para rematar con su vida. El acto que estaba decidido a cometer le infería valor y grandeza, lo acercaba a su ídolo, Manfredo, personaje del famoso poema de Lord Byron.
Pero, de improviso, en medio de la inmensidad, llegó a sus oídos el grito de un niño pequeño . Ese llanto infantil borró sus ansias de eternidad y sacrificio. Corrió hacia la vieja choza pastoril de la que parecía emanar el sonido. Allí, una mujer amamantaba a su hijo, un pastor, su marido, estaba sentado a su lado. El joven aristócrata se enterneció. Los pobres campesinos no eran conscientes de que le habían salvado la vida.