jueves, 26 de junio de 2014

Adaptaciones: NIEBLA de Miguel de Unamuno

Se acercan las vacaciones estivales así que espero que elijáis un buen libro que os amenice las jornadas de descanso...

Como hay tiempo para todo, he decidido que voy a ir colgando en el blog adaptaciones para televisión y cine de grandes clásicos de la literatura.

Empezaré con una adaptación de Niebla, nivola de Miguel de Unamuno, que produjo Televisión Española allá a mediados de la década de los setenta para su serie Los Libros, con Gerardo Malla interpretando el papel de Augusto Pérez, Mónica Randall haciendo de Eugenia Domingo del Arco y Luis Prendes poniéndose en la piel del propio escritor Miguel de Unamuno, entre otros.


Si os gusta el vídeo os animo a que leáis la novela porque, sinceramente, es mucho mejor.

miércoles, 25 de junio de 2014

Ha fallecido Ana María Matute

Hoy nos hemos enterado de un triste acontecimiento: la muerte de la académica y escritora barcelonesa Ana María Matute a los 88 años de edad (1.925-2.014), una de las grandes damas de las letras hispánicas. A la vuelta del verano leeremos alguno de sus relatos.


jueves, 19 de junio de 2014

MÍSTER JONES, de Truman Capote

Aquí os traigo un nuevo relato de Truman Capote. Se titula Míster Jones y será nuestra lectura de la próxima semana. El texto es breve pero un tanto enigmático. A ver si alguno de vosotros consigue interpretarlo adecuadamente.


LA FORMA DE LAS COSAS, de Truman Capote (II)

La forma de las cosas, cuento escrito en 1.944 (ya faltaba poco para el fin de la Segunda Guerra Mundial) por Truman Capote, es, en el fondo, un relato con mensaje antibelicista.  En la figura del cabo de infantería que regresa en tren a su Virginia natal encontramos a un personaje que sufre secuelas físicas y nerviosas tras participar en el conflicto armado.

Más grave aún resulta llegar con la dignidad herida. Las espeluznantes experiencias que ha experimentado durante la guerra le han marcado más incluso que las posibles lesiones físicas. El militar no puede mirar a la cara a unos compatriotas que, como mucho, alcanzan a sentir compasión de él (es el caso de la mujer del tren, que intenta ayudarle), cuando no lo rechazan y miran hacia otra parte.


El escritor de Nueva Orleáns denuncia los horrores de la guerra y utiliza la voz del soldado para criticar la hipocresía del pueblo americano. El protagonista guarda rencor a su país por su falta de comprensión hacia los veteranos de guerra, hombres que se marcharon jóvenes a tierras lejanas para defender unos ideales dejando empleo, familia, amigos… y que a su vuelta a la patria se sienten solos, incomprendidos y abandonados.

Es el caso del protagonista, un hombre, en principio emocionado por su vuelta a casa, que ha sido prejuzgado en cuanto entró en el vagón (la mujer lo “etiquetó de borracho”) y que, en lugar de empatía encontró en sus paisanos temor y misericordia. Y hay que ser muy tonto para no percibirlo y hacerse preguntas: "¿Cree que quiero sentarme a la mesa con ellos o con alguien como usted y producirles náuseas? ¿Cree que quiero asustar a una niña como ésta de aquí y meterle ideas en la cabeza sobre su hombre?"

Desgraciadamente, como le sucedió a muchos otros combatientes, este ser no encontrará, fuera del tren, el reconocimiento ni la tolerancia. Y la que era su vida habrá cambiado para siempre.

viernes, 13 de junio de 2014

LA FORMA DE LAS COSAS, de Truman Capote

Os invito a leer el relato que tendremos en el aula la próxima semana. Se trata de La forma de las cosas, del estadounidense Truman Capote. Creo que tendremos bastantes cosas que comentar...

jueves, 12 de junio de 2014

EL CONTERTULIO, de Miguel de Unamuno (II)

Solemos identificar la patria con el lugar en el que nacemos. Sin embargo, la patria es el sitio en el que te encuentras cómodo, a gusto, es un lugar al que te unen vínculos emocionales, afectivos y de diversa índole. Redondo, el protagonista del cuento de Don Miguel de Unamuno que acabamos de leer encontró su patria en la tertulia del café de la Unión a la que acudió durante más de veinte años.

Sin embargo, un buen día, contando Redondo con cuarenta y cuatro años, se vio obligado a emigrar a América. Su banquero lo había arruinado y no le quedó más remedio que ponerse a trabajar. Una situación penosa que debía de avergonzarlo, pues emigró a la hacienda de su tío, al otro lado del Atlántico, y rompió vínculos con sus queridos contertulios, a los que no escribió ni una carta.


Con su tío no encontró la felicidad. Había perdido su patria (no encontró una nueva tertulia de su agrado) y también su libertad. Fueron más de veinte años con la mente puesta en su querida patria a la que añoraba con dolor físico.

Un buen día su tío murió y le legó su fortuna. Redondo había recobrado su posición. Ya nada lo retenía en el extranjero. Regresó inmediatamente a su tierra y lo primero que hizo fue acudir al café la Unión. La emoción era muy intensa. Pero todo había cambiado. Los mozos no eran los mismos y no conocía a ninguno de los parroquianos. De este modo se apercibió Redondo de que los años habían pasado y que él ya era un anciano.

Otro día, de nuevo en el café, nuestro protagonista escuchó una conversación en las mesas en las que solían celebrar su vieja tertulia, en la que mencionaban a un tal Don Romualdo, viejo amigo suyo y contertulio, por supuesto. Se dirigió a los jóvenes que charlaban y pidió educadamente explicaciones. De esta forma descubrió qué había sido de sus camaradas: la mayor parte habían muerto, uno se había esfumado y otro estaba en su casa, impedido. Conocer el trágico destino de sus antiguos colegas le sumió en honda tristeza y las lágrimas amargas brotaron de sus ojos.

A continuación, hubo Redondo de presentarse a los gárrulos mozos. Su sorpresa fue mayúscula cuando todos demostraron conocerlo en lo más íntimo. Todos sabían que Redondo era especialista en contar chistes verdes, que solía cocinar para los amigos, que tocaba la guitarra… Había descubierto que el espíritu de su tertulia, de su patria, seguía vivo. Y, así, lloró de nuevo, pero esta vez dulces lágrimas de felicidad.

Redondo había recuperado su patria y retomó su actividad, estableció estrechos vínculos con sus nuevos amigos, en especial con un tal Ramonete, y se sintió querido y admirado por todos.


Un día, un nuevo miembro se incorporó al grupo. A Redondo no le plació esta intromisión y bautizó al novato con el nombre de “el Intruso”. Empero, este rechazo no duró mucho tiempo. Ramonete murió inesperadamente, duro golpe que modificó la filosofía del anciano: estaba escrito que los componentes de la tertulia irían cambiando, se morirían los viejos y entrarían nuevos miembros en su lugar pero lo importante era que se honrara la memoria de los desaparecidos y que se mantuviera siempre viva la esencia que vio nacer a la cuadrilla.


Y para asegurarse de que así fuera, una vez llegada su muerte (muerte soñada, pues tuvo lugar en el seno de su “familia”, durante un banquete), Redondo legó a los contertulios toda su fortuna, con la única condición de “celebrar un cierto número de banquetes al año y rogando se dedicara un recuerdo a los gloriosos fundadores de la patria”.

jueves, 5 de junio de 2014

ACEITE DE PERRO, de Ambrose Bierce (II)

Este macabro relato cargado de ironía y cinismo narra en primera persona las memorias de Boffer Bings, un chico que llevó a la ruina, sin pretenderlo, el “honorable” negocio de sus padres. Pero me estoy adelantando…

Mientras el padre de Boffer regenta una industria de aceite de perro, una medicina válida para casi cualquier dolencia, pues dos médicos amigos suyos se encargan de recetarla para cualquier mal, la madre se ocupa de los menesterosos. Boffer Brings es un ayudante admirable: se encarga de recoger los perros que terminarán en la cuba con aceite hirviendo de su progenitor y se libra de los “restos” del trabajo de su madre. Esos “restos” no son sino cadáveres de huerfanitos que debe hacer desaparecer en el fondo del río.

En una ocasión, Boffer es sorprendido por un policía cuando lleva el cadáver de un pequeño. Nuestro protagonista, al sentirse vigilado, entra en la aceitería para evitarlo. Una vez allí, dominado por el miedo, arroja el cuerpo del bebé al puchero.

A la mañana siguiente, el padre no se explica por qué ha obtenido un aceite de calidad superior en la última tanda. Boffer le descubre su secreto, abriendo la vía hacia la locura…


De este modo fue como las ocupaciones de sus padres convergieron y se fusionaron en una sola industria. Los canes se vieron sustituidos por cuerpos humanos en la fórmula del aceite de perro, que mantendría su nomenclatura.

La demanda crecía y con ella las ganancias. El trabajo se había convertido en algo más, en una pasión. Habían probado la sangre humana y ya no había marcha atrás… aunque los vecinos se reunieran en asamblea y amenazaran con pararles los pies.

Una noche, Boffer descubrió aterrorizado cómo sus padres habían perdido definitivamente la chaveta. Ambos se enzarzaron en una lucha por acabar con el otro y convertirlo en un nuevo frasco de aceite de perro. La maléfica industria del aceite de perro se cobraba sus últimas víctimas: el padre, malherido por un golpe infligido por su mujer, cogió en brazos a su esposa y saltó con ella al interior del pote.

En ningún momento el protagonista se cuestiona el salvajismo,  la crueldad, la inmoralidad de los quehaceres de sus progenitores. En sus palabras no se encuentra un ápice de odio o resentimiento hacia ellos. Más bien al contrario, siempre se refiere a ellos como "padres honestos", “personas tan estimables”, “mis queridos padres”, “mis pobres padres”, etc. Lo que sí apreciamos es arrepentimiento y remordimientos por su conducta. Si no hubiese desvelado su “secreto”, sus padres seguirían vivos y, lo que es más importante, su próspera industria seguiría medrando.