jueves, 29 de octubre de 2015

MADRE GALLEGA, de Emilia Pardo Bazán

De la fría Rusia a Galicia. Después de acercarnos a Chejov, regresamos a nuestra tierra para leer un cuento de Emilia Pardo Bazán que se titula Madre gallega.


CIRUGÍA, de Antón Chejov (II)

Por medio de la historia de un humilde sacristán que tiene dolor de muelas y un practicante que sustituye al doctor y que se cree en posición de superioridad por su dominio de la ciencia, Chejov hace un retrato crítico del pueblo ruso. El “Ruso”, así, en general, sale malparado, pues es una persona sucia, ignorante, supersticiosa y sumisa.

El autor emplea con maestría el lenguaje y las descripciones para introducirnos, desde el comienzo, en una atmósfera hedionda y agobiante (“humo pestilente”, “atacado de cataratas”, “en la nariz ostenta una verruga que de lejos se asemeja a una mosca grande”, “muelas que el tabaco y el tiempo han puesto amarillas”), que refleja la pobreza y las condiciones insalubres en las que está sumido el pueblo llano ruso. Además, aporta ese componente humorístico tan propio del genial escritor. Antológico (y desternillante) me parece el momento en el que el sacristán, en su confusión, al no encontrar el icono, se santigua ante una bombona de ácido fénico.


Y es que la religión está muy presente a lo largo y ancho del relato. El “temor de Dios” y las referencias a los Ángeles, a la Virgen y otros Santos o divinidades es constante. Se trata de una religión entendida de una manera sui géneris, mezclada en todo momento con la superstición. El sacristán Vonmiglásov entiende que su infección y dolor de muelas es un castigo divino por sus pecados, sin embargo, para aliviar su sufrimiento, y antes de acudir al médico, ha probado remedios como aplicar vodka con rábano –¡recomendación de un diácono!- o atarse un hilo del monte Athos al brazo.

El practicante Kuriatin, por otra parte un incompetente, es respetado y venerado, se encuentra una posición de eminencia o superioridad ante sus convecinos por el mero hecho de tener una educación y representar a la ciencia médica. El sacristán le demuestra todo el respeto y se pone en sus manos para que le resuelva su “problema”. Sin embargo, la intervención, la extracción de la muela, se complica y deriva en una discusión pues el matasanos emplea varios métodos e instrumentos para conseguir su objetivo pero se muestra incapaz, multiplicando el dolor de su paciente. En ese momento, desaparecen el respeto y los buenos modos, pero el enfermo, en su posición desesperada, continúa sometido a la única persona que puede salvarle.


Finalmente, el practicante rompe la muela del sacristán. Y aún pretende que este se muestre agradecido…

jueves, 22 de octubre de 2015

CIRUGÍA, de Antón Chejov

Para la semana que viene, volveremos la mirada a uno de los clásicos rusos que ya ha pasado por nuestro Taller de Lectura en más de una ocasión. Leeremos un cuento de Chejov titulado Cirugía.


MATAR A UN NIÑO, de Stig Dagerman (II)

Acabamos de leer un impactante y desazonador relato de Stig Dagerman, un cuento que llama la atención por la peculiar manera en la que ha sido contruído. Desde un principio conocemos el desenlace –la muerte accidental de un niño- pero, sin embargo, consigue captar nuestra atención y elevar el nivel de intensidad, de emoción y de ansiedad en el lector a medida que va avanzando. Parece que el autor se recrea en su virtuosismo narrativo para hacernos sentir la impotencia de un final inevitable.

Comienza la narración con una escena intimista. Una familia se prepara para pasar el día en el mar. La madre prepara el desayuno, el padre se afeita, el niño acaba de vestirse. Se terminó el azúcar y la madre ordena al hijo que vaya a casa de unos vecinos a pedir prestados unos terrones.


Al mismo tiempo, el homicida es un hombre feliz e inofensivo que toma una fotografía con su prometida antes de emprender un viaje en coche hacia la costa. Dice Dagerman que este hombre “no sería capaz de matar a una mosca, sin embargo, pronto matará a un niño”.


El relato trata sobre la fina línea que separa la felicidad de la desgracia, sobre la crueldad de los designios de este mundo y, sobre todo, sobre el sentimiento de culpa. La culpa que sentirá durante toda su existencia la madre que mandó a su hijo a por azúcar, la culpa que sentirá el conductor que iba de excursión y atropelló a un inocente, un hombre que “deseará en cambio tener un solo minuto de su vida pasada para hacer este solo minuto diferente”.

jueves, 15 de octubre de 2015

MATAR A UN NIÑO, de Stig Dagerman

Ahora que está tan de moda la producción novelística de los países escandinavos, quiero presentaros al que fue estrella de las letras del norte de Europa en la década de los años 40 del siglo pasado. Se trata de Stig Dagerman, autor de cuatro novelas, algunas piezas teatrales, un buen puñado de artículos, reportajes, cuentos y novelas cortas que le otorgaron el favor del público y de la crítica.

Sin embargo, la vida de este joven prodigio fue un poco turbulenta, como certifica su temprana muerte a los 31 años de edad. El atormentado artista decidió suicidarse en el garaje de su casa encendiendo su coche y aspirando los gases que este producía.


Leamos su relato Matar a un niño y después opinemos.

GRACIAS, de Yasunari Kawabata (II)

Nos ha llamado la atención la estructura de este breve cuento del japonés Kawabata, que empieza y termina casi con la misma frase. “Sería un buen año para los caquis. El otoño en las montañas era hermoso” es la primera línea de la narración, mientras la que cierra el texto es “Era un buen año para los caquis. El otoño en la montaña era bello”. Casi idénticas.

La acción comienza en una ciudad portuaria del sur. Tras un viaje de ida y vuelta en ómnibus, ciento veinte kilómetros entre caminos montañasos, tras dos días y una noche, los protagonistas se despiden, al fin, en ese mismo lugar. Una esctructura circular delimita perfectamente la historia, su principio y su fin.

Lo cotidiano, la naturaleza y la belleza siempre están presentes en la literatura de Kawabata. El estilo parsimonioso, casi como el fluir de un arroyo, nos transmiten paz y armonía aunque en el fondo el tema que trata el relato sea escabroso. Tan escabroso como el viaje de una madre con su hija para vender a esta última, para entregarla a una gente que la convirtirá en geisha o, casi con total seguridad, en prostituta. Ese parece el destino de una niña inocente que no es ajena a su destino.


Madre e hija ven en el chófer del vehículo una posible salida o salvación a la fatalidad. La madre dialoga con el conductor al inicio del texto, intenta ganarse su favor, y anticipa que todo puede solucionarse: “Es una señal de que algo bueno va a suceder”, dice.

El chófer es un hombre con cierto estatus. Un ser que goza del respeto de la gente por su posición y su amabilidad. Kawabata lo compara con dos elementos de la naturaleza que nos dan una idea de su personalidad: con un pájaro carpintero, por su elegancia y sus exquisitos modales cuando inclina su cabeza para saludar, y con un cedro, debido a su porte, actitud y naturalidad.

A medida que avanza el viaje, la niña, viendo más próximo su destino, empieza a temblar y a encontrarse mal. La madre, ablandada, recurre al conductor para proteger a su hija. Le pide que la acoja, que la tome por esposa para librarla de las garras de otros hombres menos puros.

Pasan la noche en el pueblo y a la mañana siguiente emprenden el camino de regreso. La madre se ha compadecido de la hija y no la ha entregado. Vuelven a casa. Sin embargo, parece que el conductor no se ha decidido a tomarla por esposa. No han logrado convencerle. La madre, de todos modos, le advierte que ella no podrá hacerse cargo de la niña por mucho tiempo y que si él no la ampara no le quedará otra salida que venderla: “Puedo arreglarme. Pero cuando el tiempo mejore, ya no podré tenerla en casa”.


La responsabilidad está ahora sobre la conciencia del conductor, que continúa afrontando su profesión con distinción y gentileza.

jueves, 8 de octubre de 2015

GRACIAS, de Yasunari Kawabata

La próxima semana vamos a leer un breve relato del que fue el primer escritor japonés en ganar el Premio Nobel de Literatura, allá por 1.968. No es otro que Yasunari Kawabata (1.899-1972), un escritor cargado de sensibilidad al que tenéis que dar una oportunidad. El cuento elegido se titula Gracias, un relato sencillo que espero haga que os intereséis por su obra.


Svetlana Alexeivich se lleva el Premio Nobel de Literatura 2015

La Academia sueca ya ha fallado el Premio Nobel de Literatura 2015 que llega, un año más, con sorpresa. La premiada ha sido la escritora y periodista bielorrusa Svetlana Alexievich, una mujer que no entraba en las apuestas. De hecho, es extraño ver como un escritor de no ficción se alza con el famoso galardón.


LA LARVA, de Rubén Darío (II)

La acción acontece en un lugar de América caracterizado por la superstición de las gentes y el mal entendimiento de la religión. Un lugar donde la brujería, el ocultismo y las leyendas demoníacas y fantasmales están a la orden del día, donde las noches son un terreno vedado y misterioso y sólo unos pocos valientes se aventuran a profanar el silencio y la oscuridad.

Sin embargo, un hombre joven, como es el narrador y protagonista de este cuento, apenas un chico de quince años, siempre se siente tentado por lo prohibido y secreto. Isaac Codomano, que así se llama, nos cuenta que su gran anhelo era salir en plena noche y participar de una serenata, abrir su pecho y vaciar su corazón al ritmo de la música bajo la ventana de alguna alguna dama.


Con este proyecto en mente, Codomano roba las llaves de la casa en la que vive custodiado por su tía abuela y emprende la aventura. Sale a la calle, se une a una serenata y se siente todo un hombre.

De repente, ve a una dama sentada en la acera, toda ella bien arropada en su rebozo, se separa del grupo y se dirige a ella cor ardor, recitando palabras de joven enamorado. Ya veía próximo su éxito cuando la mujer se gira hacia él y le muestra el rostro de la muerte, una calavera viscosa y desagradable con un globo ocular colgando de una de las cuencas. Imaginaos la sorpresa, el susto.


Cuando llamó a sus amigos y estos aparecieron en respuesta a sus gritos, la misteriosa figura había desaparecido. ¿Había sido una aparición real o sólo el producto de una mente excitada por la novedad y alimentada por la superstición?

jueves, 1 de octubre de 2015

LA LARVA, de Rubén Darío

Después de la lectura de D.Q., os traigo otro relato de Rubén Darío. Se titula La larva y espero que os guste tanto o más que el anterior.


D.Q., Rubén Darío (II)

La acción se desarrolla en Santiago de Cuba, y comienza la noche anterior a que España perdiese sus últimas posesiones en el “Nuevo Mundo”.

El ejército español estaba vencido. Las huestes que resistían en la isla caribeña, a duras penas,  intentaban mantener el ánimo mientras esperaban como agua de mayo la llegada de nuevas tropas de refuerzo que les diesen esperanzas en la victoria.

Y esas milicias llegaron, al fin. Entre los soldados, todos jóvenes, alegres y bizarros, se destacaba un hombre ya mayor, de unos cincuenta años, el abanderado. Era este un personaje enigmático. Era introvertido, pensativo, callado, taciturno. Era patriota y religioso como ninguno. Renunciaba a su ración de alimento para cedérsela a otros que la necesitaban más que él. Había en él algo de familiar y de atemporal.



Tan familiar que todos lo conocemos. Poco a poco, van surgiendo en el relato datos que nos encaminan a la resolución del enigma:

“Su mirada triste parecía penetrar hasta lo hondo de nuestras almas ydecirnos cosas de siglos.”
“Me ha hablado de sueños irrealizables.”
“Dicen que debajo del uniforme usa una coraza vieja.”
“Es un buen hombre en el fondo; paisano mío, manchego.”
“No se me ha ocurrido ver su nombre en la lista. Pero en todas sus cosas hay marcadas dos letras: D. Q.”

En efecto, el abanderado es Don Quijote, como desvelará Rubén Darío en el último párrafo.

Pero volvamos a la historia. ¿Qué pasó con los guerreros españoles y con D.Q.? Las tropas españolas recibieron pésimas noticias. Debían de entregar las armas, rendirse a los yanquis, pues habían sido vencidos.


Entre el sentimiento de humillación y vergüenza que imperaba entre los soldados, destaca la orgullosa reacción del abanderado: antes de entregar la bandera del país que tanto ama, prefiere lanzarse con ella por el precipicio. Y morir. Aunque, como sabéis, es inmortal.