jueves, 18 de junio de 2015

¿CUÁNTA TIERRA NECESITA UN HOMBRE?, de Leon Tolstoi

Para la próxima semana os traigo un relato un poco más extenso de lo habitual, ¿Cuánta tierra necesita un hombre?, del ruso León Tolstoi, todo un clásico en nuestro Taller de Lectura.


UN ARTISTA, de Manuel Mújica Laíenez (II)

Pese a los ornatos y afeites en forma de referencias a figuras históricas del pasado (Athenais, Irene, Justiniano, Asurbanipal…), este relato de Mújica Láinez esconde una historia bien sencilla.

La acción se desarrolla en la “Hostería de la Manzana de Adán” (curiosa referencia al pecado original…), un antro reservado para escritores y bohemios. Allí, el narrador conoce, e inmediatamente se siente embelesado por su aspecto y conversación, a Diego Narbona, un pintor de talento, un verdadero artista, al que el éxito ha dado, injustamente, la espalda.

Su conversación versa sobre el arte del virtuoso, sobre sus ideales, sobre su vida azarosa y miserable… Era un hombre culto y de enorme talento al que no se le habían reconocido sus méritos.


Cuando Narbona abandonó el establecimiento, el relator aún quedó largo rato bajo su influjo. Pero, de repente, una frágil y hermosa dama irrumpió llorando. Sangraba. Su marido le había pegado y, al parecer, era esta una escena recurrente. Su falta, muy leve: haber dejado que se quemara la tortilla.

Indignado, nuestro amigo se pregunta quién habrá sido el salvaje capaz de abusar de una criatura tan indefensa, le entran incluso ganas de ajustarle las cuentas al indeseable. Cuál es su sorpresa cuando le comunican que el marido es el mismo Diego Narbona al que minutos antes había admirado.


Diego Narbona es un artista. Diego Narbona es un maltratador. Diego Narbona es un lobo con piel de cordero.

jueves, 11 de junio de 2015

NARCISO, de Manuel Mújica Láinez (II)

El protagonista de este turbador relato de Mújica Láinez no se llama Narciso, sino Serafín. Sin embargo, su obsesión por mirarse en el espejo -ese afán autodestructivo por su propia imagen…- entronca su existencia con la del personaje de la leyenda clásica.

Serafín es un hombre cuya vida, después de regresar del trabajo, se limita al cuidado de sus gatos y, sobre todo, a la contemplación de una imagen –a medida que avanza la narración descubrimos que no se trata de su imagen presente- en el espejo, pieza más importante de su pequeño y destartalado hogar. El espejo genera una atracción especial también para los gatos pero Serafín no deja que se acerquen a él. Incluso llega a encerrarlos cuando sale de casa para evitarlo.


Este hombre sale poco a la calle y no se preocupa del orden ni de la limpieza. Su apartamento está semiabandonado. La mugre se acumula por todas partes, la cama permanece deshecha, restos de la comida de sus gatos dotan de un olor nauseabundo a la vivienda… Pero él no se da cuenta -“Serafín no otorgaba importancia a nada que no fuese su espejo”-. Estas circunstancias nos hacen pensar en que este hombre sufre una patología de la que todos habréis oído hablar, la conocida como el síndrome de Diógenes.

Pero volvamos al texto. La presencia de los felinos (cinco, seis, siete... muchos) desde el primer párrafo, resulta inquietante. Empezando por el color de su pelaje, pues son todos ellos de color negro, signo de mala suerte para los supersticiosos, y continuando por los calificativos y enunciados con los que Mújica Láinez los va caracterizando: “fantasmales”, “vagaban como sombras”, “maullido loco”, “nerviosidad gatuna”, “llamear de sus pupilas”, “trémulos”, “electrizados”… todo nos hace sospechar que jugarán un papel importante en el desenlace de la historia.

Pero volvamos a Serafín. Un día, cae enfermo. Muy enfermo. Se acuesta y se olvida de todo, de darle de comer a los gatos, hasta de mirarse en el espejo. Los felinos, al sentirse libres, y a la vez hambrientos, se vuelven osados. Se suben a la cómoda y arañan el espejo. Y una fotografía cae hecha añicos…



Hemos dicho que Serafín estaba obsesionado con la contemplación de su imagen en el espejo. Pero resulta que al final descubrimos que lo que estaba mirando no era su imagen presente, sino un retrato de un hombre joven y atractivo. Mújica Láinez se encargó de dejarnos pistas que nos llevan a la conclusión de que ese retrato es el de él mismo en su juventud, o antes de que los acontecimientos (¿un accidente o la misma vejez?) le hicieran perder su belleza. Resulta clave una frase, una postura: el espejo reflejaba la imagen de un hombre apuesto con ”la mano abierta como una flor en la solapa”, la misma postura que adoptaba Serafín ante el espejo y que adoptará (“el hombre horrible, el deforme, el Narciso desesperado”) cuando esté yaciente en su lecho y los gatos, hambrientos, se dispongan a devorarlo.

jueves, 4 de junio de 2015

NARCISO, de Manuel Mújica Láinez

Aquí os traigo la lectura de la próxima semana, Narciso, un inquietante relato del escritor argentino Manuel Mújica Láinez.


LA PEÑA DEL DRAGÓN, de Alexandre Dumas, padre (II)

Si buscamos en Google, descubrimos que Rhungsdof, Koenigswinter y Drachenfelds son localizaciones reales situadas en Alemania, a orillas del río Rin. Podemos ver incluso imágenes de las ruinas y de las montañas que menciona Alexandre Dumas en este cuento. Esto no debe de extrañarnos, pues es habitual en literatura el hecho de plasmar por escrito leyendas asentadas durante décadas y/o siglos en la memoria colectiva de los pueblos de todo el mundo.


Esta leyenda habla de la existencia de un dragón, monstruo terrible, que moraba en una caverna de Drachenfelds allá por el siglo IV. Los soldados romanos entregaban un prisionero diario al dragón para que este lo devorase y calmar así su furia.

Pero resultó que dos centuriones se enamoraron de la misma doncella y se enfrentaron por su amor de manera muy violenta. El general propuso solucionar el conflicto de manera salomónica: entregarían a la joven al dragón. La chica no sería para ninguno de los dos pretendientes.

Llegado el momento, ataron a la doncella a un árbol, en el lugar que habitualmente utilizaban para los sacrificios, concediéndole la voluntad de dejarle libres las manos. Una vez se acercó el dragón, furioso y hambriento porque los romanos lo habían “puesto a dieta” la jornada anterior, la muchacha le mostró un crucifijo. Ante la imagen de Dios, el dragón, bestia infernal, huyó a refugiarse a su guarida.


Los habitantes de la zona, envalentonados ante el primer signo de debilidad del dragón y su deserción, lo persiguieron hasta su escondrijo y le plantaron fuego. Tres días tardó en morir el monstruo, lo que habla a las claras de su fortaleza.


En definitiva, Dumas padre hace en este cuento un poco de propaganda a las bondades de la fe cristiana.