jueves, 9 de julio de 2015

¿CUÁNTA TIERRA NECESITA UN HOMBRE? De León Tolstoi (II)

Acabamos de leer un relato sobre la ambición. Pahom es un pobre campesino, un trabajador humilde, que ansía poseer sus propias tierras. Después de muchos sacrificios, acudiendo a préstamos, trabajando de sol a sol y vendiendo los pocos bienes de los que dispone, alcanza su sueño y compra veinte hectáreas de terreno.

La fortuna le sonríe, obtiene una buena cosecha, logra pagar sus deudas y se convierte en un terrateniente pero, después de una felicidad efímera, siente que no es suficiente. Un viajero le habla de un territorio lejano donde las tierras son tan fértiles que “el centeno era tan alto como un caballo, y tan tupido que cinco cortes de guadaña forman una avilla”.

Así que Pahom decide vender, una vez más, sus posesiones, no tan escasas esta vez, y emprender un largo viaje. El viajero no le había engañado y Pahom, pasado un tiempo, era un poco más rico.

Sin embargo, Pahom desea más. A través de un vendedor de bienes raíces, llega a sus oídos el rumor de que, lejos de allí, era fácil conseguir enormes extensiones de terreno a precios muy bajos, irrisorios, sólo con ofrecer regalos a los jefes.


Decide partir. En la tierra de los bashkirs resulta ser cierto todo lo que le contaron. Nunca tan fácil y barato había sido comprar tierras. Por sólo mil rublos, toda la tierra que pudiera recorrer a pie en un día sería suya. Pero tiene que regresar al punto de partida antes de que se ponga el sol. Pahom no puede descansar con la emoción la víspera del gran día. Y ya hace planes de cara al futuro…

Y comienza la aventura. Pahom madruga, aprovecha las primeras horas del día, las más frescas. Avanza a buena velocidad, apenas se detiene para desayunar y tener un pequeño descanso. Cuanto más avanza, más hermosas le parecen las tierras. Las quiere todas, y continúa avanzando por no perder los hermosos pastos que se extienden ante sus ojos. El cansancio empieza a hacer mella en sus fuerzas y, cuando se da cuenta, ya es demasiado tarde para volver. El punto de partida está demasiado lejos. Está dolorido, exhausto y avanza lo más rápido que puede, corre.

Pahom sabe que ha sido ambicioso y que la avaricia rompe el saco: “He deseado mucho, y lo eché todo a perder”, “Hay tierras en abundancia –pensó- ¿pero me dejará Dios vivir en ellas?”.

Mientras Pahom exprimía sus últimas energías corriendo hacia la loma, los bashkirs se regocijaban en la desgracia del ambicioso. Lo espoleaban con sus gritos para que corriese aún más, se reían.

Pahom regresó justo cuando el sol se ocultaba. Cayó al suelo. Sangraba por la boca. Estaba muerto.


Tolstoi responde a la pregunta formulada en el título del cuento: ¿Cuánta tierra necesita un hombre? “Dos metros de la cabeza a los pies era todo lo que necesitaba”. La suficiente para ser enterrado