viernes, 15 de abril de 2016

NADIE LO SABE, de Sherwood Anderson

Nadie lo sabe es uno de los veintidós relatos que componen el libro Winesburg, Ohio, quizá la obra más conocida de su autor, Sherwood Anderson, uno de los más importantes cultivadores del relato corto en lengua inglesa.


Su protagonista, George Willard, vive con excitación, temor y nerviosismo una experiencia que está a punto de probar y que, a medida que avanza el relato de los hechos, vamos descubriendo.

George Willard siente miedo. Siente miedo, en primer lugar, por lo que va a realizar. Sin ser un acto ilegal, y aunque son muchos los que lo han hecho con anterioridad y muchos los que lo repetirán más tarde, sabe que no está bien visto por la comunidad en la que vive. Siente miedo, más tarde, y una vez se ha decidido, porque teme que le falte el valor para llevar a cabo los hechos. Siente miedo, finalmente, a que se descubra un episodio que ha pesado sobre su conciencia como un pecado.

Resulta curioso el modo en el que Sherwood Anderson plantea la cuestión. Los acontecimientos ocurren en las primeras horas de la noche, en la oscuridad. George Willard abandona con precipitación el periódico en el que trabaja, por la puerta de atrás. Evita la luz y a la gente. Se esconde como un delincuente, incluso el narrador se refiere a él como “el fugitivo”.

Y es que resulta que George Willard había recibido, el día anterior, una nota. Una cartita escrita por Louise Trunnion, en la que ésta le decía, textualmente: “Soy tuya, si tú lo quieres”. Era la tal Louise una chica con fama de llevar una vida disipada, una chica fácil, la chica que iniciaba en los secretos del sexo a los muchachos del pueblo. Por eso le extrañó a George la frialdad con la que lo recibió ella cuando fue a buscarla.

Ella, al contrario de lo que sucede George, actúa con naturalidad, no teme las habladurías de la gente, sale por la puerta principal de su casa.


En esos momentos, no era George Willard lo que se dice una persona segura de sí misma, más bien todo lo contrario. George estaba temblando, no se decidía, no se atrevía a hablarle a la chica con firmeza y con tranquilidad, más bien todo lo contrario, ella llevaba la iniciativa.

No hay en todo esto ni una pizca de romanticismo, ni una pizca de amor. A George no le gusta Louise, ni siquiera le resulta simpática. Ella no se ha arreglado para la cita, lleva la ropa de trabajo. Tiene incluso la cara tiznada. Pero él se ve forzado a seguirla, se ve empujado a hacerlo. Es lo que corresponde en un chico de su edad.

Pasó lo que suele pasar en estas circunstancias y momentos después George tenía otro ánimo. Ya no era el muchacho inseguro de unas pocas horas antes. George había entrado en el mundo de los adultos. Su virilidad, su hombría, se había reafirmado. Estaba satisfecho, se compró un puro, tenía ganas de hablar, pero no con chiquillos, sino con hombres como él.


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