jueves, 28 de abril de 2016

UNA LUZ EN LA VENTANA, de Truman Capote

Hacía ya mucho tiempo que no leíamos nada de Truman Capote en nuestro Taller de Lectura. Esta semana hemos leído Una luz en la ventana, un relato que apareció en su volumen de cuentos titulado Música para camaleones que presenta muchos de los rasgos característicos de la obra del genial escritor de Nueva Orleáns.

En el cuento, Truman Capote nos refiere una experiencia personal de su rica vida social. No es difícil imaginarse al autor de A sanger fría o Desayuno en Tiffany’s inmiscuido en tan atolondrada aventura.

El narrador, invitado a la boda de una amiga, emprende un viaje con un matrimonio que también acudirá al evento y al que no conoce, los Roberts. Estos parecen ser una pareja de lo más normal, incluso agradable, pero el día de la recepción nupcial se emborrachan irremediablemente. Unos 160 kilómetros separan a New York de Conneticut, trayecto demasiado largo para compartir con un matrimonio que, bajo los efectos del alcohol, se dedica a discutir e insultarse, lo que les hace perder el control del auto y estrellarse contra un árbol.


Asustado, el protagonista se baja del coche y escapa, adentrándose en el bosque. Es una noche fría de viento y no parece haber rastro de casas o presencia humana. Después de media hora andando y ya helado de frío, avista una casa en la que una ventana está iluminada. Nuestro amigo mira a través del cristal y ve a una anciana que lee un libro al calor de la chimenea. Llama a la puerta.

La señora de pelo blanco lo recibe con una sonrisa y le invita a pasar. Vive sola, acompañada de seis o siete gatos callejeros. No tiene teléfono, por lo que el narrador no puede llamar a un taxi, pero la hospitalaria mujer le agasaja con un vaso de bourbon, le da conversación y le invita incluso a quedarse para pasar la noche. Es una anciana cultivada, ambos coinciden en gustos (está leyendo Emma, novela de Jane Austin, una de las autoras favoritas de nuestro protagonista), y charlan de temas diversos (literatura, lugares lejanos, religión, horticultura…) hasta que es hora de irse a la cama.

A la mañana siguiente, después de tomar el desayuno, el protagonista descubre que la acogedora y confiada (¿quién se atrevería a dar albergue, en una casa aislada, a un desconocido, una noche de frío?) anciana esconde un secreto inquietante. En un congelador que tiene encajado en un rincón de su sucia cocina, la mujer guarda, congelados, los cadáveres de docenas de gatos, antiguos amigos que han muerto y de los que no soporta la idea de verse separada.



Aparecen en el texto diversas referencias culturales, muy diferentes a las que pudimos ver la semana pasada en el texto de Rubén Darío (Elvelo de la reina Mab). Lo que en el cuento del escritor latinoamericano eran alusiones a seres de la mitología clásica, personajes de la historia y del arte, incluso del Viejo Testamento, son en Capote referencias al cine (¿Quién teme a Virginia Wolf?) y la literatura (Jane Austen, Thoreau, Willa Cather, Dickens, Lewis Carroll, Agatha Christie, Raymond Chandler, Hawthorne, Chejov o Maupassant).

lunes, 25 de abril de 2016

EL VELO DE LA REINA MAB, de Rubén Darío

La reina Mab es un personaje cuasimitológico del inventario del escritor modernista Rubén Darío. Se trata de un hada minúscula que trae la esperanza y la felicidad a los artistas que se encuentran deprimidos, si bien esa alegría no es de todo real, sino más bien “el diablillo de la vanidad”.


Otras hadas habían repartido sus dones a los profesionales, dones todos ellos pragmáticos, ventajosos para la vida diaria de quien disponía de ellos, pues les reportaban un beneficio económico.


En el cuento, Rubén Darío nos presenta a cuatro artistas –un escultor, un pintor, un músico y un escritor- que malviven a pesar del talento que poseen. La sociedad en la que viven no valora su arte y ellos pasan penurias para alimentarse.


El escritor nicaragüense nos ofrece un relato de crítica social en el que el objeto de censura es el capitalismo, ya que  considera que, en su época, las obras de arte son juzgadas por su valor económico y no por su valor estético o artístico, lo que degrada a las obras de arte en sí y a sus creadores. A raíz de este conflicto, los artistas como él se revelan y realizan obras complejas que sólo están al alcance de una élite cultural e intelectual.


Como podemos ver en el relato El velo de la reina Mab, la obra de Rubén Darío está plagada de vocablos cultos, metáforas o referencias históricas, culturales y mitológicas (Goliat, Venus, Fidias, Apolo, Minerva, Diana, ninfas, faunos, Madona, Cleopatra, querubines, Terpandro, Wagner, fuente de Jonia, Musa, etc.) que dificultan su seguimiento y comprensión por los pocos versados, características todas ellas propias de la escuela modernista.

viernes, 15 de abril de 2016

NADIE LO SABE, de Sherwood Anderson

Nadie lo sabe es uno de los veintidós relatos que componen el libro Winesburg, Ohio, quizá la obra más conocida de su autor, Sherwood Anderson, uno de los más importantes cultivadores del relato corto en lengua inglesa.


Su protagonista, George Willard, vive con excitación, temor y nerviosismo una experiencia que está a punto de probar y que, a medida que avanza el relato de los hechos, vamos descubriendo.

George Willard siente miedo. Siente miedo, en primer lugar, por lo que va a realizar. Sin ser un acto ilegal, y aunque son muchos los que lo han hecho con anterioridad y muchos los que lo repetirán más tarde, sabe que no está bien visto por la comunidad en la que vive. Siente miedo, más tarde, y una vez se ha decidido, porque teme que le falte el valor para llevar a cabo los hechos. Siente miedo, finalmente, a que se descubra un episodio que ha pesado sobre su conciencia como un pecado.

Resulta curioso el modo en el que Sherwood Anderson plantea la cuestión. Los acontecimientos ocurren en las primeras horas de la noche, en la oscuridad. George Willard abandona con precipitación el periódico en el que trabaja, por la puerta de atrás. Evita la luz y a la gente. Se esconde como un delincuente, incluso el narrador se refiere a él como “el fugitivo”.

Y es que resulta que George Willard había recibido, el día anterior, una nota. Una cartita escrita por Louise Trunnion, en la que ésta le decía, textualmente: “Soy tuya, si tú lo quieres”. Era la tal Louise una chica con fama de llevar una vida disipada, una chica fácil, la chica que iniciaba en los secretos del sexo a los muchachos del pueblo. Por eso le extrañó a George la frialdad con la que lo recibió ella cuando fue a buscarla.

Ella, al contrario de lo que sucede George, actúa con naturalidad, no teme las habladurías de la gente, sale por la puerta principal de su casa.


En esos momentos, no era George Willard lo que se dice una persona segura de sí misma, más bien todo lo contrario. George estaba temblando, no se decidía, no se atrevía a hablarle a la chica con firmeza y con tranquilidad, más bien todo lo contrario, ella llevaba la iniciativa.

No hay en todo esto ni una pizca de romanticismo, ni una pizca de amor. A George no le gusta Louise, ni siquiera le resulta simpática. Ella no se ha arreglado para la cita, lleva la ropa de trabajo. Tiene incluso la cara tiznada. Pero él se ve forzado a seguirla, se ve empujado a hacerlo. Es lo que corresponde en un chico de su edad.

Pasó lo que suele pasar en estas circunstancias y momentos después George tenía otro ánimo. Ya no era el muchacho inseguro de unas pocas horas antes. George había entrado en el mundo de los adultos. Su virilidad, su hombría, se había reafirmado. Estaba satisfecho, se compró un puro, tenía ganas de hablar, pero no con chiquillos, sino con hombres como él.


jueves, 7 de abril de 2016

LA AVENTURA DE UN MATRIMONIO, de Italo Calvino

El relato Laaventura de un matrimonio fue escrito por Italo Calvino en 1.958 y apareció publicado en el volumen Los amores difíciles en 1.970. Se trata de una historia cotidiana, un día cualquiera en la vida de un matrimonio de obreros italianos, carente de acción, así que nada tiene que ver con lo que tradicionalmente entendemos por “aventura”.

Calvino recurre al vocabulario de objetos ordinarios (objetos de aseo personal: jabón, dentífrico; utensilios para llevar la comida o la bebida: fiambrera, termo; prendas de vestir y complementos: portaligas, falda, horquillas, abrigo; y partes o elementos de una vivienda: calentador, fregadero, lavabo, postigos, cama) para adentrarnos en el hogar de esta familia modesta y consigue demostrarnos que en el seno de una casa como puede ser la nuestra o la de nuestros padres, en la rutina, también hay lugar para el romanticismo.


Arturo Massolari y su esposa Elida trabajan en fábricas pero tienen horarios diferentes, por lo que no pueden verse todo lo que desearían. Arturo acude al trabajo en turno de noche y, cuando regresa a casa, todavía su mujer está dormida. Ella, por el contrario, se va a trabajar por la mañana y vuelve a última hora de la tarde. No pueden compartir el lecho. En la cama, cuando uno de ellos se acuesta, solo, ante la imposibilidad de estar juntos, busca los “restos” de su compañero en el calor que a duras penas conservan las sábanas.

Sus particulares horarios les obligan a organizarse para realizar las tareas del hogar. Calvino enumera las labores que realizan uno y otro. Otra dosis de realidad para el lector. Los personajes hacen la cama, barren, ponen en remojo la ropa para lavar, hacen la compra, preparan la comida, lavan los platos… No es corriente encontrar estas actividades en las grandes páginas de la Literatura.


Las obligaciones cotidianas separan a la pareja pero el amor que sienten el uno por el otro los (re)une. Cualquier momento es bueno para abrazarse, para decirse una palabra dulce, aunque, como en toda relación, existen también momentos en los que los caracteres tropiezan, momentos de cansancio, y llegan  las discusiones. Pero, en el fondo, es una historia de ternura.

lunes, 4 de abril de 2016

LOS VERANEANTES, de Antón Chejov

Dice un refrán que es “mejor estar sólo que mal acompañado”. Eso mismo debieron pensar Sascha y Varia, protagonistas de Los veraneantes, el texto que hemos leído esta semana en nuestro Taller de Lectura, cuando vieron descencer de un tren a siete miembros de su familia y a una institutriz que los acompañaba.

Eran Sascha y Varia una pareja de recién casados que vivían sus primeras vacaciones juntos. Se las prometían muy felices. En su luna de miel, todo era perfecto. Se tenían el uno al otro y no necesitaban nada más.

Hasta que llegó el tren. La inesperada llegada de los familiares generó las primeras desavenencias en estos recién casados, que tendrían que compartir ahora sus residencia, su comida… y, lo que es más grave, su tiempo, antes reservado para ellos solos, con tan incómodos visitantes.


Importante la presencia de una luna que aparece personificada en el relato. Al comienzo del texto, el satélite muestra cierta envidia hacia la evidente felicidad de la pareja (“La luna, por entre los jirones de nubes, les miraba frunciendo el entrecejo. Con seguridad sentía envidia y enojo por su aburrida y forzosa virginidad.”, “La luna, escondiéndose detrás de una nube, hizo un guiño, como si hubiera tomado rapé. Sin duda, el espectáculo de la humana felicidad le recordaba su propia soledad...”). Al final del mismo, sus emociones han cambiado. Se siente feliz y aliviada de no tener una familia que la moleste (“Por detrás de una nube asomó lentamente la luna. Parecía sonreír... Parecía agradarle no tener parientes...”)