jueves, 27 de octubre de 2016

EL PARTO, de Franco Sacchetti

Franco Sacchetti es un escritor florentino del siglo XIV. Seguidor de Boccaccio, en sus escritos recogía historias con enseñanzas o moralejas, como la que nos ocupó esta semana en nuestro Taller de Lectura, El parto.


Contra los dictados de la iglesia, un cura tuvo una hija en su juventud. Tiempo después, la muchacha creció sana y hermosa, admirada por los jóvenes de la zona. Vivían padre e hija en el mismo hogar, como tío y sobrina.

Un joven arrebatado por la belleza de la chica tiene un plan para poseerla. Se disfraza de mujer en estado avanzado de gestación y se dirige a la iglesia a primera hora de la noche para confesarse, si bien sabe que el párroco no regresará de sus visitas hasta tarde.

Llega el sacerdote a la una de la madrugada y, como es su obligación, le ofrece el sacramento a la embarazada. La confesión es premeditadamente larga. Como estaba bien entrada la noche y las condiciones climatológicas eran adversas, por humanidad, el sacerdote invitó a la mujer a cenar y a pasar la noche en su morada. Como es lógico, la mujer embarazada comparte cuarto con la sobrina del eclesiástico, situado inmediatamente al lado del suyo.

El cura no tarda en dormir y el hombre disfrazado de mujer encinta se arrima a la chica y le toca los pechos. La joven, al descubrir las intenciones del invitado grita: “¡Padre Tiraccio, que es un muchacho!”. Despertado del sueño, el cura interpreta que su invitada está dando a luz y que la criatura arrojada al mundo es un varón, por lo que conmina a su sobrina a ayudar a la parturienta.


Agotada de resistirse y ante las instrucciones del párroco, deja de oponer resistencia e intenta pasar el trance lo mejor posible. Una vez consumado el acto, el joven visitante confiesa a la la chica que está locamente enamorado de ella desde hace tiempo y le ofrece dinero y todo lo que posee. Se entienden y acuerdan el modo de seguir viéndose en secreto.

Al despertar, el cura se encuentra con que la embarazada ha dado a luz y ha abandonado la casa sin dar una muestra de agradecimiento y se enoja. Su sobrina alimenta el malentendido diciéndole que ha parido a un varón y que no ha podido pegar ojo, y que la mujer se fue temprano por vergüenza, evitando así encontrarse con él.


Sacchetti finaliza el relato afirmando que lo acontecido le está bien empleado al sacerdote, y que la hipocresía de muchos miembros de la iglesia debería serles pagada de manera similar al narrado en el cuento, ya que no tienen esposas, en sus hijas o sobrinas.

jueves, 20 de octubre de 2016

¡U-Á... U-Á!, de Ivan Turgeniev

Ivan Turgeniev, considerado el autor ruso del siglo XIX más europeizado, realiza un ejercicio de literatura romántica en ¡U-á... U-á!, el relato de esta semana en nuestro Taller de Lectura.


Un aristócrata ruso narra una aventura de su juventud en Suíza. Por aquel entonces, se sentía solo, no tenía motivaciones ni intereses claros en la vida. Se aburría y estaba enfadado con el mundo sin saber por qué. Sentía desprecio por la vida, por su vida, y manejaba la idea de acabar con su insignificante existencia. Estaba decidido a suicidarse.

De este modo, un atardecer, decide subir a una montaña con la determinación de perpetrar el acto del suicidio. Llega cerca de la cima y el paraje frío y casi desértico afectan en lo más profundo de su ser al melancólico e impresionable joven.

En la soledad de la cumbre, se sentía henchido de orgullo y valor para rematar con su vida. El acto que estaba decidido a cometer le infería valor y grandeza, lo acercaba a su ídolo, Manfredo, personaje del famoso poema de Lord Byron.
Pero, de improviso, en medio de la inmensidad, llegó a sus oídos el grito de un niño pequeño . Ese llanto infantil borró sus ansias de eternidad y sacrificio. Corrió hacia la vieja choza pastoril de la que parecía emanar el sonido. Allí, una mujer amamantaba a su hijo, un pastor, su marido, estaba sentado a su lado. El joven aristócrata se enterneció. Los pobres campesinos no eran conscientes de que le habían salvado la vida.

jueves, 13 de octubre de 2016

LOS MERENGUES, de Julio Ramón Riveyro

El día que conocíamos la noticia del Premio Nobel de Literatura otorgado al cantautor estadounidense Bob Dylan, el mismo día que moría Darío Fo, leíamos en nuestro Taller de Lectura el cuento del escritor peruano Julio Ramón Riveyro Los merengues.


Perico es un niño chico que vigila a su madre para descubrir dónde esconde ésta el dinero. Perico tiene un plan. Está obsesionado con los merengues y quiere comer el blanco y vaporoso dulce hasta hartarse. Lleva semanas mirando con gran anhelo los merengues en la pastelería de la esquina, lo que le ha costado más de un coscorrón.

Ahora sabe que su madre guarda los ahorros en un hornillo de la cocina. Afana veinte soles, la mitad del dinero que guarda su mamá, de la bolsa de cuero y sale a la calle.

Perico es un nene en un mundo de adultos que abusan de él. Su pequeñez es palpable. Sin embargo, ahora tiene dinero, dinero que le da poder y confianza, el dinero le hace sentirse grande, tan grande que logra abrirse paso entre la clientela de la pastelería a base de empujones y codazos para alcanzar el mostrador.

Pide veinte soles de merengues. Todos, dependiente y público, permanecen extrañados. Perico no es consciente del valor del dinero, no sabe que veinte soles es casi una fortuna, demasiado dinero para gastar en pasteles. No lo toman en serio. Incluso cuando muestra el dinero el mozo se niega a servirle.

El aplomo y la seguridad que mostraba el rapaz se esfuman, dando paso al bochorno, a la súplica. Él sólo quiere comer unos pocos merengues pero lo único que consigue es un nuevo capirotazo.



Lo que al principio creía un fácil proyecto se demuestra imposible para Perico. Ahora hasta le parece difícil devolver el dinero que robó a su madre sin ser descubierto. De este modo, arroja las monedas, una por una, al acantilado. Veinte soles, casi un dineral que nada valía en sus manos.

jueves, 6 de octubre de 2016

SENNIN, de Ryunosuke Akutagawa

Esta semana llegaron aires del lejano oriente a nuestro Taller de Lectura, pues leímos el cuento Sennin, del japonés Ryunosuke Akutagawa.

El relato narra la historia de Gonsuké, un sirviente que ansiaba poseer la condición de “sennin” (según la tradición china, el Sennin es un ermitaño sagrado que vive en el corazón de una montaña, y que tiene poderes mágicos como el de volar cuando quiere y disfrutar de una extrema  longevidad). Para conseguirlo, se dirigió a una agencia de colocación que prometía conseguir cualquier tipo de trabajo a sus clientes.


Al contarle al empleado de la agencia su predisposición a entrar como sirviente en casa de una familia que le pudiera enseñar los secretos para ser un “sennin”, éste se sorprendió y le dijo que estaba pidiendo algo imposible. Ante la insistencia de Gonsuké, lo emplazó para el día siguiente, para ganar tiempo y pedir consejo a alguien más sabio que él.

Así lo hizo, habló con un médico, vecino suyo, y le contó la disparatada escena que había vivido. El doctor no encontraba respuesta pero su esposa, conocida por su astucia, intervino para ofrecer su hogar como lugar de empleo para el criado, que ya ella se entendería con él. El empleado quedó feliz y contento pero el doctor no salía de su asombro: ellos nunca podrían hacer de este hombre –ni de ningún otro- un “sennin”. Era absurdo.

Al día siguiente Gonsuké se presentó en la casa del médico. La mujer se encargó de explicarle las condiciones que debía de cumplir para recibir el secreto que lo convertiría en un ser dotado de poderes mágicos y prácticamente inmortal: tendría que servirles con obediencia ciega durante veinte años sin recibir por ello ninguna remuneración.

De este modo, Gonsuké fue un leal servidor, se encargó de las tareas más duras sin rechistar, pero, pasados veinte años, reclamó lo que se le había prometido. La señora, rápida de reflejos, le dijo que le rebelaría el secreto pero que él tenía que hacer lo que se le mandase, por muy peligroso que fuese, sin discutir. 

Claro está que ella no tenía la menor idea de cómo hacer de Gonsuké un “sennin”, por lo que su plan consistía en poner su vida en peligro para que él renunciara a su objetivo. Así, le mandó trepar a la cima de un pino muy alto. 

Una vez arriba, ya que el sirviente no vacilaba, le pidió que soltase sus manos del tronco del árbol, primero una y luego la otra. Si no flaqueaba, Gonsuké moriría aplastado contra el suelo. El doctor, a la vista de las intenciones de su mujer, quiso interceder por el criado pero ella impuso su voluntad. Gonsuké se desprendió del pino y, sorprendentemente, flotó en el aire. Ahora es un “sennin".