jueves, 27 de marzo de 2014

EL MENDIGO, de Guy de Maupassant

La próxima semana leeremos otro relato "cruel" de Guy de Maupassant, El mendigo.


UNA VENDETTA, de Guy de Maupassant (II)


Esta semana hemos asistido a un cruel acto de venganza…

En Una vendetta, la acción se sitúa en el estrecho de Bonifacio, istmo que separa las islas mediterráneas de Córcega y Cerdeña. Una viuda ve cómo su único hijo es asesinado a traición en una reyerta. El asesino huye y cruza el estrecho y a la mujer sólo le queda una razón para vivir: vengar la muerte de su vástago.

De este modo, aunque la pena la corroe por dentro, no llora ni denuncia el crimen ante las autoridades, sino que dedica el resto de su existencia a planificar y satisfacer su sed de venganza. Ante el cuerpo de su hijo realiza su promesa en alta voz y sella el pacto besando los fríos labios del cadáver. El silencio roto por el salvaje aullido de su perra aporta solemnidad a la escena.

Como la venganza es un plato que se sirve frío, la anciana deja pasar el tiempo para que la gente del pueblo se olvide de los acontecimientos que desencadenarán su vendetta.

Resulta llamativa, por contradictoria, la omnipresencia de la religión en las acciones y pensamientos de la viuda que va a cometer un acto pecaminoso como es dar muerte a un humano. Así, la mujer se encomienda a Dios para que su venganza llegue a buen término, solicita su ayuda para que todo salga bien, y, más tarde, la mañana que tendrá lugar su desquite, no duda en confesar y comulgar con mucha devoción.


Para llevar a cabo la reparación de la muerte de su hijo, la señora decide condicionar y entrenar a su perra (a la que también le duele la desaparición de su amo) para que sea el arma ejecutora de la venganza. Para ello, obliga a ayunar al can y le presenta un maniquí de paja con una morcilla asada colocada en torno a su cuello, como si de una corbata se tratase, para que la perra se abalance sobre él y lo devore en el momento que le suelte la cadena. Poco tiempo después puede repetir la operación ya sin el elemento cárnico, dejando el embutido para una vez el hecho esté consumado, a modo de recompensa. No pasa demasiado tiempo hasta que la perra esté preparada para la acción real.

La viuda, disfrazada de hombre para no ser reconocida, se embarca, acompañada por su perra, hacia Longosardo, reducto de los bandidos corsos donde se había ocultado el asesino de su hijo. Una vez allí localiza su “guarida” y lanza a la perra sobre él. Ésta, como no podía ser de otra forma, cumple con el cometido para el que había sido adiestrada.

Una vez cumplida su promesa de venganza, la madre consigue al fin la serenidad y la paz de espíritu que le faltaban desde el fatal incidente.

jueves, 20 de marzo de 2014

UNA VENDETTA de Guy de Maupassant

Las próximas semanas recuperamos a un autor clásico ya en este Taller de Lectura, el francés Guy de Maupassant. Nos adentraremos en su faceta más cruel, pues leeremos algunos de sus relatos más terroríficos. Empezaremos por el cuento que lleva por título Una vendetta.

EN EL TREN de Leopoldo Alas Clarín (II)


En En el tren, Clarín nos cuenta una anécdota que le sucede al duque del Pergamino, un aristócrata de lo más “snob” que se dirige a Biarritz a iniciar sus vacaciones.

Por torpeza de los empleados del ferrocarril, este grande de España (duque, marqués, consejero, exministro y no sé cuántos cargos más…) se ve obligado a viajar en un reservado (en lugar de en un coche-cama o semejante), lo que no le sienta nada bien. Para más inri, a medianoche, su sueño es interrumpido por la irrupción de dos nuevos viajeros a los que quieren acomodar en su compartimento.


Como es natural, la reacción del noble es de indignación. Aunque se niega a compartir su reservado, la autoridad presente en el tren decide que no le queda más remedio que aceptar la compañía de los dos viajantes, una misteriosa dama vestida de luto y un teniente que se dirige a Santander para embarcar hacia Cuba.

Como buen aristócrata que es, el duque de Pergamino ejerce de perfecto anfitrión, trata con cordialidad a sus nuevos amigos y entabla conversación con el militar. La charla versa sobre sus destinos, sobre el patriotismo y, en un momento dado, hablan sobre unos héroes caídos en ultramar. Pergamino realiza una perorata en favor de los héroes y reclama para ellos gloria y estatuas, aunque ni tan siquiera recuerda el nombre de uno de ellos.

Llegando a Santander, el teniente se apea del tren y el duque queda a solas con la mujer, que había asistido cariacontecida al diálogo entre los dos varones. Ella no da pie a la conversación y el noble se aburre.

Una pareja vestida de luto entra momentáneamente en el reservado y se abraza a la dama, que llora desconsolada. Cuando el tren retoma la marcha Pergamino y la dama vuelven a quedarse solos.


Alimentada su curiosidad por la escena que acaba de presenciar, nuestro protagonista deja a un lado sus intachables modales cortesanos e interroga directamente a la señora, con lo que llegamos al clímax final de la historia: se descubre que la mujer es la viuda del capitán Fernández aquél héroe muerto en ultramar del que el duque habló con el teniente sin conocer su nombre.

La enseñanza de este cuento es meridiana: antes de hablar mira a tu alrededor y piensa bien lo que dices, pues no sabes si podrás lastimar a los que están escuchando.

jueves, 13 de marzo de 2014

EN EL TREN, de Leopoldo Alas Clarín

Regresamos a la península para acercarnos a la figura del Leopoldo Alas Clarín (1.852-1.901), creador de una de las magnas obras de la literatura española, La Regenta. Para ello, leeremos uno de sus múltiples relatos, el que lleva por título En el tren.

UN DÍA DE ESPERA, de Ernest Hemingway (II)


En semanas anteriores conocimos a un joven Nick Adams (primero de niño, acompañando a su padre mientras éste asistía a una mujerindia en un parto difícil, más tarde, camino de la edad adulta, rompiendo consu primer amor). Hoy hemos conocido a un Nick Adams más maduro, adulto, padre ya, en Un día de espera.

El relato nos presenta una situación bien sencilla. Schatz es un niño de nueve años que se encuentra en casa víctima de la fiebre. El doctor le toma la temperatura, que estaba alta, pero que no era preocupante. El termómetro marcaba ciento dos grados. Esta cifra será el detonante de lo que viene después.


Ciento dos es un número muy alto…

Schatz piensa que no tiene remedio, que su enfermedad es mortal, por lo que adopta una actitud de entereza y gravedad impropia de un chiquillo de su edad. Schatz está tenso, no quiere domirse (“Prefiero permanecer despierto”), pues piensa que si lo hace podría no volver a despertar; no quiere que su padre se tome demasiadas molestias –pues piensa que su situación es irremediable-, no quiere, por tanto, ser una carga, e incluso no le permite el acceso a su habitación para no contagiarle.

Pero Nick conoce la realidad y está más turbado por la extraña disposición de su hijo que por una enfermedad que ha sido controlada por los  medicamentos y cuidados prescritos por el médico. Con el paso del tiempo y con la charla, Schatz desvela por fin a su progenitor el origen de sus preocupaciones. Nick Adams le explica que se equivoca, que no corre peligro, le revela la diferencia entre los grados Fahrenheit, escala con la que “funcionaba” el termómetro del doctor que lo visitó, y los grados centígrados. Esos ciento dos grados Fahrenheit que lo tenían al borde del abismo equivalen a unos 38.9 grados centígrados que, si bien es una temperatura alta, es corriente en los casos de fiebre como el suyo.

Una vez descubierta la verdad, el crío se relaja y, con la relajación, recupera su carácter infantil e incluso, como es normal en una situación de esta naturaleza (creer volver a la vida, darse cuenta de su propia inocencia), las lágrimas afloran a sus ojos…

jueves, 6 de marzo de 2014

UN DÍA DE ESPERA, de Ernest Hemingway

Cerramos temporalmente el capítulo dedicado al gran Ernest Hemingway con la lectura de Un día de espera, un relato en el que el personaje que nos ha acompañado durante las últimas semanas, y que tiene mucho de autobiográfico, se ha hecho mayor...


EL FIN DE ALGO de Ernest Hemingway (II)


La acción se sitúa en Horton Bay, un pueblo maderero abandonado, diez años atrás. Los protagonistas son Nick y Marjorie, una joven pareja de enamorados que sale de pesca por el río.
  


Durante su excursión (iba a escribir “aventura” pero la palabra me ha parecido poco correcta en este contexto: el relato nos da a entender Nick y Marjorie salen a pescar con asiduidad) conversan. Su charla no es la propia de unos enamorados. Las frases que intercambian son muy cortas y se aprecia cierta tensión y tirantez en la actitud de Nick, condición que no pasa desapercibida para la chica.

En contraposición a este diálogo tan frío y parco en palabras, Hemingway describe con detalle el procedimiento de la pesca de la trucha arco iris para restar dramatismo a una ruptura sentimental que se ve venir, ese fin de algo que avanza el título. Esta ruptura tiene lugar sin escenas, con mucha sobriedad.



En su juventud, Hemingway solía pescar en Horton Bay, Michigan.

Casi al final del relato, aparece Bill, amigo de Nick que ya conocía los planes de éste (le pregunta cómo le ha ido, con Marjorie, si ésta le montó algún número). Queda aclarado que la ruptura estaba premeditada, que no fue una decisión tomada a la ligera. Nick rompe porque el amor no aporta nada a su vida. El amor le aburre (“No me divierte más”, dice refiriéndose al amor) y, por lo tanto, no tiene sentido ni cabida en su existencia, por lo que prefiere prescindir de él.

Como antes hicieron los leñadores en Horton Bay (el escenario donde se desarrolla la acción no es casual, guarda cierto paralelismo con la historia de los protagonistas), el amor se fue de la vida de Nick Adams para no volver.