martes, 28 de junio de 2016

EL NIÑO SUICIDA, de Rafael Dieste

“Ojalá pudiera volver a los veinte años con todo lo que sé ahora”. Seguro que más de uno de vosotros habrá oído o incluso dicho esto alguna vez en su vida. Volver a ser joven pero disponer de la experiencia que dan los años vividos y las vivencias experimentadas es un sueño imposible que muchos quisiéramos probar.


Pero después de leer El niño suicida, de Rafael Dieste, quizá se os haya pasado ese capricho. Tal vez hayáis cambiado de idea porque el niño que nace viejo y que, con el paso de los años, rejuvenece hasta ser un crío, está triste y tiene miedo, la vida se le complica hasta el punto de que decide acabar con ella dándose un tiro en la sien.

Pero volvamos al comienzo. Este cuento de Rafael Dieste, perteneciente a su colección de relatos De los archivos del trasgo (Dos arquivos do trasno), data de 1.926. Sólo cuatro años antes, veía la luz el famoso cuento de Francis Scott Fitzgerald titulado El curioso caso de Benjamin Button, llevado al cine por David Fincher (2.008), y que narra también las viscisitudes del trayecto de la vida que un hombre realiza a la inversa. ¿Conocería el escritor de Rianxo la obra de Fitzgerald o los argumentos coinciden por casualidad?


La historia del niño que se suicida disparándose en la sien derecha la narra un vagabundo en una tasca de un pueblo marinero de Galicia en torno al año 1.900 ante un auditorio formado por un tabernero, cinco bebedores de albariño y cuatro bebedores de aguardiente.

El cuerpo del anciano desnudo es parido por la madre-tierra y cuenta con el beneplácito de Dios, que ha aceptado probar el experimento. Durante sus primeros años, el niño-anciano ha de aprender, entre muchas otras cosas, a caminar y a hablar, mientras las arrugas se borran poco a poco de su cara. Sus mejores años son de los cincuenta a los quince años. “Trabajó de viejo y se hizo rico para descansar de joven”, viajó y cada día tenía más éxito con las mujeres.

Pero, a medida que se hacía más y más pequeño, aparecían los temores. Causaba sospecha la libertad con la que se desenvolvía un niño que aparentaba muy corta edad, era perseguido por rateros y, sobre todas las cosas, tenía miedo de su final, de verse convertido en bebé y quizá adoptado por una señora rica, de volver a ser un embrión y regresar al útero materno.


El suicidio estaba justificado, o al menos eso le parece al vagabundo que cuenta la anécdota en el bar. Los que lo escuchan están divididos. El tabernero, sobrio, niega. Los cinco bebedores de albariño, algo afectados quizá por los efluvios del alcohol, dudan y sonríen. Los cuatro bebedores de aguardiente, seguramente borrachos, se creen la disparatada historia. El vagabundo aprovecha el desconcierto para desaparecer sin abonar la cuenta.

martes, 21 de junio de 2016

EN LA ADMINISTRACIÓN DE CORREOS, de Antón Chejov

Esta semana Antón Chejov ha regresado a nuestro Taller de Lectura. Hemos leído En la administración de correos, un cuento muy breve que narra una simpática anécdota.

Alona, joven esposa del viejo administrador de Correos Hattopiertzof, ha muerto y, después de sus exequias, se celebra el tradicional banquete funerario. Se sirven los buñuelos y el viudo no puede evitar las lágrimas, ya que la forma redondeada y la tierna textura del alimento le hacen recordar a su amada esposa (“Estos buñuelos son tan hermosos y rollizos como ella”).


El anciano comenta a los presentes que si amaba a su mujer era, sobre todo, por su fidelidad. La hermosura y la bondad son cualidades muy frecuentes en el género femenino, según Hattopiertzof, pero que una chica de veinte años guarde lealtad a un esposo de sesenta sí que tiene verdadero mérito.

¿Está loco el administrador de Correos? Todo el mundo sabe que Alona se entendía con el jefe de Policía.



Hattopiertzof demostró su astucia y sabiduría a los allí presentes. Haciendo valer el refrán “más sabe el zorro por viejo que por zorro”, el anciano administrador de Correos les desveló su secreto: él mismo había hecho circular el rumor de que su mujer era amante del jefe de Policía para que, de este modo, los demás hombres, por miedo a las represalias del brazo ejecutor de la ley,  la respetasen y no osasen acercarse a ella.

miércoles, 15 de junio de 2016

LA VISITA DEL SEÑOR TESTATOR, de Charles Dickens

El señor Testator vive en la miserable Lyons Inn., calle en la que conviven mendigos, borrachos y personajes de dudosa calaña. El señor Testator se dedica a escribir pero se ve que su oficio no le reporta pingües beneficios. De hecho, su modesta vivienda carece de los muebles necesarios para hacer una vida decente y de carbón para encender un fuego que le ayude a combatir el frío londinense.

Una noche, baja al sótano, en el que espera encontrar carbón, pero en su lugar encuentra una habitación repleta de viejos y variados muebles. El cuarto no debe de ser el suyo pero, sin embargo, ha abierto el oxidado candado con su propia llave.


El señor Testator permanece confundido durante unos momentos. No es capaz de conciliar el sueño. Aquellos muebles en su trastero, abandonados, desperdiciados... y él sin una buena mesa en la que rellenar sus cuartillas. Lo mejor sería volver al sótano y tomar prestado el escritorio.

De este modo, el señor Testator decide trasladar la mesa a sus habitaciones. Y más tarde el resto del mobiliario (librería, diván, alfombras, etc.) abandonado sigue el mismo camino. Lo hace de madrugada, a escondidas, cual vulgar ratero.

Ya en su casa, los limpia, los pule, los adecenta. Les da nueva vida.

Y pasan los años sin que nadie los reclame. El señor Testator hace vida normal hasta que un día recibe una inesperada visita. Un hombre de lo más extraño llama a su puerta. Y ese extraño reconoce el mobiliario del apartamento del escritor. Uno detrás de otro, dice que los muebles son suyos.

Nuestro protagonista recapacita y piensa en las consecuencias de sus actos. Podría acabar detenido. Así que decide llegar a un acuerdo con el visitante, si bien éste parece haber bebido un poco más de lo recomendable, aunque su carácter es afable. Toman un par de tragos juntos y se despiden citándose para la mañana siguiente.



Sin embargo, el señor Testator no vuelve a saber nada de ese hombre misterioso. ¿Era real o era un fantasma? ¿Le habrá pasado algo? ¿Estaría loco?... Lo más probable es que fuese su conciencia.


Charles Dickens nos deja con la duda en el final de La visita del señor Testator, el relato que hemos leído esta semana en nuestro Taller de Lectura.

viernes, 3 de junio de 2016

EL TRAJE DEL PRISIONERO, de Naguib Mahfuz

El Buche siente envidia del Fino. Trabaja de cerillero, oficio que no le permite vestir de manera elegante ni tener vicios caros. El Fino, por el contrario, es chófer de algún personaje con poder y dinero, por lo que viste uniforme y gusta a las muejres. A una, en concreto, Nabawiyya, que atiende a sus requiebros y que desprecia al cerillero. Por este motivo, el Buche quiere cambiar de empleo.

Y la tarde no avecina nada bueno para su negocio. El tren que entra en la estación donde desarrolla sus actividades comerciales  viene cargado de prisioneros italianos, militares ávidos de tabaco pero sin blanca. Sabemos así que la acción se sitúa en algún momento entre los años 1.940 y 1.941, durante la campaña del África Oriental (recordemos que Italia disponía de colonias al este del continente africano –Eritrea, Somalia, Etiopía- y que las perdió a manos de los británicos, y que Al-Zagazig, al sur de Egipto, era lugar de paso obligado para los convoys que se dirigían a Europa).


Pero los cautivos están desesperados por fumar. Le llaman, le gritan, le suplican. Uno le ofrece su guerrera a cambio de los preciados cilindros. El Buche se da cuenta de su posición de poder e intenta sacar tajada. ¿Una guerrera por diez cajetillas? Puedo sacarla por menos. Tras regatear con el preso, consigue la chaqueta por dos cajetillas. No es mal negocio. Ahora podrá lucir un uniforme gris con botones dorados pero…


El uniforme no acaba de estar bien. Le queda un poco ancho, no importa. Se da cuenta de que el traje del Fino es un uniforme completo, con su chaqueta, su pantalón, sus zapatos. Así que continúa a lo suyo. Pretende cambiar una cajetilla por unos pantalones y no tarda en conseguir su objetivo. Lo que parecía una tarde perdida se está convirtiendo en su salvación. Nabawiyya lo mirará con otros ojos cuando lo vea tan elegante.


Faltan las botas. Pero suena el silbido de la locomotora. Va a arrancar. El tren se va a marchar antes de que consiga unas botas. El Buche desespera. Un centinela lo observa en el andén, con su uniforme de militar italiano y en seguida le ordena que suba al tren. Lo confunde con un prisionero. El Buche no entiende una palabra de inglés ni de italiano. Así que decide marcharse. Recibe un disparo por la espalda y cae convertido en un cadáver. Un cadáver elegante.

Y así concluye El traje del prisionero, relato escrito por el premio Nobel egipcio Naguib Mahfuz.