lunes, 30 de mayo de 2016

LA AMADA NO ENUMERADA, de Heinrich Böll

Heinrich Böll, premio Nobel de Literatura en 1.972, combatió en la Segunda Guerra Mundial en las filas del ejército nazi. Los ecos de la barbarie de la guerra y del régimen al que se vio obligado a defender en el campo de batalla reverberan en toda su obra. Un buen ejemplo de ello es el relato que hemos leído esta semana en el Taller de Lectura y que lleva por título La amada no enumerada.

El protagonista de la historia es un herido de guerra, un mutilado al que le han dado un puesto como contador de la gente que cada día pasa por un puente de nueva construcción, orgullo de los ingenieron del Reich.

Es un trabajo aburrido, metódico, y este hombre lo realiza de una manera irresponsable. Como él dice en el texto, en sus manos está la felicidad de sus superiores, y él puede, a su antojo y dependiendo de su estado anímico, engordar o adelgazar las cifras para manipular sus sentimientos. Es una forma de venganza. Es “un hombre en quien no se puede confiar”.


Desde su puesto de vigilancia, solitario, aislado, nuestro protagonista se ha buscado una amada. Se ha enamorado de una mujer que cruza el puente a diario de camino a su puesto de trabajo, una heladería. El momento en que la chica pasa, cosa que ocurre dos veces al día, para ir y volver de trabajar, es un momento sagrado en el que el contador abandona su tarea contable, pues se niega a mezclar a su enamorada en un asunto sucio como es la guerra y sus consecuencias (Alemania y gran parte de Europa fueron destruídas durante el conflicto bélico y las grandes obras públicas fueron motivo de jactancia de Hitler), ni tampoco con algo tan frío e impersonal como es la estadística: “esa mi pequeña amada no debe ser multiplicada ni dividida y ser transformada en una nada porcentual”. Son sólo dos minutos, tiempo suficiente para falsear los resultados.

Llega el día en el que su trabajo ha de ser supervisado. Un superestadístico empieza a contar lo mismo que él para comprobar su eficiencia. Nuestro hombre realiza su trabajo con rigor y no deja de contar a ninguna persona. Hasta que pasa su enamorada. Después de una hora de sistemática labor, sus registros casi coinciden con los del supervisor en número. Solamente se había saltado a una persona, una de entre quizá un millar. No alcanza la perfección, por lo que es degradado a contar carros de caballos.


Para él, lejos de ser un castigo, contar carros de caballo es una fortuna, pues pasan pocos carros de caballos por el nuevo puente. Puede que así tenga tiempo libre, tiempo suficiente para acercarse a la heladería y conocer un poco mejor a su amada no enumerada.

jueves, 19 de mayo de 2016

ACERCA DE LA MUERTE DE BIEITO, de Rafael Dieste

¿Estaba realmente muerto Bieito o luchaba por salir de su ataúd? Esta es la duda que asalta al protagonista del relato de Rafael Dieste que hemos leído esta semana en nuestro Taller de Lectura, Acerca de la muerte de Bieito.

Son de sobra conocidas las historias sobre catalépticos enterrados en vida y Bieito bien podría ser uno de ellos, aunque lo más probable es que el protagonista, consternado por la muerte de un ser cercano, haya sido sugestionado para pensar que Bieito todavía sigue vivo. De no ser así, ¿por qué no habla, por qué no pide, por qué no clama, grita, exige que abran el ataúd?


No lo hace por miedo a quedar en ridículo. Si abriesen la caja y Bieito estuviese realmente vivo, él sería un héroe, el salvador pero ¿y si estuviese muerto? Pues habría hecho el ridículo. Y es el miedo al ridículo y a sus consecuencias (burla, habladurías, despecho...) lo que le impide abrir la boca.

En un momento determinado, de camino al cementerio, formula la pregunta: “¿Y si Bieito fuese vivo?”. Pero lo hace sin convicción. Una mirada de otro portador del féretro basta para intimidarle, para dejarlo todo en una broma.

Ningún momento parece el adecuado para exponer sus sospechas y, a medida que avanza el tiempo y, con él, el cortejo fúnebre, aunque sus dudas persisten, su palabra parece cada vez más fuera de lugar. ¿Por qué no has hablado antes?

Y Bieito es enterrado. La tierra cubre ya el sarcófago que contiene su cuerpo. Y el narrador no ha sido capaz de dar la cara. Se fue del camposanto con su sospechas, con su recelo, con su miedo.


Ya de madrugada, regresa al cementerio. Lo hace a escondidas, a altas horas de la noche, para tener la seguridad de no ser visto. Cuando llega al pie de la tumba arrima su oreja al suelo y escucha, presta atención. Una vez más le parece escuchar sonidos, quizá arañazos de Bieito sobre el armazón de madera del ataúd. Coge una azada y se dispone a cavar, a salvarle la vida. Pero siente pasos y voces cerca de allí. No hay manera de explicar su presencia en aquel lugar, de aquella guisa, con la azada en la mano. Así que arroja el instrumento y se va por donde ha venido, con la solapa del abrigo tapando su rostro, buscando el cobijo de los muros, de la oscuridad.

viernes, 6 de mayo de 2016

COCO, de Guy de Maupassant

Coco, de Guy de Maupassant, es una historia sobre la vejez, sobre lo que sucede con las personas una vez son ancianas y ya no pueden trabajar, cuando ya no son útiles, cuando son casi un estorbo. Es una historia sobre los jóvenes, egoístas y materialistas, que no saben apreciar el valor de la experiencia. Es un relato amargo y a la vez sensible que te hace pensar y que despierta la solidaridad.

Coco es un viejo caballo que ya no puede realizar las labores de campo. Su adinerada dueña, sin embargo, unida al jaco por motivos sentimentales, no quiere sacrificarlo y decide mantenerlo, en las mejores condiciones, hasta que le llegue su muerte natural.

Zidore es el encargado de cuidar al jamelgo, un chico de unos quince años que no entiende que sus amos inviertan una cantidad importante de recursos y de dinero en un animal inútil.

La gente que vive y trabaja en la hacienda se divierte a costa de Zidore y el caballo. Sabedores del fastidio que supone para el mozo tener que cuidar al rocín, le hablan constantemente del animal e incluso le apodan Coco-Zidere, lo que le molesta intensamente y acrecenta el odio que el muchacho siente hacia el caballo.


El chico no alberga sentimiento alguno de compasión. En su mente, se instala un fuerte deseo de venganza y empieza a maltratar al caballo. Primero, economiza el alimento y las comodidades del equino, más tarde, llegado el verano, llega a azotarlo, le lanza piedras, le restringe cada vez más la franja de hierba fresca a su alcance... lo tiene aterrorizado, hambriento y debilitado

Zidore es la única persona que ve al animal (¿por qué, si tanto lo quiere, su dueña no pasa a visitarlo de vez en cuando?), y aprovecha la situación para hacer mil diabluras. Nadie lo controla. Va a verlo y  ya no le pega, pues sabe que su sola presencia incomoda al rocín. A pesar de todo, el jamelgo lo necesita, depende de él para alimentarse. Pero Zidore no le facilita pasto. El animal sufre y el chico saborea su venganza.

De este modo,  un día decide que lo pasaría mejor vagabundeando por ahí que atendiendo al caballo. Y así lo abandona a su suerte, sin nada que echarse al diente a su alcance pero con un enorme prado de verde hierba delante de sus ojos. Coco hace mil esfuerzos pero no consigue liberarse de sus ataduras. Agoniza con resignación.

Un par de días después, Coco se muere. El rapaz está satisfecho. Pero no avisa en la hacienda. No tiene prisa. Aún puede disfrutar de un día de asueto. Cuando comunica la noticia a sus patrones, a nadie le sorprende. Coco era viejo y podía morir en cualquier momento. Lo entierran y el animal regresa a la tierra, empezando de nuevo el ciclo de la vida.