UNA VENDETTA, de Guy de Maupassant (II)


Esta semana hemos asistido a un cruel acto de venganza…

En Una vendetta, la acción se sitúa en el estrecho de Bonifacio, istmo que separa las islas mediterráneas de Córcega y Cerdeña. Una viuda ve cómo su único hijo es asesinado a traición en una reyerta. El asesino huye y cruza el estrecho y a la mujer sólo le queda una razón para vivir: vengar la muerte de su vástago.

De este modo, aunque la pena la corroe por dentro, no llora ni denuncia el crimen ante las autoridades, sino que dedica el resto de su existencia a planificar y satisfacer su sed de venganza. Ante el cuerpo de su hijo realiza su promesa en alta voz y sella el pacto besando los fríos labios del cadáver. El silencio roto por el salvaje aullido de su perra aporta solemnidad a la escena.

Como la venganza es un plato que se sirve frío, la anciana deja pasar el tiempo para que la gente del pueblo se olvide de los acontecimientos que desencadenarán su vendetta.

Resulta llamativa, por contradictoria, la omnipresencia de la religión en las acciones y pensamientos de la viuda que va a cometer un acto pecaminoso como es dar muerte a un humano. Así, la mujer se encomienda a Dios para que su venganza llegue a buen término, solicita su ayuda para que todo salga bien, y, más tarde, la mañana que tendrá lugar su desquite, no duda en confesar y comulgar con mucha devoción.


Para llevar a cabo la reparación de la muerte de su hijo, la señora decide condicionar y entrenar a su perra (a la que también le duele la desaparición de su amo) para que sea el arma ejecutora de la venganza. Para ello, obliga a ayunar al can y le presenta un maniquí de paja con una morcilla asada colocada en torno a su cuello, como si de una corbata se tratase, para que la perra se abalance sobre él y lo devore en el momento que le suelte la cadena. Poco tiempo después puede repetir la operación ya sin el elemento cárnico, dejando el embutido para una vez el hecho esté consumado, a modo de recompensa. No pasa demasiado tiempo hasta que la perra esté preparada para la acción real.

La viuda, disfrazada de hombre para no ser reconocida, se embarca, acompañada por su perra, hacia Longosardo, reducto de los bandidos corsos donde se había ocultado el asesino de su hijo. Una vez allí localiza su “guarida” y lanza a la perra sobre él. Ésta, como no podía ser de otra forma, cumple con el cometido para el que había sido adiestrada.

Una vez cumplida su promesa de venganza, la madre consigue al fin la serenidad y la paz de espíritu que le faltaban desde el fatal incidente.

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