jueves, 8 de octubre de 2015

LA LARVA, de Rubén Darío (II)

La acción acontece en un lugar de América caracterizado por la superstición de las gentes y el mal entendimiento de la religión. Un lugar donde la brujería, el ocultismo y las leyendas demoníacas y fantasmales están a la orden del día, donde las noches son un terreno vedado y misterioso y sólo unos pocos valientes se aventuran a profanar el silencio y la oscuridad.

Sin embargo, un hombre joven, como es el narrador y protagonista de este cuento, apenas un chico de quince años, siempre se siente tentado por lo prohibido y secreto. Isaac Codomano, que así se llama, nos cuenta que su gran anhelo era salir en plena noche y participar de una serenata, abrir su pecho y vaciar su corazón al ritmo de la música bajo la ventana de alguna alguna dama.


Con este proyecto en mente, Codomano roba las llaves de la casa en la que vive custodiado por su tía abuela y emprende la aventura. Sale a la calle, se une a una serenata y se siente todo un hombre.

De repente, ve a una dama sentada en la acera, toda ella bien arropada en su rebozo, se separa del grupo y se dirige a ella cor ardor, recitando palabras de joven enamorado. Ya veía próximo su éxito cuando la mujer se gira hacia él y le muestra el rostro de la muerte, una calavera viscosa y desagradable con un globo ocular colgando de una de las cuencas. Imaginaos la sorpresa, el susto.


Cuando llamó a sus amigos y estos aparecieron en respuesta a sus gritos, la misteriosa figura había desaparecido. ¿Había sido una aparición real o sólo el producto de una mente excitada por la novedad y alimentada por la superstición?

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