jueves, 1 de octubre de 2015

D.Q., Rubén Darío (II)

La acción se desarrolla en Santiago de Cuba, y comienza la noche anterior a que España perdiese sus últimas posesiones en el “Nuevo Mundo”.

El ejército español estaba vencido. Las huestes que resistían en la isla caribeña, a duras penas,  intentaban mantener el ánimo mientras esperaban como agua de mayo la llegada de nuevas tropas de refuerzo que les diesen esperanzas en la victoria.

Y esas milicias llegaron, al fin. Entre los soldados, todos jóvenes, alegres y bizarros, se destacaba un hombre ya mayor, de unos cincuenta años, el abanderado. Era este un personaje enigmático. Era introvertido, pensativo, callado, taciturno. Era patriota y religioso como ninguno. Renunciaba a su ración de alimento para cedérsela a otros que la necesitaban más que él. Había en él algo de familiar y de atemporal.



Tan familiar que todos lo conocemos. Poco a poco, van surgiendo en el relato datos que nos encaminan a la resolución del enigma:

“Su mirada triste parecía penetrar hasta lo hondo de nuestras almas ydecirnos cosas de siglos.”
“Me ha hablado de sueños irrealizables.”
“Dicen que debajo del uniforme usa una coraza vieja.”
“Es un buen hombre en el fondo; paisano mío, manchego.”
“No se me ha ocurrido ver su nombre en la lista. Pero en todas sus cosas hay marcadas dos letras: D. Q.”

En efecto, el abanderado es Don Quijote, como desvelará Rubén Darío en el último párrafo.

Pero volvamos a la historia. ¿Qué pasó con los guerreros españoles y con D.Q.? Las tropas españolas recibieron pésimas noticias. Debían de entregar las armas, rendirse a los yanquis, pues habían sido vencidos.


Entre el sentimiento de humillación y vergüenza que imperaba entre los soldados, destaca la orgullosa reacción del abanderado: antes de entregar la bandera del país que tanto ama, prefiere lanzarse con ella por el precipicio. Y morir. Aunque, como sabéis, es inmortal.

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