jueves, 19 de marzo de 2015

LADRÓN DE SÁBADO, de Gabriel García Márquez (II)

Ladrón de sábado es una historia que bien podría ser real, el relato de un ladrón ocasional que encuentra el amor y la aceptación en la casa de una de sus víctimas.

El relato da inicio con la presentación de los hechos: “Hugo, un ladrón que sólo roba los fines de semana, entra en una casa un sábado por la noche”. A punta de pistola, consigue que Ana, la propietaria de la vivienda, le entregue las joyas y demás cosas de valor. Pero aparece en escena Pauli, una niña de tres años, y Hugo le dedica unos juegos de magia. En ese momento, Hugo cambia de parecer y decide quedarse adoptando el papel del marido ausente: se pone sus pantalones, se sienta en su sofá, bebe su vino…

Ana idea un plan para escapar. Decide poner somnífero en la bebida del ladrón para dormirlo y dar la voz de alarma. Es en ese momento cuando el narrador nos ofrece más información sobre los personajes. Hugo es un vigilante de banco que en los fines de semana se dedica a asaltar viviendas. Bien podemos pensar que este ser solitario roba por necesidad, que no es un profesional del robo, sin embargo, en el texto se ofrecen indicios que nos hacen descartar esta ingenua idea: tenía vigilada la vivienda y conocía los horarios del marido, cortó los cables telefónicos para que la mujer no diera señal de alarma, al final del relato, da consejos de experto a la mujer para evitar nuevos robos, etc.


Ana, por su parte, es locutora de un programa musical de radio. Casualmente, Hugo es un amante de la música salsa y es gran admirador de Ana. Entablan conversación y parece que tienen muchas cosas en común. Ella no tarda en arrepentirse en su decisión de “envenenarlo”. Sin embargo, es ella la que, por error, toma el somnífero y queda dormida.

Cuando despierta, a la mañana siguiente, Ana se da cuenta que ha sido respetada. Hugo está jugando con su hija. Se llevan muy bien. Ana se siente feliz. Extrañamente feliz, pues actúan como si fueran una familia. Se siente más unida a este extraño que a su propio marido que, por los que podemos deducir de la lectura, las tiene bastante desatendidas.

Se produce una especie de “síndrome de Estocolmo”. La mujer secuestrada simpatiza con su captor. De hecho, oculta la presencia del ladrón cuando una amiga llega para invitarla a comer e inventa una excusa para que no entre en casa. Y nosotros, los lectores, lo comprendemos. El enorme mérito de García Márquez radica en que, en unas pocas líneas, dibuje una situación como esta sin que el lector genere antipatías hacia Hugo, el ladrón, ni hacía Ana, la “adúltera”.


El domingo pasa casi sin darse cuenta. Un día idílico, completamente feliz. Pero ya es hora de que aparezca el marido. Hugo tiene que separarse de Ana y de Pauli. Apenas se lleva nada de lo que había robado, repara las ventanas y los cables del teléfono. Una pena tener que abandonar una vida familiar como aquella que prometía tantas alegrías. Cuando se marcha, ella lo reclama a gritos y le comenta que su marido volverá a estar ausente el próximo fin de semana. De esta forma, queda abierta la puerta abierta al reencuentro.

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