jueves, 29 de septiembre de 2011

MARICHU de Pío Baroja (II)

El texto de esta semana trata el tema de la brujería de un modo muy diferente al texto de Hoffmann de la semana pasada. Si en el cuento del escritor alemán la bruja acaba, vestida de pieles, en la hoguera, la gitana de Baroja, si bien es pobre, tiene un status completamente diferente, pues es el pueblo el que acude a ella en busca de su auxilio.

Pero empecemos por el principio...


Marichu es una mujer que después de dar a luz cae presa de una rarísima enfermedad nerviosa. Los rumores en el atrasado pueblo vasco en el que reside apuntan a que la mujer debe estar poseída por los demonios o que, tal vez, le hayan echado mal de ojo. Por este motivo, se decide acudir al cura para que le practique un exorcismo. Al no dar resultado este método, se opta por la opción de la gitana, una especie de curandera o bruja.

En el arcaico pueblo cantábrico, religión y superstición van de la mano, y en ningún momento se contempla la posibilidad de confiar en un médico para tratar la enfermedad de Marichu. No se acude a un facultativo, quizá por desconocimiento (ignoran que Marichu esté realmente enferma), por desconfianza o tal vez porque para el pueblo el precio de un médico era demasiado alto.

El método de la gitana funciona y Marichu recobra la salud pero, a cambio, su vástago fallece. La mujer va a pedir explicaciones a la pobre casucha donde reside la curandera y la única solución que le ofrece es que consiga ser albergada en una casa de una familia que no recuerde una desgracia cercana.

La mujer inicia una travesía en busca de un hogar feliz recorriendo aldeas, pueblos y grandes ciudades, aunque el remedio es inalcanzable, pues nadie escapa de la pobreza, la adversidad, la enfermedad y la muerte. Ante esta situación, Marichu extrae una enseñanza: asume la triste realidad y continúa con tu vida.

Marichu es, en definitiva, un hermoso cuento ambientado en el País Vasco de finales del siglo XIX o principios del XX con un irresistible aroma pesimista, en el que se da cabida a las clases más desfavorecidas, para las que religión y brujería son las únicas armas que un pueblo supersticioso conoce para combatir las inevitables zancadillas que dispone el destino.

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