viernes, 24 de febrero de 2012

ESPANTOS DE AGOSTO de Gabriel García Márquez (II)

En Espantos de agosto, Gabriel García Márquez nos traslada al cálido verano de Arezzo, una ciudad eminentemente turística de la región Toscana (en el oeste de Italia), para ofrecernos una nueva historia en la que se ven entremezcladas realidad y fantasía.

Este cuento narra una anécdota que bien pudiera ser verídica, aunque finalmente el universo mágico del autor colombiano se impone a la realidad.

García Márquez, que es el protagonista del relato (el cuento está narrado en primera persona), llega a Arezzo acompañado de su familia (mujer y dos hijos) para pasar una corta velada en el castillo del escritor venezolano Miguel Otero Silva, aunque se encuentran una ciudad repleta de turistas en la que nadie les sabe indicar cómo llegar a la residencia de éste. Finalmente, tras un par de horas de infructuosas tentativas, una pastora de gansos que conoce el lugar les indica el camino, no sin antes advertirles de que se dice que ese lugar está encantado.

Otero Silva es un personaje real (1.908-1.985), contemporáneo del escritor colombiano, escritor que cultivó todos los géneros, periodista y político, destacó siempre por su sentido del humor. Otero Silva es un gran anfitrión y un espléndido conversador, de ahí que no nos sorprenda que lo que iba a ser una breve comida, se extienda con la visita al castillo, a la basílica de San Francisco donde ven los frescos de Piero della Francesca, un café, una cena... En definitiva, que García Márquez y los suyos terminan pasando la noche en la fortaleza renacentista.


A estas alturas, ya sabemos que el castillo perteneció a Ludovico (seguramente se trate de Ludovico Sforza, Duque de Milán -1.452-1.508-, mecenas de las artes y combatiente de las guerras italianas) pues Otero Silva les comentó la leyenda que gira en torno a este insigne personaje: mató a su amante en su lecho de amor y posteriormente azuzó a sus perros para que lo atacasen y acabaran con su vida. La habitación donde se cometió el crimen permanecía tal cual había quedado después del asesinato: sangre en las sábanas, ceniza fría en la chimenea, olor a fresas silvestres...

Este hecho del que se burla el premio Nobel y su esposa (es muy propio de las culturas populares dar certeza  a acontecimientos fantásticos y cubrirlos de un halo místico y a la vez verídico) adquiere fuerza y protagonismo en el relato antes de llegar al desenlace final y, a fuerza de repetirse, va llegando incluso a interiorizarse en el protagonista que parece darle cierta credibilidad (dice "Al contrario de lo que yo temía, dormimos bien").


El texto que comenzó con una estricta localización espacial y temporal, plagada de datos y hechos realistas, va dando paso a un universo mágico, fantástico. A medida que avanzamos en la lectura, nos topamos con multitud de "lugares comunes" de las obras fantásticas o de terror. Así, el autor de Cien años de soledad sitúa la acción mágica en la oscuridad y las tinieblas de la noche, en un castillo, en el que hay un fantasma o espectro; las puertas se lamentan, chirrían, se escuchan gritos, el reloj da doce toques de madrugada...

Pero los escépticos, los que no creéis en espíritus, en la magia,  podéis buscarle una interpretación racional a este cuento. Recordad la fama de bromista que tiene Miguel Otero Silva... aunque el cuento perdería su encanto.

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