jueves, 19 de septiembre de 2013

LA MÁSCARA DE LA MUERTE ROJA de Edgar Allan Poe (II)


“Y las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo”. Con estas palabras termina La máscara de la muerte roja, una de los muchos relatos de terror que nos legó el conocido escritor norteamericano Edgar Allan Poe y que fue publicado por primera vez en 1.842.

Antes de empezar con la sinopsis del cuento, quiero que os fijéis en una serie de elementos, “lugares comunes” en los relatos de terror gótico, de los que ya hemos leído unos cuantos, y que en esta historia no podían faltar: la oscuridad, la medianoche, la sangre, la abadía (también podría haber sido un castillo), los sonidos nocturnos (aquí es el tañido del reloj, en otros el ruido de los goznes), los espíritus o apariciones sobrenaturales (el demonio, fantasmas o “la muerte roja”), etc.


 La acción se sitúa en un reino inventado en el que la peste está causando estragos. La tragedia y la desolación de la muerte son descritas por Poe en términos muy gráficos. Un vocabulario repleto de términos aterradores y el color escarlata de la sangre bañan esta narración de principio a fin.

En este país asolado por tan terrible enfermedad, el extravagante príncipe Próspero olvidó a sus conciudadanos y súbditos y decidió salvarse de la plaga refugiándose en una abadía fortificada, llevándose consigo a caballeros, damas, bufones y todos los lujos imaginables.

Pasados unos meses de apacible encierro, el soberano decidió realizar la mejor fiesta de máscaras que se recuerda. La alegría, el placer y el abandono reinaban por doquier y sólo se veían interrumpidos por el tañido de un reloj de ébano situado en una habitación en la que nadie se atrevía a entrar. Esta estancia era completamente oscura. Su negrura sólo se veía mudada por el resplandor de la iluminación que penetraba indirectamente a través de unos vitrales de color rojo que daban a dicho aposento una apariencia fantasmagórica.

Gritos, risas, baile y pasión se dieron cita en una multitudinaria orgía. La mascarada estaba siendo inolvidable. Sólo el repique del reloj, cada hora, recordaba a los presentes que fuera de la abadía otros estaban sufriendo.

Cuando llegó la medianoche, en la hora de los muertos, un personaje misterioso apareció perturbando la dicha de los allí reunidos. El príncipe quiso reducirlo, exterminarlo por su osadía, pero se le escurrió entre las manos, pues no era humano, ni tangible. El desconocido no era otro que “la Muerte Roja”, el espíritu de la peste que había llegado a la fortaleza para acabar con la celebración, para llevarse consigo a los vividores que habían intentado librarse de un destino inexorable.

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