jueves, 11 de abril de 2013

EL OGRO de Vicente Blasco Ibáñez (II)


Pepe es carretero. Su analfabetismo y sus ideas revolucionarias, unidos a un repulsivo aspecto físico y a un vocabulario procaz y malsonante, hacen de él un personaje desagradable a ojos de la mayoría, que se refieren a él como “el ogro”. Sólo unos pocos conocen su secreto, saben que bajo su aspecto rudo, áspero, se esconde un gran corazón.

Él aprovecha su mala fama para asustar a los que no lo conocen. En cambio, siempre es atento con los niños, quizá porque no ha tenido la gracia de ser padre. Su mujer se ríe de los que la compadecen por estar casada con semejante “monstruo” y su casero no tiene queja alguna, pero los vecinos del barrio del Pacífico se escandalizaban con sus maldiciones, con sus amenazas y con sus proclamas comunistas.


Este cuento de Blasco Ibáñez nos enseña que las apariencias engañan y que no debemos juzgar a las personas por su aspecto, como demuestra la anécdota final del relato:

Una gata vagabunda decidió establecer su domicilio en casa de Pepe, y llegó el día que tuvo crías. Era un verano extremadamente caluroso, en el que la gente de posibles escapó a localidades de veraneo con climas más compasivos, mas Pepe continuó con su duro trabajo.

Un día especialmente ardiente, en plena labor, cuando intentaba coger unas cuerdas en el interior de su carromato, los gatitos, que allí se habían escondido, le arañaron las manos. En lugar de aplastarlos, como cualquiera podría pensar observando su facha y sus juramentos, Pepe construyó una cama para ellos con su pañuelo y se los llevó, a todo correr, bajo un calor infernal, a su casa, al fresco, con su madre, olvidando su cansancio y sus obligaciones laborales.

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