viernes, 9 de noviembre de 2012

FELICIDAD CLANDESTINA de Clarice Lispector (II)

Las pequeñas cosas saben mejor cuando las hacemos en secreto, cuando están prohibidas o cuando las postergamos un tiempo para saborearlas un poco más.

Esa es la conclusión a la que llegamos después de leer esta original historia de amor entre una niña, amante de las historietas, y un libro, el clásico de la literatura infantil en lengua portuguesa, Las travesuras de Naricita, de Monteiro Lobato.


La historia comienza con la descripción de la hija del librero, enemiga acérrima de nuestra protagonista. Entre estas dos niñas existe una fuerte relación de odio y desprecio, pues cada una de ellas posee algo que la otra desea: la primera dispone de un arsenal de libros que la narradora se muere por leer mientras que la segunda es alta, delgada y tiene un grupo de amigas, todas ellas muy monas.

De ahí que la hija del librero, al conseguir el ansiado volumen con las travesuras de Naricita, urda un plan malvado. Su crueldad, vista desde la subjetividad de la persona afectada, queda en evidencia si observamos el lenguaje usado por la autora para referirse a ella. Palabras de campo semántico de la maldad como "crueldad", "venganza", "odiar", "sadismo", "ferocidad", "humillaciones", "tortura china", "diabólico", que abundan en los primeros párrafos así lo atestiguan.

El plan consistía en que la hija del librero le prometió a la protagonista dejarle el famoso libro pero, un día tras otro, cuando la autora se presentaba en su casa a recogerlo se lo denegaba con excusas, diciéndole, por ejemplo, que se lo había prestado a otra niña.

Pero esta estrategia maligna se ve frustrada por mediación de la madre de la cruel niña. Extrañada por la muda y continua presencia de la extraña criatura, interviene al descubrir el motivo de sus visitas. Su hija no había prestado el libro ni tenía intención de leerlo, así que la otra chiquilla podía llevárselo. Y, lo que es más importante, podía quedarse con él "el tiempo que quieras".

Una vez que tiene el libro en su poder, la niña pospone el placer de leerlo. Actúa como si no lo tuviese, finge que lo ha perdido y que vuelve a encontrarlo... porque el placer de la lectura de ese libro, como sucede en el amor, sería mucho mayor después de haber sufrido un poco más por él.

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