viernes, 21 de septiembre de 2012

DONDE MÁS AZUL ESTÁ EL CIELO de Italo Calvino (II)

Este nuevo relato de Marcovaldo sigue la estructura de otros cuentos con el mismo protagonista. Aburrido o espantado de la vida urbana, el obrero Marcovaldo cree encontrar la solución a sus problemas en la naturaleza (una naturaleza que no comprende y no le comprende), pero sus planes se vienen al traste en un desenlace en el que el progreso vuelve a cruzarse en su camino.

El cuento se inicia con una crítica a los medios de comunicación, que atemorizan a la opinión pública con exageraciones parcialmente basadas en la realidad sobre temas básicos para las personas como la salud o la alimentación. En este caso, los periódicos se hacen eco de la artificialidad de los alimentos que consumimos, poniendo en peligro nuestra integridad física.

Marcovaldo, después de escuchar conversaciones acerca de este tema en la cafetería y en el trabajo, estaba aterrorizado y la simple vista de la cesta de la compra le produce un miedo irracional.


De este modo, Marcovaldo acude a la madre naturaleza para evitar a los malvados intermediarios y encontrar alimentos puros. Su solución pasa por obtener los alimentos directamente del medio natural, concretamente, pescándolos.


Así, un día, sale de la ciudad en busca de un lugar idóneo para la captura del pescado que llevar a la mesa familiar. ¡Y vaya si lo encuentra! Marcovaldo se topa con un auténtico paraíso, un tranquilo tramo del río en el que abundan las tencas, en un entorno idílico.

Ahora sólo le falta hacerse con los aparejos de pesca. Para conseguir el instrumental necesario, promete a compañeros de trabajo y vecinos revelarles un lugar donde la pesca no es más que un juego de niños.

Una vez en el río, los peces pican con facilidad y en pocos minutos Marcovaldo tiene el capazo lleno. ¡Demasiado bonito para ser cierto! Un guarda se cruza en su camino y le advierte que el río está contaminado debido a los vertidos procedentes de una fábrica de pinturas...

Marcovaldo, incapaz de reconocer su impericia en sus "relaciones naturales" (reconocer que no distingue un pez sano de uno envenenado), niega haber cogido los peces en aquel lugar y pone una serie de excusas: que los había pescado más arriba, que los peces eran comprados pero que le gustaba presumir de buen pescador ante sus amigos... pero toda excusa conlleva una penalización, un pago, una multa.

De este modo, Marcovaldo tiene que vaciar su capazo en el río y devolver las tencas contaminadas a su acuático hogar, con la humillación de haber sido engañado una vez más por la madre naturaleza.

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