viernes, 9 de marzo de 2012

EL POSIBLE BALDI de Juan Carlos Onetti (II)

Situado en la jungla urbana, que describe con un lenguaje poético plagado de imágenes y de simbolismo, El posible Baldi, la lectura de esta semana, es una historia sobre fracasados, sobre un ser instalado en la mediocridad que descubre cuánto le falta en su vida para ser feliz.

En principio, su existencia no parece para nada indeseable. Trabaja como abogado en un estudio, tiene una novia llamada Nené y un plan para esta noche (siempre el mismo plan): un afeitado en la peluquería, cena en el restaurante y sesión de cine con Nené.

Al inicio de la lectura, con los billetes en el bolsillo y una relación amorosa aparentemente satisfactoria, Onetti nos dice que Baldi se cree feliz ("Sintió de improviso que era feliz", "Iban a lanzarse en la fundación de la Academia de la Dicha"). Sin embargo, un suceso accidental le abrirá los ojos.

Paseando por las calles, Baldi se tropieza con un ser desgraciado, una mujer extraña con la que intercambia miradas. Repentinamente, aparece en escena un hombre bajo, gordo y bigotudo que molesta a la chica. Baldi , sin pensárselo de dos veces, espanta al "moscón".

En ese momento se incia una conversación. La mujer está agradecida y seducida por la valentía del protagonista. Éste en un primer instante vio alimentada su vanidad pero en seguida descubrió que la atracción que había sentido por esa insignificante mujer se iba convirtiendo poco a poco en lástima y rechazo.

Primero fue su acento extranjero, más tarde su actitud "histérica y literata", lo que generaron cierto malestar en un Baldi que quería dar por finalizada la "aventura". Sin embargo, vanidad y lástima se asociaron para que Baldi comenzara a inventar su propia historia, una vida paralela increíble que podía generar admiración y a la vez indignación en su interlocutora.

De este modo, conocemos que el posible Baldi vivió una vez en Sudáfrica, trabajando como guardián de las minas de diamantes, matando negros con una ametralladora por placer. Esta actividad censurable, en lugar de provocar asco y repugnancia en la extranjera, produce un efecto contrario. Siente pena de Baldi, se imagina lo mal que lo debía de estar pasando para aceptar un empleo semejante. La admiración iba en aumento.

Baldi veía que el tiempo no se detenía, que iba a pasársele su hora en la peluquería y que no se daba quitado de encima a la "institutriz alemana". Así, se inventó acontecimientos morbosos y macabros, como el hecho de tomar por compañero a alguno de los cadáveres de negros a los que había asesinado. 

Espoleadas por la atención y admiración de la desconocida, de su desbordada imaginación surgieron nuevas andanzas: el Baldi que gastaba el dinero de sus amantes prostitutas en aguardiente, el Baldi que se embarcó con diez dólares y un revólver, o el Baldi que se enroló en la Legión Extranjera para cortar las cabezas de los moros...

Había olvidado la presencia de la mujer, esas historias ya no iban dirigidas a sus oídos, sino a los del propio Baldi, que de esta manera comparaba la existencia del Baldi imaginario con la suya propia, "una lenta vida idiota, como todo el mundo". Descubrió de este modo que no era feliz, que había tirado la toalla, que había abandonado toda la esperanza de llevar una vida plena, satisfactoria.

Su último gesto fue un acto más del Baldi inventado, le dio un par de billetes a la chica y se fue, regalándole, regalándose, una última correría: "Ese dinero que te di lo gano haciendo contrabando de cocaína. En el Norte", antes de volver a su monótona y rutinaria vida.

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