martes, 20 de diciembre de 2011

LOS BISOÑÉS DE DON RAMÓN de Ignacio Aldecoa (II)

Esta semana hemos leído el último relato del año en el Taller de Lectura, Los bisoñés de don Ramón, de Ignacio Aldecoa. El texto es una sátira mordaz de la burguesía española de mediado el siglo XX, una clase media ascendente, de origen humilde (para ilustrarlo, tomo prestadas unas palabras de la madre del protagonista:"Toma ejemplo de tu padre, que no era nada, y ya ves:jefe de negociado de primera y, todavía, joven") y carente de escrúpulos en su fin de obtener notabilidad y subir en la escala social.

La frase inicial del cuento refleja muy a las claras las intenciones de Aldecoa: "Él era rubito, gordito, culoncito". Con esta breve descripción, mediante el uso de los diminutivos, queda patente el tono crítico y burlón que nos encontraremos a lo largo de todo el relato.

El protagonista del cuento es Ramón Martínez García, alias Cuchín. Cuchín es un pequeño empollón que ansía ser ministro. Espoleado por sus progenitores, Cuchín estudia y saca buenas notas, y demuestra sus habilidades cuando reciben visitas, ganándose sus antipatías y, al mismo tiempo, convirtiéndose en la envidia de otras madres de familia.

Su madre, por su parte, es una mujer muy religiosa, sobreprotectora con su hijo y muy amiga de mantener las apariencias. Cuchín crece y, etapa tras etapa, va avanzando hacia su meta de ser ministro.


Un episodio fundamental en este relato es la fiesta que Cuchín y su madre organizan en honor del jefe de este último, Don Francisco. Esta fiesta, concebida como un trampolín en la carrera de Cuchín, está cargada de adulación y lisonja (herramienta fundamental para el ascenso social) a Don Francisco. Para ello, no se escatiman medios. La madre invita a multitud de personas (unas importantes, otras no), alquila sirvientes, da conversación, ofrece champán... Esta sesión cargada de esperanzas no resulta todo lo exitosa que se esperaba, pues Don Francisco, acuciado por los compromisos y por la presión de la madre, abandona la fiesta apresuradamente.

Pero el momento álgido de la narración no tiene que ver con la "carrera profesional" de Cuchín, sino con su vida privada. El tiempo pasó, el padre de murió, Cuchín era ya "secretario de no se sabe qué en un Ministerio" y se fue quedando calvo... La relación de Cuchín con su madre continúa por los mismos derroteros, sigue siendo su niño, el eje sobre el que gira toda la existencia de la madre.

Un buen día, la madre vio derrumbarse toda su existencia. Su hijo, su Cuchín, que había empezado a llegar tarde a casa, tenía una colección de bisoñés, tres bisoñés, para ser exacto, más propios de una mujerzuela que de un hombre digno. La posibilidad de que Cuchín tuviese una relación con una mujer, incluso de que tuviese novia, era un golpe que no podía entender (aunque su vieja sirvienta Serafina intentase explicárselo) ni soportar.

Una madrugada, Cuchín llegó a casa un tanto ebrio y con manchas de carmín en el cuello. Su madre lo esperaba despierta en su cuarto. La escena era inevitable. La madre le llama la atención y le da sus quejas pero Cuchín encuentra una salida. Cuchín se sincera y le cuenta a su madre que está desesperado, que nunca se cumplirán sus sueños, que nunca llegará a ser ministro. Su madre, enternecida, disculpa todas las faltas de su hijo. Reconoce incluso que su marido también se echaba de vez en cuando una canita al aire.

La frase final del relato nos desenmascara al personaje. Cuchín, después de que su madre abandonase sus aposentos, se miraba al espejo y se hacía muecas. Aldecoa nos dice "Era un farsante y podía hacer carrera", resumiéndonos las características necesarias para ser alguien en el mundillo de la política...

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