EL PEQUEÑO VIGÍA LOMBARDO de Edmundo de Amicis (II)


Este cuento de Edmundo de Amicis es un sensible (estuve a punto de escribir sensiblero…) alegato a los corazones de los italianos para despertar el sentimiento patriótico. Para ello, el autor nos cuenta la historia de un niño lombardo de doce años que da su vida por su país.


La acción se ambienta en la región de Lombardía, situada al norte de Italia, haciendo frontera con Suiza, durante la guerra que dio lugar a la independencia y unificación de los territorios que hoy conocemos como Italia, en el año 1.859, para ser más concretos.

Hasta un pequeño pueblo de esa región, abandonado por sus habitantes tras el paso de las tropas enemigas, llegó una sección de la caballería. En la aldea, sólo una casa parecía habitada. En una de sus ventanas ondeaba la bandera tricolor y un pequeño expósito era su único morador. Se había quedado allí para observar la guerra y estar a disposición de los suyos en caso de que su ayuda fuese necesaria.

El oficial del ejército le pidió al niño que se subiese a un árbol para otear el horizonte, en busca de las cuadrillas enemigas. El muchacho, un chiquillo valiente, dispuesto y servicial, se dispuso a realizar el favor de muy buena gana, sin pedir nada a cambio. Él haría lo que fuera necesario para servir a su patria, y nunca ayudaría, ni por todo el oro del mundo, a las tropas extranjeras.

Debo hacer notar aquí, que el chiquillo era muy bello (rubio, de ojos grandes y azules…), y que la belleza de su aspecto estaba en consonancia con sus altos sentimientos e ideales…

Una vez en lo alto del fresno, cumpliendo orgulloso con su deber, empiezan a arreciar los disparos. El oficial ruega al niño, hasta en cuatro ocasiones, que se baje del árbol, pues corre peligro. El rapaz, en cambio, desafía a las balas  que le pasan muy cerca para ser de utilidad.

Uno de los proyectiles lo alcanza, finalmente, y el niño cae, muriendo al instante. Su acción heroica es justamente valorada por los soldados, que lo envuelven en la bandera italiana y le ofrecen honores de guerra. El niño se había convertido en un soldado más muerto en combate.


La noticia de la muerte del chiquillo  tiene eco y todos los combatientes que se dirigen al frente de combate pasan a presentarle sus respetos -tirándole flores, dedicándole “¡vivas!”-. Su rostro, cadáver, refleja una mueca que parece una sonrisa, quizá porque murió feliz habiendo dado su vida por su patria.

No sé yo cuántos niños italianos, que tuvieron que leer este relato en la escuela, seguramente adultos ya, estarían dispuestos a morir como este valiente vigía lombardo…

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