viernes, 23 de noviembre de 2012

LAS SIRENAS de Azorín (II)



Copio la definición de la palabra “sirena” que ofrece el diccionario de la Real Academia:

1. f. Ninfa marina con busto de mujer y cuerpo de ave, que extraviaba a los navegantes atrayéndolos con la dulzura de su canto. Algunos artistas la representan impropiamente con torso de mujer y parte inferior de pez.

2. f. Pito que se oye a mucha distancia y que se emplea en los buques, automóviles, fábricas, etc., para avisar.

“Sirena”, por tanto es una palabra polisémica. Con las dos acepciones de este poético término juega Azorín para narrarnos la trágica historia de un tal Pablo Riera.

La historia comienza festiva, alegre, con la celebración del bautizo de un Pablo Riera recién nacido. El atareado padre, la fuerte madre, el recurrido bebé y, por supuesto, el ineludible padrino son los protagonistas del acontecimiento. Transcendencia sobresaliente la del padrino, un poeta famoso, Eladio Parra, amigo de la infancia del orgulloso papá, que otorga distinción a la fiesta.

Para que el acontecimiento no cayese nunca en el olvido, era preciso que el trovador escribiese el horóscopo del niño. Todos esperaban una “bobería espiritual”, unos versos delicados, pero Parra escribió solamente esta advertencia: “¡Cuidado con las sirenas!”, sin más explicaciones.
 
¿A qué se referiría el escritor con esas palabras? Seguramente, que el chiquillo haría bien en guardarse de las malas mujeres, capaces de perderle, o tal vez saliese un Don Juan, pensaron los asistentes.


Pasaron los años y Pablo se convirtió en un hombre adulto, felizmente casado y muy modesto, un hombre normal que tenía una pequeña tienda de la que vivía. Nunca tuvo problemas con mujeres, ni tan siquiera era un hombre mujeriego.

Un día, su mujer se encontró con un cofre que contenía, entre otras viejas chucherías, el famoso horóscopo. Ambos, esposa y esposo, coincidían al afirmar que el poeta se había equivocado. 

Sin embargo, a partir de este momento del relato, la historia se tuerce. La mujer cae enferma, gravemente, y muere en una noche fría y lluviosa. Su estertor coincide con el sonido de una sirena de un barco a vapor.

Eladio Parra, el bardo, no se había confundido, las sirenas desempeñarían un rol vital en la existencia de Pablo. El poeta aparece, pues, como un ser místico, superior, capaz de predecir el futuro.

Tras el deceso de su adorada mujer, Pablo se convierte en un ser deprimido, apático, dejado, desinteresado. Dos veces más, a lo largo del relato, suena la sirena del vapor. Ambas veces en días grises, húmedos y fríos. Primero, cuando la tienda era devorada por las llamas. Después, cuando Pablo, incapaz de superar las pruebas del destino, decide acabar con su vida, de un disparo.

Las sirenas, seres mitológicos, “hipnotizaban” a los navegantes con su delicioso canto. Pues bien, en la fatídica historia que nos narra Azorín, la sirena del vapor ejerce el mismo trágico efecto, perdiendo a aquél que la escucha.

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