jueves, 2 de octubre de 2014

LOS CHICOS, de Ana María Matute (II)

Los chicos es un precioso cuento moral en el que Ana María Matute nos intenta enseñar que las apariencias engañan, que debemos aprender a respetar a todas las personas por igual, sea cual sea su aspecto o raza, pues detrás de una fachada que se nos puede antojar desagradable siempre nos encontraremos a una persona capaz de sentir y emocionarse como cualquiera de nosotros. Por lo tanto, es un llamamiento contra cualquier clase de discriminación.


El relato narra la historia de dos grupos de niños que viven en los alrededores de un Destacamento Penal. El primero está formado por cinco o seis chavales que son hijos de los presos recluidos en la cárcel. Viven en un poblado de chabolas y cuevas, son ruidosos y sucios, y se visten con andrajos. Como podéis suponer, no son unos niños muy bien educados, pues no tienen la posibilidad de acudir a una escuela.

La segunda pandilla la forman varios niños de una condición social más desahogada. Sus padres les prohíben mantener ningún tipo de relación con los primeros, infundiéndoles un temor injustificado hacia ellos. Es uno de estos niños el narrador.

De este modo, ambas tropas comparten zonas de juego pero los niños “pijos” evitan en la medida de lo posible, más allá de insultos y pedradas lanzados a distancia, cualquier tipo de contacto con los “salvajes”.

La situación cambia el día que un muchacho de trece años llamado Efrén, hijo del administrador, aparece en escena y se incorpora a la pandilla de los pudientes. Efrén es el más mayor de toda la chiquillada, es fuerte y valiente, y no se explica por qué sus nuevos amigos huyen de unos mocosos.

De este modo, un día prepara una emboscada para dar una lección a uno de los hijos de los presidiarios. No tiene problema para hacerlo prisionero y le da una soberana paliza. Le aclara quién es el que manda y a sus propios amigos les demuestra que lo que a ellos les parecían demonios no eran más que niños de teta.


Esta acción tan cruel, cometida por uno de sus semejantes, es la que arranca la venda de los ojos de la narradora, que se apiada del niño apaleado y siente vergüenza por el comportamiento tan violento que acaba de presenciar y, en cierto modo, por haberlo consentido con su pasividad.

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