miércoles, 4 de mayo de 2011

AXOLOTL de Julio Cortázar (II)

Hemos leído Axolotl, de Julio Cortázar. El texto trata sobre la transmigración de la mente de un escritor a un ajolote en el acuario del jardín botánico de París.

La historia comienza narrada por un hombre que nos cuenta, en primera persona, su costumbre de ir al acuario a observar a unos anfibios mexicanos llamados axolotl o ajolotes. Nos cuenta cómo se inició su atracción o fascinación por dichas larvas, a las que describe minuciosamente, y cómo finalmente sufrió una metamorfosis súbita que convirtió su obsesión en un ajolote (dentro del acuario), mientras conservaba su esencia humana (fuera del acuario). Con la desaparición de la obsesión en el hombre, éste acude al acuario por hábito o costumbre, haciéndose estas visitas cada vez más distanciadas.

Este final no nos puede sorprender pues en múltiples ocasiones a lo largo del relato nos deja claro que él ahora es un axolotl (el final del relato es narrado por el axolotl). Se da aquí una bestialización del hombre (en parte se convierte en un animal) y una humanización del ajolote (que piensa de forma humana).

Leed, a continuación, estos apuntes que no quiero que paséis por alto:

El lenguaje: Cortázar emplea un léxico plagado de cultismos (nada que ver con, por ejemplo, el vocabulario que utilizaba Truman Capote en Un visón propio). Palabras como soslayé, batracios, amblistoma, impudicia, áureo, diáfano, excrescencia, antropomórficos, analogías, abisal… son muestra de ello.

La descripción: el narrador nos hace una descripción meticulosa de los ajolotes. Desde su origen y costumbres hasta su morfología, deteniéndose, sobre todo, en sus manos, sus branquias, su rostro y, como no, sus ojos, origen y base de la obsesión. Se sirve, para ello, de sus observaciones en el acuario y, en menor medida, en su consulta de un diccionario en la biblioteca Saint-Genevieve.

El tiempo: el tiempo y el espacio carecen de importancia para los ajolotes. Son éstos unos seres que, la mayor parte de su tiempo, permanecen quietos o inmóviles y que descienden de los dinosaurios, animales que en otra época reinaron en la tierra. Tienen la voluntad de “abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente”. Al artista, al escritor, le sucede lo mismo, a su muerte le sobrevivirán sus obras y su fama.

Yo me pregunto: ¿qué hace al hombre acudir diariamente al acuario de los ajolotes?, ¿qué le hace pasar horas observándolos? Posiblemente sea la soledad, la incomprensión.

La transmigración: se produce de forma repentina, súbita, natural, sin sobresaltos, guiada por el destino. El narrador nos dice: “Ahora sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir”. El único problema viene dado por el desdoblamiento de la esencia del hombre: por un lado sigue siendo hombre y viviendo fuera del acuario, por otro, su pensamiento, su obsesión, habita un cuerpo de axolotl en un acuario de París.

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